domingo, 24 de febrero de 2019

Mi proceso al escribir un cuento. Mariel Turrent


Este es un proceso documentado de cómo he ido escribiendo este cuento. Como podrán ver, el argumento, la estructura, el punto de vista, los personajes y las ideas, van creciendo, cambiando, desapareciendo. Pero es importante tener un punto de partida estructurado.


8/02/19
IDEA
Paso por el hospital Americano que conozco desde hace 30 años y veo cómo no han pasado los años y sigue igual, como atrapado en el tiempo.
Recuerdo a un doctor que conozco y hace poco se divorció y se fue a vivir ahí y a un amigo del dueño que juega dominó y desayuna ahí con ambos.
Voy al castro a arreglar unos papeles y me parece surrealista el edificio.
ARGUMENTO
Uriquiza se encuentra al Dr. Fonti haciendo cola en el CATASTRO, ahí le platica de su vida y le dice que sufre de Stress crónico. Se ha quedado si trabajo y es un poco neurótico. El Dr. Fonti con exagerada parsimonia le dice que lo espera en el hospital al otro día a las 10 am. Urquiza entra y compara el recuerdo del hospital con lo que ve en ese momento. El hospital está abandonado, el doctor vive ahí y lo invita a desayunar con un grupo de doctores y pacientes que se reúnen diariamente un poco locos y regresa al otro día hasta que decide quedarse ahí y se convierte en un asiduo más.
ESTRUCTURA
Urquiza en el catastro encuentra a Fonti,
Urgquiza en su casa neurótico.
Urquiza decide ir al hospital
Urquiza ve algo raro. Recuerda el hospital antes y compara con cómo lo ve ahora. Recuerda que Fonti aunque siempre va muy compuesto tiene una especie de pátina.
Urquiza entra al consultorio de Fonti y se percata de que ahí duerme y tiene algunos comportamientos absurdos.
Fonti lo invita a desayunar, ahí se reúnen otros doctores con sus respectivas patologías. Llegan otros pacientes. Todos conviven.
Urquiza se va a su casa y piensa en lo absurdo de todo lo que ve ahí. Se comporta de manera patológica aunque critica a los otros.
Al otro día Urquiza regresa al hospital.
PERSONAJES
Urquiza, 60 años necio, cerrado, lo han despedido del trabajo y busca sin posibilidades de encontrar. Es extremadamente ordenado.
Dr. Fonti, muy lento, no tiene problemas, habla de que todo se arregla con un tafil y luego le confiesa que él también le entra a la mariguana. Muy arreglado aunque su ropa ya está vieja, y un tanto desgastada.
Dr. Ibis es un grosero obsesionado con las mujeres, habla mal de su mujer y está desaliñado y completamente loco.
Calles es un paciente pelón delgado que tiene delirio de persecución y no quiere que entre nadie más al grupo.
Josefita la secretaria y recepcionista.

