Este es un proceso documentado de cómo he ido escribiendo este cuento. Como podrán ver, el argumento, la estructura, el punto de vista, los personajes y las ideas, van creciendo, cambiando, desapareciendo. Pero es importante tener un punto de partida estructurado.
8/02/19
IDEA
Paso por el hospital Americano que conozco desde hace 30
años y veo cómo no han pasado los años y
sigue igual, como atrapado en el tiempo.
Recuerdo a un doctor que conozco y hace poco se divorció y
se fue a vivir ahí y a un amigo del dueño que juega dominó y desayuna ahí con
ambos.
Voy al castro a arreglar unos papeles y me parece
surrealista el edificio.
ARGUMENTO
Uriquiza se encuentra al Dr. Fonti haciendo cola en el
CATASTRO, ahí le platica de su vida y le dice que sufre de Stress crónico. Se
ha quedado si trabajo y es un poco neurótico. El Dr. Fonti con exagerada parsimonia
le dice que lo espera en el hospital al otro día a las 10 am. Urquiza entra y
compara el recuerdo del hospital con lo que ve en ese momento. El hospital está
abandonado, el doctor vive ahí y lo invita a desayunar con un grupo de doctores
y pacientes que se reúnen diariamente un poco locos y regresa al otro día hasta
que decide quedarse ahí y se convierte en un asiduo más.
ESTRUCTURA
Urquiza en el catastro encuentra a Fonti,
Urgquiza en su casa neurótico.
Urquiza decide ir al hospital
Urquiza ve algo raro. Recuerda el hospital antes y compara con
cómo lo ve ahora. Recuerda que Fonti aunque siempre va muy compuesto tiene una
especie de pátina.
Urquiza entra al consultorio de Fonti y se percata de que
ahí duerme y tiene algunos comportamientos absurdos.
Fonti lo invita a desayunar, ahí se reúnen otros doctores
con sus respectivas patologías. Llegan otros pacientes. Todos conviven.
Urquiza se va a su casa y piensa en lo absurdo de todo lo
que ve ahí. Se comporta de manera patológica aunque critica a los otros.
Al otro día Urquiza regresa al hospital.
PERSONAJES
Urquiza, 60 años necio, cerrado, lo han despedido del
trabajo y busca sin posibilidades de encontrar. Es extremadamente ordenado.
Dr. Fonti, muy lento, no tiene problemas, habla de que todo
se arregla con un tafil y luego le confiesa que él también le entra a la
mariguana. Muy arreglado aunque su ropa ya está vieja, y un tanto desgastada.
Dr. Ibis es un grosero obsesionado con las mujeres, habla
mal de su mujer y está desaliñado y completamente loco.
Calles es un paciente pelón delgado que tiene delirio de
persecución y no quiere que entre nadie más al grupo.
Josefita la secretaria y recepcionista.
1.-DESARROLLO
Urquiza se despertó, como todos los días a las 5:55 a.m.
Como todos los días se aseguró de pisar primero con el pie derecho y de
levantarse una vez que ha apoyado ambas extremidades. Se dirigió al baño a
lavarse los dientes. 20 cepilladas de cada lado, y 20 buches en total para
enjuagar. Continuó con su rutina a pesar de que ese día no tenía que haberse
levantado. Ese día no tenía que ir al trabajo. Hacía ocho meses que lo habían
despedido, aun no comprendía el porqué, pero a sus 60 años no estaba dispuesto
a aceptar cualquier trabajo, debía cumplir sus expectativas y estar a su
altura. En el medio era muy conocido y pensó que le sería fácil colocarse nuevamente,
pero después de ocho meses empezaba a hablar de los efectos de la
discriminación por la edad.
