sábado, 4 de febrero de 2023

"Happy new year" por Verónica García

Me enfermas. Es lo último que dije antes de verlo partir. Había procurado quererlo a pesar de sus rarezas, pero la nimiedad de su entrega acabó desgastando eso que llaman amor. Lo miro recargándome en la puerta mientras guarda sus cosas, con esa meticulosidad que igual me excita que enloquece.

        ¿Y ahora qué? Una vez más somos principio. Tú ahí, implacable, solo, perdido, con el orgullo sostenido en los minutos de un Rolex que te regalé en Navidad.

        Yo, moribunda, ingrávida, casi inexistente. Una sola disculpa hubiera detenido la guerra —ya es tarde— se me murieron las promesas de tanto usarlas sin motivo.

        Lo siento, se acabó, el inicio es también final. No te culpes Patricio, ojos más claros que los tuyos han violentado mi alma.

        Tomas tus cosas y pasas indiferente frente a mí, rozándome los labios, provocando la huida, el arrepentimiento. Bajo la cabeza para evitar el hechizo perverso de tu seducción y te veo alejarte por la calle arrastrando nuestra historia.

Un nuevo año comienza, fuegos artificiales alumbran el cielo y el aire huele a pólvora quemada con perdón. Acomodo tu recuerdo en el estante que dejaste libre y grito con fuerza happy new year mientras una sola frase viene a mi mente una y otra vez "Te amo", "Te amo", "Te amo."

 

 

 

 

 

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jueves, 2 de febrero de 2023

“Soy espejo, me reflejo, tengo cara de…” por Diego Benlliure

El metro es bastante conveniente e interesante, es un gusano con halitosis en el

que el tiempo parece detenerse.

Cada mañana lo abordo por la primera puerta del tercer vagón. Lo he hecho todos los días hábiles por diez años. A estas alturas, tal vez no necesite ver por la ventana para saber dónde estoy; de hecho, alguna vez hice el experimento de bajar sin mirar donde creía que era la estación correcta, lo consideraba parte de mi entrenamiento jedi.

He leído algunos libros, oído muchos discos y podcasts en esos trayectos, pero sobre todo he fantaseado sobre las vidas detrás de miles de caras, de posturas, proyectando mis deseos más oscuros o mis terrores más brillantes. Me he querellado imaginaria y físicamente con varios pasajeros por el espacio, por el aire, porque sí; porque somos ratas en un laberinto saturado e inmisericorde, y nuestra misión es comernos las unas a las otras. Como la rata que mataron el otro día en el estudio y vinieron a describirme cómo agonizaba por el veneno, respirando fatigosa, aterrada, quemándose por dentro. No la fui a ver, como los demás, no soy tan idiota. Soy consciente de las implicaciones de salubridad, pero me dan más asco las proclamas de supremacía homínida, y sobre todo no soporto ver sufrir a un bicho por repulsivo que sea. No tiene nada que ver con budismo ni compasión, tan solo con la sospecha de que mi mundo es mi reflejo, e inevitablemente me percibo en todo lo que me rodea; la realidad es una manifestación de mi interior. Toda ella.

Pero volviendo al metro, al tercer vagón. A la niña con las manos adolescentes, ya no infantiles, todavía no adultas; limpias, delgadas, las uñas impolutas, los dedos finos y suaves que sostenían, bajo una sudadera rosa impecable, la mona de activo. Debía tener unos doce o trece años esa primera mañana. Parecía que había huido de casa ese mismo día: recién bañada, el pelo lustroso y peinado, la ropa planchada. En su mirada ya no había nada. O no fui capaz de ver nada. Me fulminó a través de los prejuicios y culpas de mis privilegios de género y clase, precisamente porque se parecía a mí. Era el espejo en el que me asomaba al abismo de mi soledad adolescente, y ella era ese abismo mirándome a los ojos. Sin embargo, me faltaba el acervo simbólico, la biblioteca emocional para verla realmente, para configurar en mi interior algo parecido a lo que podría estar sintiendo ella. En medio de mi turbación, se me escurría y se me hacía invisible, porque lo único que yo era capaz de percibir era mi propio reflejo.

A menudo la encontraba con un grupo de "niños de la calle" —a falta de alguna manera menos idiota de llamarles, porque ni todos ellos son niños, ni son de la calle, de hecho, si son de algo, son posesión del activo, o de policías que los usan como soplones—. "Niños de la calle", pues, que amanecían en la boca del metro Barranca del Muerto, durmiendo o dormitando, masturbándose, oliendo a mierda, hasta que alguna institución de asistencia los bañaba, les daba un plato de sopa y los reubicaba en otra estación de metro.

La niña insalvable muriendo lentamente, a toda velocidad, transparente para todos los que pasábamos por ahí cada mañana. Irreparable desde el primer día. Siempre quería decirle algo, pero todo lo que se me ocurría eran auténticas estupideces para aplacar la inquietud nauseabunda en la boca del estómago, y como no quería hablarle solo con el fin egoísta de reparar mis entrañas, y tampoco podía decir algo que la rescatara de su tristeza infinita, pues nunca dije nada.

Hace un par de años de la última vez que la vi: aparentaba tres veces su edad y apenas la reconocí entre la mugre y los andrajos. Seguramente no había vuelto a casa. Sus razones tendría. Nos cruzamos fugazmente y nos dedicamos algún pensamiento, supongo que a estas alturas ella también me reconocería. Traté de que por mis ojos no se trasluciera una congoja condescendiente por su esqueleto cubierto de piel, como un sudario hecho de pellejos al que los solventes le habían volatilizado la carne.

A diferencia de mí, que por más que la veía era absolutamente incapaz de mirarla, ella me radiografiaba meridianamente: "Ahí está otra vez ese pendejo".