domingo, 16 de junio de 2019

De tal padre, tal hija


Definitivamente a mí nunca me pasó por la mente que podría casarme con mi papá. A diferencia de muchas otras niñas, sin embargo, tengo recuerdos con él, muy vívidos de mi infancia temprana, los cuales lo convirtieron en mi primer amor.
Pasábamos la mañana del domingo, él y yo solos, desayunando en Woolworth, con el periódico y la quiniela de pronósticos deportivos que acabábamos de comprar. Yo tendría escasos 3 años y lógicamente no sabía nada de fútbol, pero mi papá siempre me consultaba antes de llenar el formulario, si no estaba de acuerdo, me explicaba por qué el creía que, la opción que yo había elegido no sería un probable resultado; y si aún con su experiencia, no tenía idea del marcador, hacía caso a mis sugerencias.
Como dije antes, yo no sabía de fútbol, pero me comportaba a la altura y me sentaba a su lado a ver los partidos; ponía mi tobillo derecho sobre la rodilla izquierda, mi pequeño índice entre las cejas y el resto de mis dedos cubriéndome la nariz, exactamente en la misma posición de mi aficionado favorito.
Mi papá marcó también mi vida académica: en uno de nuestros viajes, mientras resolvía un crucigrama, le pregunté qué significaban esas letras sin sentido y que no formaban ninguna palabra (X, C, V, …), él con toda paciencia me explicó, magistralmente, los números romanos, así que, cuando la profesora los explicó en clase, yo me sentía súper dotada, ya que los dominaba a la perfección.
También elegí mi carrera profesional gracias a sus consejos y no porque yo no supiera qué estudiar, sino porque mi papá fundamentó, una vez más, todas sus razones acertadamente para hacerme cambiar de opinión, de la misma manera que lo hacía cuando llenábamos la quiniela, así que acabé estudiando Contaduría, igual que él.
Esta historia, aunque pareciera un comercial, es 100% real, sin embargo, mi mamá “tenía otros datos”. Siempre se quejaba porque no nos acompañaba a las reuniones familiares y si éstas se llevaban a cabo en nuestra casa, siempre salía huyendo con cualquier pretexto. Nunca iba a las ceremonias de fin de curso de ninguno de sus hijos y mucho menos a las juntas de padres de familia, ni festivales. Tampoco nos regalaba nada en nuestros cumpleaños, él sólo le daba a mi mamá el dinero que ella le pedía para hacernos una fiesta. Tampoco estuvo presente en mi ceremonia de titulación y en otros eventos importantes.
Las ausencias de mi papá, en esos momentos claves de mi vida, me dolieron mucho, pero yo nunca le reclamé nada y estoy feliz de no haberlo hecho; a mí me gusta más la historia de la niña de papi que hasta ahora sigo siendo. Él aún es mi príncipe y el súper héroe que llega a salvarme cuando estoy en apuros.
Los hombres que se proyectan en las campañas del día del padre no son reales. Todos los papás que conozco son hombres a los que se les exige mucho y se les comprende poco, muchos de ellos se convierten en un departamento de quejas sin derecho de réplica y tienen que cargar además de sus propios problemas, con los de la familia entera, en silencio, porque a los hombres en México no se les permite llorar ni externar lo que sienten: eso es cosa de mujeres.
Conozco también a muchas personas que dicen, “yo nunca tuve un padre”, lo cual hasta ahora es genéticamente imposible, por supuesto que todos tenemos un padre a quien agradecer nuestra existencia, porque la vida no es un regalo menor, es algo maravilloso y digno de festejar.
Por todo lo que hacen y por todo lo que son ¡muchas gracias, papás!
           