Durante esos meses de desempleado se había entretenido en
poner un orden extremo a su vida. Había ordenado todos los discos de su extensa
discoteca por estricto orden alfabético, por género, por año. Había ordenado su
ropa dependiendo del uso que le daba, por color y por horas de uso. Y se sentía
contento al pensar que ya empezaba a llevar el kilometraje de cada par de
zapatos que usaba. Mientras ordenaba todos los documentos que tenía, había
notado en la escritura de su casa asentado un total de metros cuadrados que le
pareció excesivo. Ahora que tenía que cuidar el dinero no estaba dispuesto a
regalarle ni un peso al gobierno que seguramente había estado cobrando de más
el predial por un descuido suyo causado por sus largas horas de trabajo. Se
había dado a la tarea de medir con una vieja cinta métrica su casa de esquina a
esquina, había hecho sus cálculos y había llegado a la conclusión de que el
fisco llevaba 20 años cobrándole un predial por una propiedad 7 metros más
grande de lo que en realidad era. Por eso esa mañana se dirigió enésima vez al
Catastro para preguntar cómo iba su trámite y cuándo estaría lista la
corrección del dato.
Entró al edificio abandonado por el que se llegaba, e igual
que las veces anteriores, pensó en el absurdo mientras cruzaba hasta el jardín interior
cuya exuberancia cubría las ruinas surrealistas tan similares al jardín de Edward
James en Jilitla. Bajó las escaleras que a manera de puente descendiente
conectaban con un viejo estacionamiento sumergido varios metros abajo del nivel
del piso y llegó a la puerta encajada en un medio vuelo, por donde se entraba a
la oficina municipal.
Dentro en espera, vio la inequívoca figura del Dr. Fonti. Su
espalda recta impulsando su cuello erecto. Su pelo –que notó ya canoso–
meticulosamente engomado, su bigote delineado, su camisa y sus pantalones recién
planchados. Entre aquel caos, aquello le dio un respiro y no tardó en
estrecharle la mano y entablar con él una conversación para ponerlo al día y
consultarle un remedio para mitigar el stress que le estaba causando su
situación. Fonti, sin efusividad sonrió
y le dio una palmada en la espalda: “no hay nada que no solucione un tafil”, le
dijo con parsimonia, “pero por qué no pasas a verme al hospital mañana”, alcanzó
a agregar antes de que la funcionaria le urgiera a acercarse al mostrador. Aun bajo
aquella presión coercitiva, Fonti se despidió tranquilamente de su paciente,
revisó sus papeles sin urgencia asegurándose de no haber olvidado nada y caminó
lentamente hacia el mostrador.
Al día siguiente, Urquiza se despertó a las 5:55 a.m. Se
levantó apoyando primero el pie derecho y luego realizó sus estiramientos de rutina.
Se dirigió al baño a lavarse los dientes. Tendió la cama asegurándose de marcar
con la palma de las manos los pliegues de las sábanas, se quitó el pijama, la
dobló marcándola de la misma manera y la colocó debajo de la almohada. Se
enfundó su ropa de ejercicio, desenrolló su tapete de esponja y realizó sus
siete minutos de ejercicios cardiovasculares, siete minutos de estiramientos y
siete minutos de relajación repitiendo unos mantras.
A las nueve treinta en punto, cruzó la puerta del hospital. La
recepcionista le pidió que se sentara junto a otros pacientes mientras llamaba
al Dr. Fonti, pero antes de que Urquiza llegara a las sillas, la mujer terminó
la llamada y le indicó que pasara al consultorio del Dr. Fonti, ya lo estaba
esperando. Caminó por el pasillo descubierto, recordando los años pasados, los
muros de tirol tan fuera de tiempo, los pisos con sus pequeños rectángulos de
mármol travertino, los techos bajos. Lo
primero que vio al entrar al consultorio fue la cama vestida con sabanas de
hospital y almohada, pero destendida, claramente podía hasta oler que alguien
acababa de pasar la noche en ella. Fonti salió del baño acicalándose y le dio
un abrazo. Sacó de un cajón de su escritorio una botella de colonia, se puso un
poco en la palma y tras frotarse las manos se perfumó la barba y el cuello
