martes, 26 de marzo de 2019

El Trofeo. v.2.3 260318 Héctor

El Trofeo. v.2.3 260318


El cazador preparó su ballesta. Años de observación, entrenamiento y planeación lo habían llevado hasta ese lugar, en ese preciso momento. El sol rozaba ya las copas de los árboles cuando por fin, en el horizonte, distinguió las enormes alas acercándose. Al verlo su razón se nubló, por un momento no supo si lo que sentía era su corazón o una locomotora que se acercaba a toda velocidad, ¿de dónde venía toda el agua que tenía en las manos?, ¿temblaba el mundo mundo entero o sólo él?. Una sola oportunidad, un solo disparo, una sola flecha, un blanco perfecto. Si cometía el más ligero error  la perdería para siempre. Con un esfuerzo inhumano, logró mantener firme el arma. Sabía lo que debía hacer. Miles de fotografías y cientos de horas de video a lo largo de los años le habían ayudado a calcular la altura, velocidad y trayectoria que seguiría su presa. Lo colocó en la mira telescópica, 150 yardas, 120 yardas, 90 yardas, 70 yardas, 50 yardas, jaló el gatillo. Con un sonoro TOC, seguido de un grito agudo que él mismo no sabría decir si salió de su garganta o de algún lugar en el cielo, la figura alada se desplomó. Cerró los ojos unos momentos y llenó a tope sus pulmones varias veces. Aún temblando, descendió con mucho cuidado de la plataforma. Conforme descendía los treinta metros de altura del árbol, fue tratando de recobrar el control de su respiración. Al poner los pies en tierra firme se sintió mucho mejor. La caminata, en busca del sitio donde su presa había caído, le ayudó a regresar a su centro. Aunque no disipó su nerviosismo. La había visto caer, estaba seguro, pero cómo la encontraría. Imaginaba mil escenarios por segundo, unos gloriosos y otros aterradores. Cuando llegó a donde yacía la criatura, se arrodilló a su lado. La flecha había perforado directamente el corazón. Dedicó varios minutos a admirarla. Después de lo que le parecía una vida entera dedicada a atraparla, verla ahí, derribada con un tiro perfecto, sabedor de que era un trofeo que ningún otro cazador en el mundo tenía. Y pensar que su meticuloso plan había sido ejecutado a la perfección…  era demasiado para su cordura. Sin poder dominarse empezó a reír y a llorar de manera alternada, gritó con toda la fuerza de sus pulmones, brincó, apretando los puños para luego extendiendo los brazos al cielo celebrar su hazaña. Cuando recobró la calma, exhausto y con movimientos rígidos, sacó de su bolsillo un diagrama que él mismo había diseñado para el delicado proceso de quitarle la piel. La acomodó boca abajo. Empezaría por la espalda y luego las extremidades. Sacó un pequeño cuchillo de cuatro pulgadas y con sumo cuidado inició el corte en línea recta, empezando del ano, siguiendo la columna vertebral hacia el cuello. La piel era gruesa y resistente, lo que hacía mucho más fácil la tarea. El afilado cuchillo cortó con precisión y, sin riesgo de rasgarla, el cazador fue separándola del cuerpo sin dificultad . Mientras cortaba y jalaba, le maravillaron los reflejos de oro, y el azul y verde metalizado, las extremidades superiores tenían destellos en blanco y  en las inferiores eran amarillos. Cuidando siempre la simetría, fue avanzando a los lados. Cuando llegó a las alas, regresó a su back pack  y sacó una sierra, con la que las cercenó rápidamente. Mientras trabajaba iba imaginando las instrucciones que le daría al taxidermista, lo colocaría en posición de iniciar el vuelo, con la mirada al cielo y las alas totalmente extendidas. De ser necesario demolería una de las paredes de la sala para acomodarlo. Y por supuesto limpiaría y puliría el cráneo para el salón de la chimenea. Por un momento la emoción lo embargó de nuevo y se le nublaron los ojos. Una lágrima calló en la empuñadura del cuchillo. Cuando terminó, utilizó el agua de una de sus cantimploras para enjuagarse la sangre de las manos. Limpió con calma sus herramientas,  empacó todo de forma impecable y se dispuso a marcharse. Volteó a ver por última vez el cadáver desollado del ángel, titubeó un momento, pensó en cubrirlo con ramas pero el sol ya empezaba a meterse. Se alejó con una gran sonrisa en el rostro.

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