1.-DESARROLLO

Urquiza se despertó, como todos los días a las 5:55 a.m. Como todos los días se aseguró de pisar primero con el pie derecho y de levantarse una vez que ha apoyado ambas extremidades. Se dirigió al baño a lavarse los dientes. 20 cepilladas de cada lado, y 20 buches en total para enjuagar. Continuó con su rutina a pesar de que ese día no tenía que haberse levantado. Ese día no tenía que ir al trabajo. Hacía ocho meses que lo habían despedido, aun no comprendía el porqué, pero a sus 60 años no estaba dispuesto a aceptar cualquier trabajo, debía cumplir sus expectativas y estar a su altura. En el medio era muy conocido y pensó que le sería fácil colocarse nuevamente, pero después de ocho meses empezaba a hablar de los efectos de la discriminación por la edad.  
Durante esos meses de desempleado se había entretenido en poner un orden extremo a su vida. Había ordenado todos los discos de su extensa discoteca por estricto orden alfabético, por género, por año. Había ordenado su ropa dependiendo del uso que le daba, por color y por horas de uso. Y se sentía contento al pensar que ya empezaba a llevar el kilometraje de cada par de zapatos que usaba. Mientras ordenaba todos los documentos que tenía, había notado en la escritura de su casa asentado un total de metros cuadrados que le pareció excesivo. Ahora que tenía que cuidar el dinero no estaba dispuesto a regalarle ni un peso al gobierno que seguramente había estado cobrando de más el predial por un descuido suyo causado por sus largas horas de trabajo. Se había dado a la tarea de medir con una vieja cinta métrica su casa de esquina a esquina, había hecho sus cálculos y había llegado a la conclusión de que el fisco llevaba 20 años cobrándole un predial por una propiedad 7 metros más grande de lo que en realidad era. Por eso esa mañana se dirigió enésima vez al Catastro para preguntar cómo iba su trámite y cuándo estaría lista la corrección del dato.
Entró al edificio abandonado por el que se llegaba, e igual que las veces anteriores, pensó en el absurdo mientras cruzaba hasta el jardín interior cuya exuberancia cubría las ruinas surrealistas tan similares al jardín de Edward James en Jilitla. Bajó las escaleras que a manera de puente descendiente conectaban con un viejo estacionamiento sumergido varios metros abajo del nivel del piso y llegó a la puerta encajada en un medio vuelo, por donde se entraba a la oficina municipal.
Dentro en espera, vio la inequívoca figura del Dr. Fonti. Su espalda recta impulsando su cuello erecto. Su pelo –que notó ya canoso­– meticulosamente engomado, su bigote delineado, su camisa y sus pantalones recién planchados. Entre aquel caos, aquello le dio un respiro y no tardó en estrecharle la mano y entablar con él una conversación para ponerlo al día y consultarle un remedio para mitigar el stress que le estaba causando su situación.  Fonti, sin efusividad sonrió y le dio una palmada en la espalda: “no hay nada que no solucione un tafil”, le dijo con parsimonia, “pero por qué no pasas a verme al hospital mañana”, alcanzó a agregar antes de que la funcionaria le urgiera a acercarse al mostrador. Aun bajo aquella presión coercitiva, Fonti se despidió tranquilamente de su paciente, revisó sus papeles sin urgencia asegurándose de no haber olvidado nada y caminó lentamente hacia el mostrador.
Al día siguiente, Urquiza se despertó a las 5:55 a.m. Se levantó apoyando primero el pie derecho y luego realizó sus estiramientos de rutina. Se dirigió al baño a lavarse los dientes. Tendió la cama asegurándose de marcar con la palma de las manos los pliegues de las sábanas, se quitó el pijama, la dobló marcándola de la misma manera y la colocó debajo de la almohada. Se enfundó su ropa de ejercicio, desenrolló su tapete de esponja y realizó sus siete minutos de ejercicios cardiovasculares, siete minutos de estiramientos y siete minutos de relajación repitiendo unos mantras.
A las nueve treinta en punto, cruzó la puerta del hospital. La recepcionista le pidió que se sentara junto a otros pacientes mientras llamaba al Dr. Fonti, pero antes de que Urquiza llegara a las sillas, la mujer terminó la llamada y le indicó que pasara al consultorio del Dr. Fonti, ya lo estaba esperando. Caminó por el pasillo descubierto, recordando los años pasados, los muros de tirol tan fuera de tiempo, los pisos con sus pequeños rectángulos de mármol travertino, los techos bajos.  Lo primero que vio al entrar al consultorio fue la cama vestida con sabanas de hospital y almohada, pero destendida, claramente podía hasta oler que alguien acababa de pasar la noche en ella. Fonti salió del baño acicalándose y le dio un abrazo. Sacó de un cajón de su escritorio una botella de colonia, se puso un poco en la palma y tras frotarse las manos se perfumó la barba y el cuello mientras le hacía a Urquiza las preguntas de rutina. Aunque el doctor lucía pulcro y muy acicalado, no podía esconder lo percudido de los años. Todo ahí tenía una particular pátina que causaba en Urquiza cierta desconfianza. Sin embargo, no pretendía irse. Le parecía adecuado estar ahí y sentía un genuino interés de Fonti hacia su persona y aquello que lo aquejaba. Le repitió que el tafil era la solución a todo mientras, ya sentado en su escritorio, se amarraba el cordón de los zapatos, después le colocó una banda en el brazo misma que infló con una bombita y procedió a escuchar las pulsaciones de la sangre introduciendo entre su brazo y la banda su estetoscopio, mirando su reloj con cronómetro. “Tu presión está perfecta, nada de qué preocuparte”, le dijo y con una letra ilegible escribió una receta con las indicaciones de cómo tomar el tafil. La arrancó y se la dio. “¿Ya desayunaste?” le dijo encaminándose a la puerta. “Vamos te invito, aunque sea un café”. Urquiza lo siguió hasta la cafetería del hotel, donde se dio cuenta ya lo esperaban otros doctores entre los que reconoció a Ibis, el oftalmólogo y Malo, el gastroenterólogo. Los estaban esperando. Aquello le pareció un ritual cotidiano, y eso le produjo cierta tranquilidad. El desayuno fue perfecto, la cocinera que parecía tener también varios años en la cocina del edificio le sirvió a cada uno lo que parecía su dieta establecida. A Urquiza le preguntó qué acostumbraba a desayunar y en pocos minutos le sirvió el desayuno que cumplía con todas las especificaciones que le había solicitado: un huevo estrellado con la clara bien cocida y la yema tierna, frijolitos pero bien molidos con un poco de queso fresco (no panela) rallado, y un café bien cargado, pero tres cucharadas de leche de coco y una de azúcar morena.
Los alcanzó la hora de la comida sin que Urquiza se percatara del paso del tiempo. Uno de los pacientes, el Lic. Calles, que estaba en aquella tertulia le pidió a su chofer que fuera ahí cerca y trajera cecina de Yecapixtla para todos. A Urquiza le pareció una excelente idea ahorrarse la comida, pero, sobre todo, pensó que no podía hacerle el feo a aquel personaje, pues se veía a leguas que estaba muy bien relacionado y podía conectarlo en algún trabajo. Así que se devoró la cecina, y después continuó la hora del café y luego otra partida de dominó. Entonces el Dr. Ibis le pidió a Josefita que le preparara su medicina al Lic. Calles y a los pocos minutos la recepcionista entró a la cafetería con una charolita que contenía unas pequeñas hojas de papel de arroz y unas colitas de cannabis previamente espulgadas de ramas y cocos con las que Ibis y Calles se forjaron un pequeño cigarro cuyos efluvios perfumaron los pulmones de los asistentes haciéndolos flotar en un ambiente de paz y camaradería que Urquiza jamás había experimentado.
Al llegar a su casa por la noche, Urquiza recordó no haber sentido durante todo el día las palpitaciones en el pecho, su corazón no había estado golpeando de esa forma que lo exasperaba, pero, por si las dudas, guardó la receta cuidadosamente en el cajón de la mesa de noche. El día había sido muy productivo, se justificó, era bueno relacionarse, la mejor manera de encontrar pronto un nuevo empleo. Aunque nunca aceptaría trabajar con alguien como Calles (tenía cara de ser un jefe prepotente y abusivo), seguro que ahí sería fácil contactar a alguien más y colocarse. Se recostó e inmediatamente perdió conciencia. Como un oso que ha cumplido una jornada de labores exhaustivas se quedó dormido. Pensando que al día siguiente tenía que estar a las nueve y media en punto en el hospital.