mientras le hacía a Urquiza las preguntas de rutina. Aunque el doctor lucía
pulcro y muy acicalado, no podía esconder lo percudido de los años. Todo ahí
tenía una particular pátina que causaba en Urquiza cierta desconfianza. Sin
embargo, no pretendía irse. Le parecía adecuado estar ahí y sentía un genuino
interés de Fonti hacia su persona y aquello que lo aquejaba. Le repitió que el
tafil era la solución a todo mientras, ya sentado en su escritorio, se amarraba
el cordón de los zapatos, después le colocó una banda en el brazo misma que
infló con una bombita y procedió a escuchar las pulsaciones de la sangre
introduciendo entre su brazo y la banda su estetoscopio, mirando su reloj con
cronómetro. “Tu presión está perfecta, nada de qué preocuparte”, le dijo y con
una letra ilegible escribió una receta con las indicaciones de cómo tomar el
tafil. La arrancó y se la dio. “¿Ya desayunaste?” le dijo encaminándose a la
puerta. “Vamos te invito, aunque sea un café”. Urquiza lo siguió hasta la
cafetería del hotel, donde se dio cuenta ya lo esperaban otros doctores entre
los que reconoció a Ibis, el oftalmólogo y Malo, el gastroenterólogo. Los
estaban esperando. Aquello le pareció un ritual cotidiano, y eso le produjo
cierta tranquilidad. El desayuno fue perfecto, la cocinera que parecía tener
también varios años en la cocina del edificio le sirvió a cada uno lo que
parecía su dieta establecida. A Urquiza le preguntó qué acostumbraba a
desayunar y en pocos minutos le sirvió el desayuno que cumplía con todas las
especificaciones que le había solicitado: un huevo estrellado con la clara bien
cocida y la yema tierna, frijolitos pero bien molidos con un poco de queso
fresco (no panela) rallado, y un café bien cargado, pero tres cucharadas de
leche de coco y una de azúcar morena.
Los alcanzó la hora de la comida sin que Urquiza se
percatara del paso del tiempo. Uno de los pacientes, el Lic. Calles, que estaba
en aquella tertulia le pidió a su chofer que fuera ahí cerca y trajera cecina
de Yecapixtla para todos. A Urquiza le pareció una excelente idea ahorrarse la comida,
pero, sobre todo, pensó que no podía hacerle el feo a aquel personaje, pues se veía
a leguas que estaba muy bien relacionado y podía conectarlo en algún trabajo.
Así que se devoró la cecina, y después continuó la hora del café y luego otra
partida de dominó. Entonces el Dr. Ibis le pidió a Josefita que le preparara su
medicina al Lic. Calles y a los pocos minutos la recepcionista entró a la
cafetería con una charolita que contenía unas pequeñas hojas de papel de arroz
y unas colitas de cannabis previamente espulgadas de ramas y cocos con las que Ibis
y Calles se forjaron un pequeño cigarro cuyos efluvios perfumaron los pulmones
de los asistentes haciéndolos flotar en un ambiente de paz y camaradería que
Urquiza jamás había experimentado.
Al llegar a su casa por la noche, Urquiza recordó no haber
sentido durante todo el día las palpitaciones en el pecho, su corazón no había
estado golpeando de esa forma que lo exasperaba, pero, por si las dudas, guardó
la receta cuidadosamente en el cajón de la mesa de noche. El día había sido muy
productivo, se justificó, era bueno relacionarse, la mejor manera de encontrar
pronto un nuevo empleo. Aunque nunca aceptaría trabajar con alguien como Calles
(tenía cara de ser un jefe prepotente y abusivo), seguro que ahí sería fácil
contactar a alguien más y colocarse. Se recostó e inmediatamente perdió
conciencia. Como un oso que ha cumplido una jornada de labores exhaustivas se
quedó dormido. Pensando que al día siguiente tenía que estar a las nueve y
media en punto en el hospital.
2.- SEGUNDA IDEA: TIENE QUE PASAR ALGO
Como todos los días Urquiza despertó a las 5:55 a.m. Como
todos los días se aseguró de pisar primero con el pie derecho y levantarse
apoyando ambas extremidades. Realizó sus estiramientos, se lavó los dientes y
tendió la cama marcando bien los pliegues de las sábanas. Hacía quince años que
repetía esta rutina, pero la del ejercicio había tenido que irla modificando.
