Con la vista nublada alcanzas a percibir un charco desenfocado, lleno de sangre, que al parecer es tuya. Un zumbido como de tetera a la distancia te cala los dos oídos y los pasos que se alejan son un eco reverberante. Sabes qué pasó pero no cómo ha sucedido. El vértigo te atrapó en la refriega donde escuchaste las ráfagas de plomo y te machacaron las patadas cuando tocaste el suelo húmedo de jitomates aplastados y caca de perro. Percibes que te estás muriendo, a pesar de la nubazón en tus ojos no sientes dolor, simplemente hay un vacío en tus entrañas donde tus vísceras encuentran cauce. Cauce de muerte. No quieres cerrar los ojos, quieres apercibirte consciente en lo que la parca viene por ti. Quieres mandar a la chingada la entrada del túnel que te llevará al más allá. Vas a pelear. No te quieres morir. Todavía no es el momento. No puedes dejar este mundo ahora, cuando parecía que tu suerte cambiaría después de la tarde del café. Intentas concentrarte en el zumbido de tus oídos pero no puedes, ahora el charco de tu sangre se ha puesto gelatinoso y lo que te queda de vista se vuelve poco a poco al blanco y negro. El zumbido persiste y la tonalidad es de un silbido, lo que te queda de vista es azul, y a veces roja, y luego azul y luego roja y el zumbido es, por momentos, una sirena. Tu vista se va. Lo último que escuchas es la sirena que se entromete en to consciencia. Vas a morir. Pero te despierta la voz del Zeus.
—¿Qué pedo pinche Dioni? No mames cabrón, no te vaigas a morir güey.
Tú no contestas nada. Estás en ese letargo de los moribundos. Te encuentras naufragando en un limbo azul, subterráneo. Hay algo en esa voz que te recuerda tu niñez, tu juventud llena de pendejadas lindas y perversas. Puto Zeus, piensas ¿y si le hago la malobra de morirme para que se pique la puta cola? Pero no te estás muriendo. A pesar de los fluidos que ya empaparon hasta el último cachito de tus ropas de barata de Suburbia, sientes un hálito que te insufla vida.
Pero qué necesidad, para qué tanto problema. Ah Ah, Ah Ah. Puto Zeus ¿qué haces aquí? Piensas. No te necesito cabrón. Hoy en la mañana entregué todo el whisky chimbo que me pidieron en la Zonaja. ¿es eso una ambulancia? Y un camillero te hace las preguntas con acento en protocolo. Respondes cómo te llamas, cuándo naciste y cuando te ponen una concha entre la boca y la nariz recuerdas que hoy es miércoles, tal vez ya sea jueves, que vendes licor adulterado y que te atacaron los malos. No sabes cómo pero sí por qué; tu carne en la acera sabor a jitomate y caca de perro lo constata. Y sabes que el puto Zeus está aquí, con su uniforme y todas sus estrellitas de plomo. Puto. Mierda. Culero. Ahora te ve con ojos de perro manso, cuando fue él quien te pateaba de niño. Bésame la cola, culero. La ambulancia huele a limpio, a más que Cloralex. En el estéreo suena Juan Gabriel que te canta a bocajarro: ¿Pero qué necesidad Ah Ah? ¿para qué tanto problema Ah Ah? ¿Dónde chingaos está el pinche túnel? piensas, mientras la conchita de plástico que tienes entre la boca y la nariz, te insufla algo más rico que el activo que te metías de niño.
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