2.- SEGUNDA IDEA: TIENE QUE PASAR ALGO

Como todos los días Urquiza despertó a las 5:55 a.m. Como todos los días se aseguró de pisar primero con el pie derecho y levantarse apoyando ambas extremidades. Realizó sus estiramientos, se lavó los dientes y tendió la cama marcando bien los pliegues de las sábanas. Hacía quince años que repetía esta rutina, pero la del ejercicio había tenido que irla modificando. Los siete minutos de cardio, ya no incluían saltos ni escaladas en sillas, ya tampoco era tan flexible así que los estiramientos duraban ahora cinco minutos y los siete minutos de relajación repitiendo unos mantras terminaban con una pequeña siesta que los alargaba a diez o quince.
Aunque ya no recordaba por qué lo hacía, a las nueve treinta en punto, como desde hacía quince años, cruzó la puerta del hospital. Hacía tiempo que ya no había pacientes en la sala de espera, pero Urquiza no lo había notado. La recepcionista ya no hacía la llamada. Apenas lo veía entrar le indicaba que pasara al consultorio del Dr. Fonti, que ya lo estaba esperando. Caminó por el pasillo descubierto, pasando por alto los muros de tirol y pisos de mármol travertino. Entró al consultorio y Fonti salió del baño acicalándose y le dio un abrazo. Sacó de un cajón de su escritorio una botella de colonia, se puso un poco en la palma y tras frotarse las manos se perfumó la barba y el cuello mientras le repetía a Urquiza las preguntas de costumbre. Pero ese día ya no desayunaría un huevo estrellado con la clara bien cocida y la yema tierna, frijolitos pero bien molidos con un poco de queso fresco (no panela) rallado, y un café bien cargado, pero tres cucharadas de leche de coco y una de azúcar morena, porque Fonti sufrió un fuerte dolor en el pecho y Urquiza tuvo que apresurarse a buscar a la recepcionista que llamó su nieto que era paramédico, pero ya no pudo hacer nada.
El funeral se realizó en el hospital y todos los tertulianos acudieron como de costumbre, pero esta vez a despedirse de su entrañable compañero. Urquiza entonces recordó la razón por la que acudía diariamente al hospital. Y decidió honrar a su amigo ocupando su puesto.

3.- TERCERA IDEA: CAMBIAR A PRIMERA PERSONA Y JUSTIFICAR LA CECINA DE YECAPIXTLA CON EL CONTEXTO INCLUIR LO QUE SALE DIARIO EN LAS NOTICIAS DE LOPEZ OBRADOR. CAMBIAR AL FINAL EL TIEMPO NARRATIVO.
Primera versión del definitivo 16/02/19 
Segunda versión del definitivo 23/02/19