Los siete minutos de cardio, ya no incluían saltos ni escaladas en sillas, ya
tampoco era tan flexible así que los estiramientos duraban ahora cinco minutos
y los siete minutos de relajación repitiendo unos mantras terminaban con una
pequeña siesta que los alargaba a diez o quince.
Aunque ya no recordaba por qué lo hacía, a las nueve treinta
en punto, como desde hacía quince años, cruzó la puerta del hospital. Hacía
tiempo que ya no había pacientes en la sala de espera, pero Urquiza no lo había
notado. La recepcionista ya no hacía la llamada. Apenas lo veía entrar le indicaba
que pasara al consultorio del Dr. Fonti, que ya lo estaba esperando. Caminó por
el pasillo descubierto, pasando por alto los muros de tirol y pisos de mármol
travertino. Entró al consultorio y Fonti salió del baño acicalándose y le dio
un abrazo. Sacó de un cajón de su escritorio una botella de colonia, se puso un
poco en la palma y tras frotarse las manos se perfumó la barba y el cuello
mientras le repetía a Urquiza las preguntas de costumbre. Pero ese día ya no desayunaría
un huevo estrellado con la clara bien cocida y la yema tierna, frijolitos pero
bien molidos con un poco de queso fresco (no panela) rallado, y un café bien
cargado, pero tres cucharadas de leche de coco y una de azúcar morena, porque
Fonti sufrió un fuerte dolor en el pecho y Urquiza tuvo que apresurarse a
buscar a la recepcionista que llamó su nieto que era paramédico, pero ya no
pudo hacer nada.
El funeral se realizó en el hospital y todos los tertulianos
acudieron como de costumbre, pero esta vez a despedirse de su entrañable
compañero. Urquiza entonces recordó la razón por la que acudía diariamente al
hospital. Y decidió honrar a su amigo ocupando su puesto.
3.- TERCERA IDEA: CAMBIAR
A PRIMERA PERSONA Y JUSTIFICAR LA CECINA DE YECAPIXTLA CON EL CONTEXTO INCLUIR
LO QUE SALE DIARIO EN LAS NOTICIAS DE LOPEZ OBRADOR. CAMBIAR AL FINAL EL TIEMPO
NARRATIVO.
Primera versión del definitivo 16/02/19
Segunda versión del definitivo 23/02/19
Me desperté, como todos los días a las 5:55 a.m. Como todos
los días me aseguré de pisar primero con el pie derecho y de levantarme una vez
que he apoyado ambas extremidades. Me dirigí al baño a lavarme los dientes. Veinte
cepilladas de cada lado, y veinte buches en total para enjuagar. A pesar de que
ese día no tenía que levantarme porque no tenía que ir a trabajar, continué con
mi rutina. Hacía ocho meses que me habían despedido, aun no comprendía el
porqué. En el medio era yo bastante conocido y tenía buena reputación, por lo
que había pensado que me sería fácil colocarme nuevamente, pero después de ocho
meses empezaba a darme cuenta de lo que significa la discriminación por la
edad. A los viejos ya nadie nos quiere, y eso que apenas tenía sesenta años. En
esos ocho meses me habían ofrecido algunos puestos menores, sí, pero a mis no
estaba dispuesto a aceptar cualquier trabajo, debía cumplir por completo con
mis expectativas, estar a mi altura.
Mientras eso sucedía, me había
entretenido en poner un poco de orden en mi vida. Clasifiqué todos los discos
de mi extensa discoteca por estricto orden alfabético, por género, por año. Mi
ropa la separé dependiendo del uso que le daba, por color y por horas de uso. Me
sentía contento al pensar que ya empezaba a llevar el kilometraje de cada par
de zapatos que usaba. Después empecé a ordenar todos los documentos que tenía y
noté en la escritura de mi casa asentado un total de metros cuadrados que me
pareció excesivo. Como tenía que cuidar el dinero, no estaba dispuesto a
regalarle ni un peso a nadie, y menos al gobierno, que seguramente había estado
cobrando de más el predial durante varios años, debido a un descuido mío
causado por las largas jornadas de trabajo. Entonces me puse a medir con una
vieja cinta métrica la casa de esquina a esquina. Haciendo cálculos había
llegado a la conclusión de que el fisco llevaba veinte años cobrándome un
predial por una propiedad siete metros más grandes de lo que en realidad era
así que empecé a hacer los trámites de regularización.