jueves, 13 de junio de 2019

La verdad no peca, pero incomoda…


Recuerdo con nostalgia cuando mi mamá salía a pedirle cualquier cosa a alguna de sus vecinas y se tardaba hooooras en regresar. Se detenía un momento en la entrada de la casa, con cara de niña después de haber hecho una travesura, esperando a que le preguntáramos: “¿en dónde andabas?”, a lo que contestaba risueña: “estaba en el chisme”.
            En muchas de sus pláticas entre señoras, solían decir: “es que tú deberías decirle sus verdades”. “¿Sus verdades?”, “¿Por qué tendría que decirle muchas verdades y no sólo la verdad?”, me preguntaba. Con el tiempo entendí que, de lo que se trataba, era de juzgar a la persona en cuestión, por no cumplir con ciertos parámetros de conducta, que a criterio de las demás, eran correctos. Tenían que hacerle ver, que su comportamiento era “¡inapropiado!”, “¡inaceptable!” y otros calificativos del mismo tipo.
Para poder emprender la acción en contra de la vecina incómoda, se requería armarse de valentía; para lo cual, organizaban su junta de consejo y solicitaban con anticipación la validación del grupo. Así podían comprobar, que efectivamente, quien le diría “sus verdades”, tenía razón.
Mi mami era muy querida por los vecinos. Todos adoraban a “Doña Yola”, porque siempre se preocupaba por ellos, sentía empatía por sus problemas, les hacía favores, les llevaba algún platillo que preparaba, e incluso, a veces, les prestaba dinero. En cambio, a mí, no me bajaban de “mamistle” (término utilizado para dosificar una mala palabra, que se refiere a las personas que son poco toleradas), porque me sentía muy “fifí” dando consejos que nadie me pedía (mala costumbre que aún tengo).
Pero ya no les acabé de contar, regresando a lo del chisme. Resulta, que Doña Yola llegó contando que a la señora Maru, le dieron una “amolada” en la estética, porque la empleada que la atendió confundió el tono del tinte que debía aplicarle.
A mí me gustaba que me arreglara el cabello la señora Isabel, la dueña del salón, ya que por lo regular, siempre hacía un buen trabajo. ¡Uno se entera de cada cosa en esos lugares!, como, por ejemplo, que la señora Maru, estaba catalogada como una “cliente difícil”.
Todo esto viene al caso porque, con este antecedente, me atreví a interrumpir a mi mamá, muy sácale punta: “Oye ma’, ¿y tú cómo sabes que no fue la señora Maru la que se equivocó de color?” ¡Grave error!, ¡invoqué al chamuco! Mamá sólo respiró hondo, me lanzó una mirada fulminante y haciendo una mueca dijo: “¡Tu cállate, que ni sabes!”
Lo mismito le pasó hace unas semanas a Brozo. Todo México se le fue encima y le dijeron en las redes sociales, casi casi, “¡Tú cállate, que ni sabes!”, cuando se atrevió a hacer, lo que ha hecho toda la vida, criticar las malas acciones del gobierno en turno.
Pareciera que, por ser oposición, con el triunfo de “los buenos”, al fin se acabaron los malos, y por ese simple hecho, ya todo va a estar bien.
Y aunque a mí también se me venga encima el país entero (ya sé, exageré), estoy a favor de Don Víctor Trujillo, porque uno debe aprender a discernir. ¡Que no nos dé flojerita! Debemos informarnos de todo lo que acontece, por el medio que más nos guste. Hacer un juicio de todo lo que se dice. Evaluar el trabajo de nuestros mandatarios tal cual, como cuando le decimos a la señora que nos echa la mano en la casa, que no lavó bien los trastes, al jardinero, que no recogió la basura que dejó antes de irse o cuando nos quejamos en la tienda, porque nos quieren dar kilos de 900 gramos.
De ese mismo modo, tendríamos que decirle al presidente sus verdades, en su peculiar manera de hablar: “A ver Andrés, no me quieras chamaquear, no estás haciendo bien la chamba”.
Creo que ya es tiempo de acabar con este círculo vicioso. En cada sexenio se repite la misma historia: mientras estamos todos entretenidos, dándonos con la cubeta los unos a los otros; los gobernantes bajiiiiita la mano se llevan nuestra lana.
¡Abusados!