Me desperté, como todos los días a las 5:55 a.m. Como todos los días me aseguré de pisar primero con el pie derecho y de levantarme una vez que he apoyado ambas extremidades. Me dirigí al baño a lavarme los dientes. Veinte cepilladas de cada lado, y veinte buches en total para enjuagar. A pesar de que ese día no tenía que levantarme porque no tenía que ir a trabajar, continué con mi rutina. Hacía ocho meses que me habían despedido, aun no comprendía el porqué. En el medio era yo bastante conocido y tenía buena reputación, por lo que había pensado que me sería fácil colocarme nuevamente, pero después de ocho meses empezaba a darme cuenta de lo que significa la discriminación por la edad. A los viejos ya nadie nos quiere, y eso que apenas tenía sesenta años. En esos ocho meses me habían ofrecido algunos puestos menores, sí, pero a mis no estaba dispuesto a aceptar cualquier trabajo, debía cumplir por completo con mis expectativas, estar a mi altura.
Mientras eso sucedía, me había entretenido en poner un poco de orden en mi vida. Clasifiqué todos los discos de mi extensa discoteca por estricto orden alfabético, por género, por año. Mi ropa la separé dependiendo del uso que le daba, por color y por horas de uso. Me sentía contento al pensar que ya empezaba a llevar el kilometraje de cada par de zapatos que usaba. Después empecé a ordenar todos los documentos que tenía y noté en la escritura de mi casa asentado un total de metros cuadrados que me pareció excesivo. Como tenía que cuidar el dinero, no estaba dispuesto a regalarle ni un peso a nadie, y menos al gobierno, que seguramente había estado cobrando de más el predial durante varios años, debido a un descuido mío causado por las largas jornadas de trabajo. Entonces me puse a medir con una vieja cinta métrica la casa de esquina a esquina. Haciendo cálculos había llegado a la conclusión de que el fisco llevaba veinte años cobrándome un predial por una propiedad siete metros más grandes de lo que en realidad era así que empecé a hacer los trámites de regularización.
Por eso, esa mañana me dirigí por enésima vez al Catastro para preguntar cómo iba mi asunto y cuándo estaría lista la corrección del dato. El edificio donde se encontraban las oficinas, era un estacionamiento de una construcción abandonada. Había que entrar por un edificio de locales que estaba a un costado, y llegar hasta una especie de jardín interior que separaba ambos edificios unidos por una escalera que, a manera de puente descendiente, conectaban con un viejo estacionamiento sumergido varios metros abajo del nivel del piso donde estaba la puerta de entrada a la oficina municipal, encajada en un medio vuelo. Cada vez que llegaba a ese sitio, pensaba en el absurdo mientras mi vista gozaba de la exuberancia verde que cubría las ruinas mohosas y los efectos que producían en estas, los rayos de luz que se colaban entre los desniveles. Mis oídos se deleitaban con el sonido de los pájaros que ahí anidaban, incluso la temperatura bajaba porque el viento hacía chiflón entre los muros y todo aquello me parecía una experiencia surrealista tan similar a la que había vivido alguna vez en el jardín de Edward James en Xilitla.
Dentro en las sillas de espera, vi la inequívoca figura del Dr. Fonti. Su espalda recta impulsando su cuello erecto. Su pelo –que noté ya canoso­– meticulosamente engomado, su bigote delineado, su camisa y sus pantalones recién planchados. Me dio muchísimo gusto ver a mi amigo, así que no tardé en estrecharle la mano y entablar con él una conversación para ponerlo al día de mi situación y consultarle un remedio para mitigar el stress que me estaba causando.  Fonti, sin efusividad sonrió y me dio una palmada en la espalda: “No hay nada que no solucione un tafil, Urquiza”. Me dijo con parsimonia. “Pero por qué no pasas a verme al hospital mañana”, alcanzó a agregar antes de que la funcionaria lo amenazara con perder su turno si no se acercaba de inmediato. Aun bajo aquella presión coercitiva, Fonti se despidió tranquilamente de mí, revisó sus papeles sin urgencia asegurándose de no haber olvidado nada y caminó lentamente hacia el mostrador.
Al día siguiente, me desperté a las 5:55 a.m. Me levanté apoyando primero el pie derecho y luego realicé mis estiramientos de rutina. Me dirigí al baño a lavarme los dientes. Tendí la cama asegurándome de marcar con la palma de las manos los pliegues de las sábanas, me quitó el pijama, la doblé marcándola de la misma manera y la coloqué debajo de la almohada. Me enfundé mi ropa de ejercicio, desenrollé mi tapete de esponja y realicé mis siete minutos de ejercicios cardiovasculares, siete de estiramientos y otros más de relajación repitiendo algunos mantras.
A las nueve treinta en punto, crucé la puerta del hospital. La recepcionista, que en ese momento reconocí, pero no recordé cómo se llamaba, me pidió que me sentara junto a otros pacientes, mientras llamaba al Dr. Fonti, pero inmediatamente después, terminó la llamada y me indicó que pasara al consultorio de mi amigo, que ya me estaba esperando. Caminé por el pasillo descubierto, recordando los años pasados, los muros de tirol tan fuera de tiempo, los techos bajos y los pisos con sus pequeños rectángulos de mármol travertino con ese aroma aséptico a recién trapeados.  Lo primero que vi al entrar al consultorio fue la cama vestida con almohada y sabanas de hospital pero destendida, incluso pude oler que alguien acababa de pasar la noche en ella. Fonti salió del baño acicalándose y me dio un abrazo. Sacó de un cajón de su escritorio una botella de colonia, se puso un poco en la palma y tras frotarse las manos se perfumó la barba y el cuello mientras me hacía las preguntas de rutina. Aunque el doctor lucía pulcro y muy acicalado, me percaté de lo percudido que lo tenían los años. Todo ahí tenía una pátina particular que me hizo pensar en el paso del tiempo y sentirme incómodo. Sin embargo, no pretendía irme. Me parecía adecuado estar ahí y sentía un genuino interés de Fonti hacia mi persona y aquello que me aquejaba. Me repitió que el tafil era la solución a todo mientras, ya sentado en su escritorio, se amarraba el cordón de los zapatos. Después me colocó una banda en el brazo misma que infló con una bombita y procedió a escuchar mis pulsaciones introduciendo entre mi brazo y la banda el estetoscopio, mirando el cronómetro de su reloj. “Tu presión está perfecta, nada de qué preocuparte”, me dijo y con una letra ilegible escribió una receta con las indicaciones de cómo tomar el tafil. “¿Ya desayunaste?” me dijo encaminándose a la puerta. “¡Vamos te invito, aunque sea un café!”.
En la cafetería del hospital ya lo esperaban otros doctores entre los que reconocí a Ibis, el oftalmólogo y Malo, el gastroenterólogo. Aquello me pareció un ritual cotidiano, y eso me produjo cierto ánimo. El desayuno fue perfecto, la cocinera, que debía tener también varios años trabajando en la cocina del hospital, le sirvió a cada uno su dieta establecida. Y a mí lo que le solicité, cumpliendo con todas mis especificaciones: un huevo estrellado con la clara bien cocida y la yema tierna, frijolitos pero bien molidos con un poco de queso fresco (no panela) rallado, y un café bien cargado, pero tres cucharadas de leche de coco y una de azúcar morena.
Nos alcanzó la hora de la comida sin que me percatara del paso del tiempo. Uno de los pacientes, el Lic. Calles, que estaba en aquella tertulia le pidió a su chofer que fuera ahí cerca y trajera cecina de Yecapixtla para todos. Aquello me pareció una excelente idea, no solo porque me ahorraría la comida, sino porque pensé que no podía hacerle el feo a aquel personaje, pues se veía a leguas que estaba muy bien relacionado y podía conectarme en algún trabajo. Así que devoré aquel manjar y encantado me quedé a tomar el café y a jugar una partida de dominó. En algún momento, el Dr. Ibis le pidió a Josefita (entonces recordé el nombre de la recepcionista), que le preparara su medicina al Lic. Calles y a los pocos minutos ella entró a la cafetería con una charolita que contenía unas pequeñas hojas de papel de arroz y unas colitas de cannabis previamente espulgadas de ramas y cocos con las que Ibis y Calles se forjaron un pequeño cigarro cuyos efluvios perfumaron los pulmones de los asistentes haciéndonos flotar en un ambiente de paz y camaradería que yo jamás había experimentado.
Al llegar a mi casa por la noche, recordé que no había sentido durante todo el día las palpitaciones en el pecho, mi corazón no había estado golpeando de esa forma que me exasperaba, pero, por si las dudas, guardé la receta cuidadosamente en el cajón de la mesa de noche. El día había sido muy productivo, era bueno relacionarme: la mejor manera de encontrar pronto un nuevo empleo. Aunque ahora que lo pienso, nunca habría aceptado trabajar con alguien como Calles (tenía cara de ser un jefe prepotente y abusivo). Como un oso que ha cumplido una jornada de labores exhaustivas me acosté con cierta emoción en el pecho, pensando que al día siguiente tenía que estar a las nueve y media en punto en el hospital.
               Así me convertí en otro tertuliano asiduo. Era el año en el que López había subido al poder, y cada día comentábamos la sorpresa que había dado en su conferencia matutina y los efectos devastadores que esto traería al país. Que si los recursos del Gran Premio se destinarían al proyecto del Tren Maya, que los niños de las guarderías que iba a cerrar López sufrirían ahora de abuso y maltrato de quien los cuide, que si las Islas Marías que llevaban cien años y eran una prisión ejemplar se convertirían en destino turístico, qué qué iban a hacer con los presos, que si los meterían con todo y familias a las cárceles federales que López había descubierto que tenían un presupuesto de cupo lleno cuando su ocupación era del 40%. También en aquellas tertulias vimos en la televisión cómo se prendían los cuerpos de los más de cien Huachicoleros de Hidalgo, que en un éxtasis colectivo se bañaban eufóricos en gasolina mientras la robaban, como si fuera oro molido. Y recuerdo que lo veíamos como algo aun ajeno a nosotros, que seguíamos degustando la cecina de Yecapixtla.

