lunes, 22 de abril de 2019

El pan de elote / Sergio Orduña

El pan de elote
  Llegan a casa agotados y cargando las bolsas del súper. Él viene ansioso por probar el pan de elote que trajeron de postre; lo desenvuelve y está a punto de darle una mordida cuando ella se lo impide y le dice: ¡nooo....hay que calentarlo!
Él duda un momento pero cede pues admite que ella tiene razón: sabe mejor caliente.
Mientras el pan se calienta él nota que ella anda rara... decide ir a lavarse las manos pero ella le ataja el paso y sin más lo interpela: “yo no voy a ponerme a decirle a nadie cómo debe vestir... pero es el colmo que las muchachitas anden casi encueradas con esos shortsitos !“... Él la mira confundido y ella sigue: “como esa nalgona hace rato en el súper...me incomoda mucho que tú en vez de evitarla, vas y pasas bien cerquita que casi la tocas... y te estacionas a escoger limones justo detrás de ella... muy conveniente, se te olvidó que tú ni sabes escoger los limones y siempre me encargo yo.... mira, todos amarillos!”

Sorprendido, él mira los limones rodando sobre la meseta y no entiende nada...preocupado, mira el pan de elote quemándose y entiende que esa noche no habrá postre.

lunes, 8 de abril de 2019

Por Gabriela Segura

Escrito 2



Taller de escritura: 3 de abril
Escrito 2
El poder de la mirada: Luciano ante mí
Todavía recuerdo su mirada sobre mí, como si la luz que salía de su iris irradiara todo mi cuerpo y penetrara mi ser. Con su mirada lograba capturarme, encadenarme, embeberme, en una palabra, someterme. ¿Y qué es el amor sino la sumisión al otro? , ¿la completa rendición?, ¿un acto de reverencia y pleitesía?, ¿el amor sagrado, una religión?
                  Mirar no en la periferia, sino en lo hondo, en esa profundidad que se torna en estocada, en grieta acicalada y perforada hasta el alma.
En esos ojos entornados me perdía, me subyugaba, me arrodillaba: completa rendición, puesta en paréntesis a todo defecto.
                  Es como si al mírame me dijera en un solo gesto que le pertenezco, que somos dos en uno, que su anima es mía y la mía suya; como si en ese vaivén de ida y vuelta uno se fundiera sólo con el afán de confundirse. Entonces reparo en el valor de la palabra con-fundirse; fundirse con el otro, el otro como lo más propio, como esa otredad reconocida en uno. Juego de lenguaje pero verdad insoslayable: “sólo en la otredad me sé tan propio.”

Por Gabriel Segura

Escrito I


Taller de escritura: 3 de abril 2019
Escrito 1: Mac Coloby a propósito de una decepción amorosa
Desconozco los ojos que miraban con pasión, amor y ternura mis pupilas dilatadas de enamoramiento. Desconozco esos ojos negros profundos donde me reflejaba y veía mi rostro. Desconozco esa mirada que me acariciaba sin recelo. Hoy sólo vi en tus ojos dolor, odio, rencor, náusea y desprecio. Lamento tanto no haber respetado tu decisión de separarte de mí desde el día que dijiste no amarme. Quizá no hubiera terminado así, en dolo, en venganza, en incomprensión. Sí, fui egoísta, no quería dejarte y no podía con dos duelos: el de perderte y el de perder mi confianza en la vida.
                  Ahora no veo más el perfil de tu rostro, ese rostro que me consumía de besos y me llenaba de pasión. Ahora no veo ni una imagen desdibujada de lo que era lo nuestro. Me duele haberte perdido así, en completa injusticia. Ha sido un asalto a mi corazón.

Por Gabriela Segura


Taller de escritura: 4 de abril 2019
Tema: tipo de narradores
Ejercicio 3: narrador en tercera persona

         Me tocó estar ahí frente a ellos, a pleno atardecer, la luz a media asta, ellos poseídos, más bien poseyéndose. Tendidos en la playa, amándose. No pude evitar quedarme, era un mundo de ensueño y también de deseo. Hoy no me lo perdono, me perdí en las formas, en las siluetas, en los gemidos; me enamore de él, y él de mí.
Aún recuerdo cuando se amaban, aquella tarde en claro obscuro que terminó en noche de luna llena, lluvia y mucho viento. Entonces parecía que se divertían sin darle importancia al tiempo ni al espacio. El disfrutaba abrir la botella de vino y rociarla en su cuerpo; ella parecía extasiada y fundida con su ombligo contra su pecho. Le daba en la boca aquellos crujientes de nuez, sal de mar y chocolate amargo que decía traer desde la India. Él, por su parte, prendía incienso junto al brillo de las estrellas y besaba sus pies dedo a dedo sin dejar un lugar recóndito libre de sus caricias. Amarla era toda una obra de arte; hacía poesía con su cuerpo.