Por eso, esa mañana me dirigí por
enésima vez al Catastro para preguntar cómo iba mi asunto y cuándo estaría
lista la corrección del dato. El edificio donde se encontraban las oficinas,
era un estacionamiento de una construcción abandonada. Había que entrar por un
edificio de locales que estaba a un costado, y llegar hasta una especie de
jardín interior que separaba ambos edificios unidos por una escalera que, a
manera de puente descendiente, conectaban con un viejo estacionamiento
sumergido varios metros abajo del nivel del piso donde estaba la puerta de
entrada a la oficina municipal, encajada en un medio vuelo. Cada vez que
llegaba a ese sitio, pensaba en el absurdo mientras mi vista gozaba de la
exuberancia verde que cubría las ruinas mohosas y los efectos que producían en
estas, los rayos de luz que se colaban entre los desniveles. Mis oídos se
deleitaban con el sonido de los pájaros que ahí anidaban, incluso la
temperatura bajaba porque el viento hacía chiflón entre los muros y todo aquello
me parecía una experiencia surrealista tan similar a la que había vivido alguna
vez en el jardín de Edward James en Xilitla.
Dentro en las sillas de espera,
vi la inequívoca figura del Dr. Fonti. Su espalda recta impulsando su cuello
erecto. Su pelo –que noté ya canoso– meticulosamente engomado, su bigote
delineado, su camisa y sus pantalones recién planchados. Me dio muchísimo gusto
ver a mi amigo, así que no tardé en estrecharle la mano y entablar con él una
conversación para ponerlo al día de mi situación y consultarle un remedio para
mitigar el stress que me estaba causando.
Fonti, sin efusividad sonrió y me dio una palmada en la espalda: “No hay
nada que no solucione un tafil, Urquiza”. Me dijo con parsimonia. “Pero por qué
no pasas a verme al hospital mañana”, alcanzó a agregar antes de que la
funcionaria lo amenazara con perder su turno si no se acercaba de inmediato.
Aun bajo aquella presión coercitiva, Fonti se despidió tranquilamente de mí,
revisó sus papeles sin urgencia asegurándose de no haber olvidado nada y caminó
lentamente hacia el mostrador.
Al día siguiente, me desperté a las 5:55 a.m. Me levanté
apoyando primero el pie derecho y luego realicé mis estiramientos de rutina. Me
dirigí al baño a lavarme los dientes. Tendí la cama asegurándome de marcar con
la palma de las manos los pliegues de las sábanas, me quitó el pijama, la doblé
marcándola de la misma manera y la coloqué debajo de la almohada. Me enfundé mi
ropa de ejercicio, desenrollé mi tapete de esponja y realicé mis siete minutos
de ejercicios cardiovasculares, siete de estiramientos y otros más de
relajación repitiendo algunos mantras.
A las nueve treinta en punto, crucé
la puerta del hospital. La recepcionista, que en ese momento reconocí, pero no
recordé cómo se llamaba, me pidió que me sentara junto a otros pacientes,
mientras llamaba al Dr. Fonti, pero inmediatamente después, terminó la llamada
y me indicó que pasara al consultorio de mi amigo, que ya me estaba esperando.