Después de quince años como todos los días me sigo despertando a las 5:55 a.m. Como todos los días me aseguró de pisar primero con el pie derecho y levantarme apoyando ambas extremidades. Realizo mis estiramientos, me lavó los dientes y tiendo la cama marcando bien los pliegues de las sábanas. Hace quince años que repito esta rutina, pero la del ejercicio he tenido que irla modificando. Los siete minutos de cardio, ya no incluyen saltos ni escaladas en sillas, tampoco soy tan flexible así que los estiramientos duran ahora cinco minutos y los siete minutos de relajación repitiendo unos mantras terminaban con una pequeña siesta que involuntariamente se alarga a diez o quince.
A las nueve treinta en punto, sigo cruzando la puerta del hospital. Sigue habiendo pacientes en la sala de espera, algunos están en verdad enfermos y los atienden los paramédicos jóvenes o los practicantes de medicina. Algunos solo vienen porque tienen hambre. En esta dictadura de López el surrealismo nos ha invadido, ya no nos extraña ver cosas como las oficinas del catastro y el jardín de Edward James, se queda pálido frente a lo que ahora vemos. Pero tenemos la suerte de ser un hospital y por esa razón, al menos no nos falta arroz, gelatina y caldo de pollo. ¡Cómo extraño esos días de la cecina de Yecapixtla!
 Josefita ya no me anuncia con Fonti, apenas me ve entrar me da los buenos días y me dice que pase directo al consultorio. Camino por el pasillo descubierto, pasando por alto los muros de tirol, los pisos asépticos de mármol travertino cuyo olor ha cambiado por vinagre porque ya no se surte aquel producto aromático. Entro al consultorio y Fonti sale del baño acicalándose y me da un abrazo. La pátina que hace evidente del paso del tiempo ha aumentado y me ha impregnado a mí también, no sé si se debe a mi cercanía con Fonti, o a la dictadura pero eso no impide que saque de un cajón de su escritorio una botella de colonia, (nunca le he preguntado dónde la consigue) se pone un poco en la palma y tras frotarse las manos se perfuma la barba y el cuello mientras me  repite las preguntas de costumbre. Pero ese día ya no bajamos a desayunar, porque Fonti sufre un fuerte dolor en el pecho y yo me altero porque no sé cómo lidiar con eso, me apresuro a buscar a Josefita que además de recepcionista es enfermera, y ella a su vez corre y grita llamando a su nieto, que es paramédico, pero cuando llegamos al consultorio ya no puede hacer nada.
El funeral se realiza en el hospital y todos los tertulianos acudimos como de costumbre, pero esta vez a despedirnos de nuestro entrañable compañero. Mientras hago guardia a un costado del féretro, recuerdo que estoy ahí porque busco un trabajo. Y me doy cuenta que en quince años he aprendido a la perfección la rutina de mi amigo Fonti, y aunque me entristece su partida, una luz me alienta pues comprendo que lo más lógico es que ahora, yo ocupe aquel puesto y desempeñe como digno sucesor suyo con puntual disciplina sus labores, honrando así su memoria.  

