—¡Pipoooo! ¡No
jodas, hijo! ¡Te volviste a mear en el tapete!
—¡Pues sí, dejaste la puerta de la
terraza cerrada cuando te fuiste al super y no pude salir!
—¡No, no! ¡Periodicazo no, papá! —dice
al ver a su padre enrollar el diario.
—¡Ah, pues si prefieres, te
embarro la cara en tus meados!
—¡No, papá!
—Última vez que te la paso, Pipo,
portarse mal tiene consecuencias; hoy te tocaba sobre, pero no te lo ganaste y
voy a llamar a René para que no venga a pasearte. ¡Hoy te quedas sin salir!
—¡Qué mala onda; la puerta estaba
cerrada! Y mira —dice sacando las compras de las bolsas del súper— más castigo:
me trajiste las croquetas de cordero con verdura. ¡A mí me gustan las de pollo
y cereales! Estas me estriñen y cuando estoy constipado y se me queda pegada
una bolita tengo que hacer cochecitos y duele.
—Sí, lo de las croquetas es otra
consecuencia, pues vino a quejarse Martha la mamá de Paola, dice que ayer que
saliste con René te le echaste encima porque le querías oler “la colita”. Ni
siquiera con el collar de castigo te podías controlar. ¡Es la tercera vez que
una vecina se queja de lo mismo! Creo que ha llegado la hora de dar el
siguiente paso.
—¿Cuál paso, papá?
—Ven que te mido el cuello.
—¿El cuello? ¿Para qué?
—Para la medida que necesitarás de
cono de la vergüenza,
—¿Cono de la vergüenza? ¿Para qué?
—Para que te controles de aquí al
viernes. A las 10 a.m. tienes cita con el veterinario y después no volverás a molestar
a ninguna vecina.