Caminé por el pasillo descubierto, recordando los años pasados, los muros de
tirol tan fuera de tiempo, los techos bajos y los pisos con sus pequeños
rectángulos de mármol travertino con ese aroma aséptico a recién trapeados. Lo primero que vi al entrar al consultorio
fue la cama vestida con almohada y sabanas de hospital pero destendida, incluso
pude oler que alguien acababa de pasar la noche en ella. Fonti salió del baño
acicalándose y me dio un abrazo. Sacó de un cajón de su escritorio una botella
de colonia, se puso un poco en la palma y tras frotarse las manos se perfumó la
barba y el cuello mientras me hacía las preguntas de rutina. Aunque el doctor
lucía pulcro y muy acicalado, me percaté de lo percudido que lo tenían los
años. Todo ahí tenía una pátina particular que me hizo pensar en el paso del
tiempo y sentirme incómodo. Sin embargo, no pretendía irme. Me parecía adecuado
estar ahí y sentía un genuino interés de Fonti hacia mi persona y aquello que me
aquejaba. Me repitió que el tafil era la solución a todo mientras, ya sentado
en su escritorio, se amarraba el cordón de los zapatos. Después me colocó una
banda en el brazo misma que infló con una bombita y procedió a escuchar mis
pulsaciones introduciendo entre mi brazo y la banda el estetoscopio, mirando el
cronómetro de su reloj. “Tu presión está perfecta, nada de qué preocuparte”, me
dijo y con una letra ilegible escribió una receta con las indicaciones de cómo
tomar el tafil. “¿Ya desayunaste?” me dijo encaminándose a la puerta. “¡Vamos
te invito, aunque sea un café!”.
En la cafetería del hospital ya
lo esperaban otros doctores entre los que reconocí a Ibis, el oftalmólogo y
Malo, el gastroenterólogo. Aquello me pareció un ritual cotidiano, y eso me produjo
cierto ánimo. El desayuno fue perfecto, la cocinera, que debía tener también
varios años trabajando en la cocina del hospital, le sirvió a cada uno su dieta
establecida. Y a mí lo que le solicité, cumpliendo con todas mis
especificaciones: un huevo estrellado con la clara bien cocida y la yema
tierna, frijolitos pero bien molidos con un poco de queso fresco (no panela)
rallado, y un café bien cargado, pero tres cucharadas de leche de coco y una de
azúcar morena.
Nos alcanzó la hora de la comida
sin que me percatara del paso del tiempo. Uno de los pacientes, el Lic. Calles,
que estaba en aquella tertulia le pidió a su chofer que fuera ahí cerca y
trajera cecina de Yecapixtla para todos. Aquello me pareció una excelente idea,
no solo porque me ahorraría la comida, sino porque pensé que no podía hacerle
el feo a aquel personaje, pues se veía a leguas que estaba muy bien relacionado
y podía conectarme en algún trabajo. Así que devoré aquel manjar y encantado me
quedé a tomar el café y a jugar una partida de dominó. En algún momento, el Dr.
Ibis le pidió a Josefita (entonces recordé el nombre de la recepcionista), que
le preparara su medicina al Lic. Calles y a los pocos minutos ella entró a la
cafetería con una charolita que contenía unas pequeñas hojas de papel de arroz
y unas colitas de cannabis previamente espulgadas de ramas y cocos con las que
Ibis y Calles se forjaron un pequeño cigarro cuyos efluvios perfumaron los
pulmones de los asistentes haciéndonos flotar en un ambiente de paz y
camaradería que yo jamás había experimentado.
Al llegar a mi casa por la noche, recordé que no había
sentido durante todo el día las palpitaciones en el pecho, mi corazón no había
estado golpeando de esa forma que me exasperaba, pero, por si las dudas, guardé
la receta cuidadosamente en el cajón de la mesa de noche. El día había sido muy
productivo, era bueno relacionarme: la mejor manera de encontrar pronto un
nuevo empleo. Aunque ahora que lo pienso, nunca habría aceptado trabajar con
alguien como Calles (tenía cara de ser un jefe prepotente y abusivo). Como un
oso que ha cumplido una jornada de labores exhaustivas me acosté con cierta
emoción en el pecho, pensando que al día siguiente tenía que estar a las nueve
y media en punto en el hospital.