4.- BUSCAR Y ELIMINAR CABOS SUELTOS: COSAS QUE HAYAN QUEDADO Y QUE NO TENGAN UN PROPÓSITO DEFINIDO.   Pendiente

5.- PULIR EN LENGUAJE, LAS FRASES, LA PUNTUACIÓN. Pendiente

6.- PONER UN TÍTULO Pendiente

sábado, 23 de febrero de 2019

La Serpiente. Héctor. Feb 23, 2019

La Serpiente

     Llegué un poco tarde a la mansión de Uriel. Me entretuve porque estuve esperando a que Pedro se fuera a dormir antes de salir del palacio. Quería ahorrarme las preguntas de porqué y a dónde salía. Sé muy bien que a nadie en el cielo le gusta la idea de que hagamos estas fiestas, pero la verdad ¡me encantan!, no me las puedo perder. Especialmente las que organiza Uriel. La última vez armó una carrera para ver quién era el más rápido en ir por la Espada Ardiente y traerla a la fiesta. Incluso puso un premio, el ganador se llevaría la Esfera del Sol. Lo hizo avanzada la noche cuando todo el mundo estaba hasta las alas de borracho, y con tanta seriedad que hubo ocho competidores. Todavía se aguantó unos minutos después de que el último saliera a toda velocidad, antes de retorcerse de la risa. Y hasta los que estábamos ahí, de forma francamente vergonzosa, nos tardamos en recordar que ni la Espada ni la Esfera existen. Claro, las oímos mencionar con tanta frecuencia entre los hombres que de pronto ni nosotros nos acordamos de que todo es pura mitología. Nuestra vergüenza no impidió, después de las carcajadas, que corrieran las apuestas para ver quién era el primer competidor en darse cuenta de lo idiota que había sido. Conforme fueron regresando, los recibíamos con alaridos y ovaciones, festejando la proeza de ser tan bestia. Hasta la fecha nos seguimos riendo de eso.
Al entrar al vestíbulo me encontré a Rafa, me saludó efusivamente y de inmediato me llevó con los demás, que estaban reunidos en una mesa de la terraza, platicando ruidosamente y muy bien atendidos.
      ¡Hey Mike!
Me saludó Gabriel levantándose para darme un abrazo.
      Al fin llegas, creímos que ya no venías.
      Sí, se me hizo tarde, ¿cómo van?, ¿ y Sariel?, ¿tampoco ha llegado o se fue a buscar la Espada Ardiente?
Pregunté mientras iba saludando a los demás.
La carcajada de Remi retumbó en la mesa y me respondió con su vocerrón de tenor:
      Se fue por hielo, o al menos eso dijo, ¡es capaz de haber ido por la espada!
Y volvió a reír de buena gana.
Me instalé en la mesa y me serví un whisky. La música electrónica me aceleró el pulso y miré alrededor, había cuerpos rebotando por todos lados. De repente apareció Uriel, abrazando a dos bombones impactantes y nos presentó con una de sus sonrisas encantadoras.
      Mis queridos amigos, les presento a Samza y a Lizz. Samza es hermana de Mefisto, así que cuidadito con ella, ya saben que su hermano tiene mal genio, y Lizz es prima de Fausto, están aquí de visita, atiéndanlas bien y sean educados.
Todos balbuceamos algún tipo de saludo a la vez sin quitarles los ojos de encima, eran verdaderamente guapas, no, no guapas, más bien súper sexis. Seguramente nos veíamos tan tontos como nos sentíamos.
      Así que ustedes son los famosos siete.
Nos dijo Lizz paseando su mirada por cada uno de nosotros. Sus ojos eran de un color azul profundo que te atrapaba como mosca en una telaraña.
      Seis de siete, para ser exactos, nos faltan Raguel, que al parecer anda medio depre, no quiso venir. Pero, por favor, acompáñenos, ¡uf!, de haber sabido que los caídos tenían parientes tan guapas los visitaría más seguido.
Contestó Sariel que en ese momento les acercaba un par de sillas y hacía que todos nos moviéramos para hacerles espacio en la mesa.
      No te creo que alguna vez los hayas visitado, nunca te he visto en el infierno.
Las bromas continuaron y el ambiente era cada vez más prendido. Después de un rato Rafa se llevó a Lizz a bailar, y Remi acaparó a Samza con quién sabe qué cuentos de resucitados, que aparentemente le resultaban fascinantes. Los demás seguimos charlando y bebiendo de lo más a gusto.
La noche ya estaba bastante avanzada cuando reapareció Uriel y sin más me gritó:
      Mike, cuéntales a las chicas la historia del conejo, ¡no la conocen!
Antes de que pudiera decir algo, lo secundó Remi con su magnetófono:
      ¡No puedo creer que no la conozcan!, todo el mundo se la sabe, está muy buena, ¡cuéntala Miguel!
Lizz, que venía llegando con Rafa, ambos sudados después de andar brincando como maniacos en la pista de baile, preguntó que de qué historia hablábamos.
      Es una historia muy vieja, literalmente de cuando Dios creó al hombre.
Les expliqué.
Sariel, que traía la novena botella de whisky y la ponía al centro de la mesa, emitió una risita como de loco.
-Todo el lío de la manzana y de Eva y de la expulsión del jardín y demás, Miguel es uno de los actores principales en el asunto y su versión es la mejor.
Rellenó los vasos vacíos y se instaló en su silla admirando con gusto el color dorado del líquido recién renovado en el suyo.
Para ese momento Lizz y Samza ya me jalonaban ansiosas para que empezara a hablar.
      Ok, ok, está bien.
Me acomodé en la silla y viendo las caras de todos que de pronto se quedaron muy quietos y callados, estuve a punto de echarme a reír pero me contuve y empecé el relato.
– Bueno, pues como decía Sariel, se trata del lío de la manzana porque Dios puso el árbol del conocimiento en el jardín del Edén y les dijo a Adán y a Eva que no comieran de ese fruto, ¿cierto? …
      Sí, sí, y la serpiente la convenció de comerlo y que ahí se fastidió el asunto.
Interrumpió Remi acompañando su comentario con otra de sus carcajadas con exceso de volumen.
