Recuerdo con
nostalgia cuando mi mamá salía a pedirle cualquier cosa a alguna de sus vecinas
y se tardaba hooooras en regresar. Se detenía un momento en la entrada de la
casa, con cara de niña después de haber hecho una travesura, esperando a que le
preguntáramos: “¿en dónde andabas?”, a lo que contestaba risueña: “estaba en el
chisme”.
En muchas de sus pláticas entre
señoras, solían decir: “es que tú deberías decirle sus verdades”. “¿Sus
verdades?”, “¿Por qué tendría que decirle muchas verdades y no sólo la verdad?”,
me preguntaba. Con el tiempo entendí que, de lo que se trataba, era de juzgar a
la persona en cuestión, por no cumplir con ciertos parámetros de conducta, que
a criterio de las demás, eran correctos. Tenían que hacerle ver, que su
comportamiento era “¡inapropiado!”, “¡inaceptable!” y otros calificativos del
mismo tipo.
Para
poder emprender la acción en contra de la vecina incómoda, se requería armarse
de valentía; para lo cual, organizaban su junta de consejo y solicitaban con
anticipación la validación del grupo. Así podían comprobar, que efectivamente,
quien le diría “sus verdades”, tenía razón.
Mi
mami era muy querida por los vecinos. Todos adoraban a “Doña Yola”, porque
siempre se preocupaba por ellos, sentía empatía por sus problemas, les hacía
favores, les llevaba algún platillo que preparaba, e incluso, a veces, les
prestaba dinero. En cambio, a mí, no me bajaban de “mamistle” (término
utilizado para dosificar una mala palabra, que se refiere a las personas que
son poco toleradas), porque me sentía muy “fifí” dando consejos que nadie me
pedía (mala costumbre que aún tengo).
Pero
ya no les acabé de contar, regresando a lo del chisme. Resulta, que Doña Yola
llegó contando que a la señora Maru, le dieron una “amolada” en la estética,
porque la empleada que la atendió confundió el tono del tinte que debía
aplicarle.
A
mí me gustaba que me arreglara el cabello la señora Isabel, la dueña del salón,
ya que por lo regular, siempre hacía un buen trabajo. ¡Uno se entera de cada
cosa en esos lugares!, como, por ejemplo, que la señora Maru, estaba catalogada
como una “cliente difícil”.
Todo
esto viene al caso porque, con este antecedente, me atreví a interrumpir a mi
mamá, muy sácale punta: “Oye ma’, ¿y tú cómo sabes que no fue la señora Maru la
que se equivocó de color?” ¡Grave error!, ¡invoqué al chamuco! Mamá sólo
respiró hondo, me lanzó una mirada fulminante y haciendo una mueca dijo: “¡Tu
cállate, que ni sabes!”
Lo
mismito le pasó hace unas semanas a Brozo. Todo México se le fue encima y le
dijeron en las redes sociales, casi casi, “¡Tú cállate, que ni sabes!”, cuando
se atrevió a hacer, lo que ha hecho toda la vida, criticar las malas acciones
del gobierno en turno.
Pareciera
que, por ser oposición, con el triunfo de “los buenos”, al fin se acabaron los
malos, y por ese simple hecho, ya todo va a estar bien.
Y
aunque a mí también se me venga encima el país entero (ya sé, exageré), estoy a
favor de Don Víctor Trujillo, porque uno debe aprender a discernir. ¡Que no nos
dé flojerita! Debemos informarnos de todo lo que acontece, por el medio que más
nos guste. Hacer un juicio de todo lo que se dice. Evaluar el trabajo de
nuestros mandatarios tal cual, como cuando le decimos a la señora que nos echa
la mano en la casa, que no lavó bien los trastes, al jardinero, que no recogió
la basura que dejó antes de irse o cuando nos quejamos en la tienda, porque nos
quieren dar kilos de 900 gramos.
De
ese mismo modo, tendríamos que decirle al presidente sus verdades, en su
peculiar manera de hablar: “A ver Andrés, no me quieras chamaquear, no estás
haciendo bien la chamba”.
Creo
que ya es tiempo de acabar con este círculo vicioso. En cada sexenio se repite
la misma historia: mientras estamos todos entretenidos, dándonos con la cubeta
los unos a los otros; los gobernantes bajiiiiita la mano se llevan nuestra
lana.
¡Abusados!
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