Así me
convertí en otro tertuliano asiduo. Era el año en el que López había subido al
poder, y cada día comentábamos la sorpresa que había dado en su conferencia
matutina y los efectos devastadores que esto traería al país. Que si los
recursos del Gran Premio se destinarían al proyecto del Tren Maya, que los
niños de las guarderías que iba a cerrar López sufrirían ahora de abuso y
maltrato de quien los cuide, que si las Islas Marías que llevaban cien años y
eran una prisión ejemplar se convertirían en destino turístico, qué qué iban a
hacer con los presos, que si los meterían con todo y familias a las cárceles
federales que López había descubierto que tenían un presupuesto de cupo lleno
cuando su ocupación era del 40%. También en aquellas tertulias vimos en la
televisión cómo se prendían los cuerpos de los más de cien Huachicoleros de
Hidalgo, que en un éxtasis colectivo se bañaban eufóricos en gasolina mientras
la robaban, como si fuera oro molido. Y recuerdo que lo veíamos como algo aun
ajeno a nosotros, que seguíamos degustando la cecina de Yecapixtla.
Después de quince años como todos los días me sigo despertando
a las 5:55 a.m. Como todos los días me aseguró de pisar primero con el pie
derecho y levantarme apoyando ambas extremidades. Realizo mis estiramientos, me
lavó los dientes y tiendo la cama marcando bien los pliegues de las sábanas.
Hace quince años que repito esta rutina, pero la del ejercicio he tenido que
irla modificando. Los siete minutos de cardio, ya no incluyen saltos ni
escaladas en sillas, tampoco soy tan flexible así que los estiramientos duran
ahora cinco minutos y los siete minutos de relajación repitiendo unos mantras
terminaban con una pequeña siesta que involuntariamente se alarga a diez o
quince.
A las nueve treinta en punto, sigo cruzando la puerta del
hospital. Sigue habiendo pacientes en la sala de espera, algunos están en
verdad enfermos y los atienden los paramédicos jóvenes o los practicantes de
medicina. Algunos solo vienen porque tienen hambre. En esta dictadura de López
el surrealismo nos ha invadido, ya no nos extraña ver cosas como las oficinas
del catastro y el jardín de Edward James, se queda pálido frente a lo que ahora
vemos. Pero tenemos la suerte de ser un hospital y por esa razón, al menos no
nos falta arroz, gelatina y caldo de pollo. ¡Cómo extraño esos días de la
cecina de Yecapixtla!
Josefita ya no me anuncia con Fonti, apenas me
ve entrar me da los buenos días y me dice que pase directo al consultorio.
Camino por el pasillo descubierto, pasando por alto los muros de tirol, los pisos
asépticos de mármol travertino cuyo olor ha cambiado por vinagre porque ya no
se surte aquel producto aromático. Entro al consultorio y Fonti sale del baño
acicalándose y me da un abrazo. La pátina que hace evidente del paso del tiempo
ha aumentado y me ha impregnado a mí también, no sé si se debe a mi cercanía
con Fonti, o a la dictadura pero eso no impide que saque de un cajón de su
escritorio una botella de colonia, (nunca le he preguntado dónde la consigue) se
pone un poco en la palma y tras frotarse las manos se perfuma la barba y el
cuello mientras me repite las preguntas
de costumbre. Pero ese día ya no bajamos a desayunar, porque Fonti sufre un
fuerte dolor en el pecho y yo me altero porque no sé cómo lidiar con eso, me
apresuro a buscar a Josefita que además de recepcionista es enfermera, y ella a
su vez corre y grita llamando a su nieto, que es paramédico, pero cuando
llegamos al consultorio ya no puede hacer nada.
El funeral se realiza en el hospital y todos los tertulianos
acudimos como de costumbre, pero esta vez a despedirnos de nuestro entrañable
compañero. Mientras hago guardia a un costado del féretro, recuerdo que estoy
ahí porque busco un trabajo. Y me doy cuenta que en quince años he aprendido a
la perfección la rutina de mi amigo Fonti, y aunque me entristece su partida,
una luz me alienta pues comprendo que lo más lógico es que ahora, yo ocupe
aquel puesto y desempeñe como digno sucesor suyo con puntual disciplina sus labores,
honrando así su memoria.
4.- BUSCAR Y ELIMINAR CABOS SUELTOS: COSAS QUE HAYAN QUEDADO Y QUE NO TENGAN UN PROPÓSITO
DEFINIDO. Pendiente
5.- PULIR EN LENGUAJE, LAS
FRASES, LA PUNTUACIÓN. Pendiente
6.- PONER UN TÍTULO Pendiente