– Bueno, a ver, vamos poniendo las cosas en contexto: en primer lugar, ¿cómo para qué iba a poner Dios un árbol que se supone que tiene el poder de otorgar el conocimiento del bien y el mal, en el mismo lugar donde acababa de crear un nuevo ser, en pleno proceso de desarrollo, diciéndoles que coman de todo lo que quieran, excepto de ese?. Para quienes no conocen a Dios, tal vez suene creíble, pero cuando sabes lo meticuloso y lo ordenado que es, te das cuenta de lo ridículo de la idea. Vamos, Dios tenía scripts de pruebas exhaustivos que seguía con todas y cada una de sus creaciones, que iban desde los aspectos más básicos como el instinto de supervivencia, hasta los más elaborados. No andaba con jaladas, le gustaba que todo fuera exactamente como lo había planeado. Llevaba un control perfecto de todo y cada cosa estaba en su lugar. O casi…
      De acuerdo, tampoco suena lógico el asunto de la serpiente.
      Muy simple Samza, es que nada de eso fue así. Empezando por el famoso Jardín del Edén, ¿tú sabes cómo era?
      No realmente, nunca se me ocurrió que fuera diferente a lo que los hombres dicen.
      El Jardín del Edén es simplemente un nombre genérico que los hombres usan, en realidad eran miles de pequeños jardines, todos separados y aislados unos de los otros. En cada uno Dios tenía diferentes creaciones en diversos estados de evolución. De pronto entró en, digamos, un frenesí creativo y saturó todo el espacio disponible, así que para cuando le llegó la inspiración para este nuevo ser que sería el hombre, no tenía donde ponerlo. Mandó a los ángeles a que acondicionaran un jardincito en la parte de atrás del palacio celestial que estaba medio abandonado, limpiaron la hierva, puso unos arbustos de flores y un par de arbolitos. El manzano ya tenía mucho ahí y rara vez se recolectaban las manzanas, como siempre hay tantas frutas en el palacio, nadie les hacía el menor caso. El sitio no tenía ninguna gracia.
      El de las barricas, ¿te acuerdas Remi?
      Claro, me acuerdo del día que Dios nos pidió que buscáramos una carreta porque le iba a mandar las barricas a Santy para se las humeara y luego, bien inteligentemente, te desapareciste y me tocó a mi sólo organizar que las cargaran y se las llevaran al infierno. Condenado Rafa.
Nuevamente su risotada inundó toda la terraza.
      O sea que el Jardín del Edén no tenía nada de Edén.
      No Samza, nada, y no sólo eso, ¿sabías que Adán no era Adán y Eva no era Eva?
      A ver, explícate.
Pues resulta que Dios no le había puesto nombre a su creación. En ese momento simplemente les decía Eros y Eras, no les había llamado hombre y mujer, ni mucho menos Adán y Eva. Yo creo que ni él mismo sabe en qué momento se transformaron en eso.
      ¿Y entonces la serpiente tampoco era serpiente?
      Sí, la serpiente sí era serpiente Lizz, esa ya tenía tiempo creada y estaba prácticamente lista para ser enviada a la tierra.
      Pero primero tenía que hacer que Eva se comiera la manzana, ¿no?
      No precisamente, Dios la había puesto en una pequeña terraza que daba justamente al jardín del que estábamos hablando, como no requería el gran espacio, y por ahí no pasaba nadie, era un lugar suficientemente adecuado. O sea que en realidad la serpiente ni siquiera estaba con ellos.
      ¿Entonces cómo acabó en el árbol del bien y el mal?
Por un momento sus ojos de telaraña tan azules me atraparon y tardé un poco más de la cuenta en responder.
      Digamos que a todos nos puede fallar el cálculo, y nunca existió un árbol del bien y del mal, era un manzano común y corriente. Además Dios nunca impuso condiciones de que esto sí lo puedes hacer y esto no. Con respecto a la serpiente… bueno, para que entiendan esa parte les tengo que explicar otra, ¿ustedes saben cuál fue la creación favorita de Dios?
      ¿Qué no fueron los hombres?
      Nop, ¿tú Samza?
      Pues alguien me dijo una vez que eran los caballos, pero no sé.
      Mmmm, sí, los caballos son una de sus grandes favoritas, pero la que verdaderamente adoraba, la que lo traía loco y que se rehusaba a mandar a la tierra, su gran amor era…
Gabriel tamborileó la mesa agregando un toque de suspenso al momento antes de que yo siguiera:
      Ni más ni menos que el conejo.
      ¡Conejo!, ¿es en serio?
      Sí guapas, esos roedores peludos eran su fascinación, pasaba horas con ellos y los tenía como reyes. Le gustaban tanto que no quería mandarlos a la tierra aunque para todos era muy claro que ya estaban más que listos para sacarlos del jardín, y ¡uy!, cuidado con el que les tocaran un pelo porque se ponía furioso.
      ¡Pregúntale aquí a Gabo cómo le fue el día que se le ocurrió bromear diciendo que se le antojaba un caldito de conejo!
Gabriel fue el primero en reírse, y Rafael lo siguió mientras nos decía entre risas:
      ¡Nunca se me va a olvidar eso! Yo estaba hablando con Dios cuando aquí a Gabito, que estaba platicando con Pedro, le pasa un conejo entre las piernas, y se le ocurre decir “agárralo y hacemos un caldito”, bueno… de milagro no sumaron un caído más con Santy ese día. Yo me quedé como piedra viendo cómo se le fue transformando la cara a Dios cuando lo oyó, y te juro que por poco le sale fuego de la nariz. Se volteó y le dijo “Gabrielito, mijo, mira, necesito que me hagas un favor”, y que me lo mandan con los querubines a limpiar los jardines. ¡Que risa!
      Sí, ni me lo recuerdes, ¡pensé que iba a hacer un caldito conmigo! Sus conejos eran intocables. No les ponía nombres pero luego te decía “el de las orejas suaves”, “el del cachetito negro”, “el gris de ojitos tristes”, como si los demás tuviéramos la más remota idea de cuál era cuál, o como si todo el mundo supiera distinguir entre tanto conejo.
      Su favorito era uno bien pequeño de color café claro como chocolate con leche, con el pecho, las patas y las puntas de las orejitas de color blanco. No lo soltaba en todo el día, ¡le encantaba! Lo tría para todos lados.
      ¡Y sí que había conejos chicas!, ni se imaginan.
Se escuchó la voz en do mayor de Remi, mientras iba rellenado los vasos vacíos con generosas porciones de whisky.
      Llegó un momento en el que los conejos se empezaron a salir del jardín donde estaban. Eran tantos que los querubines que los cuidaban ya ni sabían por dónde se les escapaban. Los veías arreando conejos por todos lados. Eran verdaderos pastores de conejos. Y los jardines, tanto de creaciones de Dios como los de placer dentro del palacio empezaron a llenarse de hoyos y madrigueras. ¡Y pregúntenle a Sariel como estaban las cocinas!
      Eran un desastre, los querubines que preparaban la comida tenían que resurtir las alacenas a diario y lavar todos los utensilios hasta cinco veces al día porque de cada gaveta que abrían salían conejos.
      Y Dios no quería mandarlos a la tierra, estaba feliz viéndolos por todas partes.
      ¡Cómo me lo perdí!, me hubiera encantado ver el cielo invadido de conejos, ¡que cómico!
      Pues para los que vivíamos ahí no fue tan gracioso Samza, todos los días vivíamos con la esperanza de que Dios decidiera que ya había sido suficiente y mandara a su ejército de conejos a la tierra. Pero no, él estaba encantado. Ya lo seguían como perritos por donde quiera que andaba, hubieras visto a Dios y su séquito de conejos, de verdad estaba para partirte de la risa.
      No puedo creer que no me enteré, hubiera ido sólo para ver eso.
      Así estaba la cosa, y ya saben, hasta que un día… la serpiente, quién sabe cómo, se sale de la terraza y va a dar con Eras y Eros. En un inicio los querubines la regresaban a la terraza y listo, pero la serpiente siempre encontraba la manera de regresar al jardín. Todos los días había que estarla buscando y sacando, hasta que el asunto fue perdiendo importancia, y eventualmente la serpiente acabó mudando su residencia definitivamente. Pero eso no fue un problema, la cosa se complicó cuando los conejos también empezaron a ir a ese jardín.
      Uuuuuu, conejos y serpientes, mala combinación…
      Exacto. Al principio los conejos no se metían, se asomaban y, como son nerviosos y precavidos, al menor movimiento salían despavoridos. Eras hacía esfuerzos para que se acercaran, después de todo eran una ternurita, ¿no?, pero los conejos se asustaban y se iban. La serpiente, muy astuta como sabemos, le sugirió que les ofreciera una manzana, y a base de perseverancia, un día por fin logró que un conejo se acercara a comer del fruto. A partir de ahí fue fácil, un conejo trajo a otro conejo, una manzana se convirtió en dos, tres, cinco, diez manzanas y por cada una había dos, tres, cinco conejos. Al rato el jardín sucumbió a la invasión conejil. Y La serpiente… a darse un manjar.
      Aaaah, ya me imagino lo que pasó…
      Pues sí, por supuesto era muy complicado darse cuenta de que faltaban conejos porque cada vez había más, no menos, claro, hasta que un buen día Dios pregunta por chocolate-con-leche y… chocolate-con-leche no aparece por ningún lado. El palacio entero se volcó en la búsqueda, incluyéndome a mi. Para ese momento Dios ya traía un humor de los mil diablos.
      Nooooo, ¿y descubrieron lo que le pasó?
      Ni más ni menos que aquí nuestro Arcángel Miguel, jefe del ejército celestial… mejor conocido desde ese día como ¡El Detective Chocolatín!, fue quien lo descubrió.
      Muy chistosito Rafael, sí, yo tuve la mala suerte de ir a buscar al jardín de Eras y de casualidad noté una bola a mitad del cuerpo de la serpiente. Por supuesto no había manera de saber si esa era su comida o el postre de chocolate, pero fue perfectamente claro lo que estaba pasando.
      ¿Y qué hiciste?, ¿le dijiste a Dios?
      ¿Qué opción tenía?, ¡y ahí fue cuando ardió Troya! No tienen idea de cómo se puso Dios, lo que le sigue de furioso, después de gritonearle a todo el mundo por su evidente negligencia y de amenazar a más de uno de mandarlos directamente con los caídos en ese mismo momento, interrogó de forma no muy fraternal a Eras y Eros, y tras entender cómo habían pasado las cosas, decidió que ya estaban listos para irse al carajo, todos. Y dicho y hecho, les dio una patada en el trasero y los mandó a la tierra. Y cuando digo todos, es todos, incluidos los conejos, y todas las otras creaciones que tenía en los jardines. De golpe se vació el paraíso y así empezó, de la noche a la mañana, la vida en la tierra con todas las creaturas de Dios.
      ¡Que buena la historia!
      Oye, pero pobres hombres, al fin y al cabo no tuvieron nada que ver con el asunto, al menos esa parte de la historia se ve que tiene algo de verdad, todo fue por culpa de la serpiente.
      Mira Lizz, como el mismo Dios lo dijo tiempo después, al fin de cuentas todos actuaron conforme a su naturaleza, tal como habían sido preconcebidos. Realmente no había delito que perseguir.
      Y no sólo eso mi reina, en el palacio, aunque nadie lo dice, la serpiente es como un héroe celestial, ¿o no Mike?, Santa Serpiente creo que le dicen.
No puede evitar reírme antes de responderle.
      Pues si tú hubieras pasado todo ese tiempo en el palacio rodeado de conejos, también tú la considerarías así mi querido Uriel.
Para cuando terminé mi relato ya estaba amaneciendo, y aunque ninguno de nosotros tiene necesidad real de dormir, o para el caso, comer o beber, ya que lo hacemos por puro mundano placer, nos empezamos a despedir y poco a poco los jardines y la terraza se vaciaron. Por azares del destino, de pronto me encontré sólo con Samza. Lizz se había ido muy abrazadita de Uriel. Como si fuera lo más natural del mundo, le tomé la mano y nos fuimos juntos a la mansión. ¡Me encantan estas fiestas!