Definitivamente a mí
nunca me pasó por la mente que podría casarme con mi papá. A diferencia de
muchas otras niñas, sin embargo, tengo recuerdos con él, muy vívidos de mi
infancia temprana, los cuales lo convirtieron en mi primer amor.
Pasábamos
la mañana del domingo, él y yo solos, desayunando en Woolworth, con el
periódico y la quiniela de pronósticos deportivos que acabábamos de comprar. Yo
tendría escasos 3 años y lógicamente no sabía nada de fútbol, pero mi papá
siempre me consultaba antes de llenar el formulario, si no estaba de acuerdo,
me explicaba por qué el creía que, la opción que yo había elegido no sería un
probable resultado; y si aún con su experiencia, no tenía idea del marcador,
hacía caso a mis sugerencias.
Como
dije antes, yo no sabía de fútbol, pero me comportaba a la altura y me sentaba
a su lado a ver los partidos; ponía mi tobillo derecho sobre la rodilla
izquierda, mi pequeño índice entre las cejas y el resto de mis dedos
cubriéndome la nariz, exactamente en la misma posición de mi aficionado
favorito.
Mi
papá marcó también mi vida académica: en uno de nuestros viajes, mientras
resolvía un crucigrama, le pregunté qué significaban esas letras sin sentido y
que no formaban ninguna palabra (X, C, V, …), él con toda paciencia me explicó,
magistralmente, los números romanos, así que, cuando la profesora los explicó
en clase, yo me sentía súper dotada, ya que los dominaba a la perfección.
También
elegí mi carrera profesional gracias a sus consejos y no porque yo no supiera
qué estudiar, sino porque mi papá fundamentó, una vez más, todas sus razones
acertadamente para hacerme cambiar de opinión, de la misma manera que lo hacía
cuando llenábamos la quiniela, así que acabé estudiando Contaduría, igual que
él.
Esta
historia, aunque pareciera un comercial, es 100% real, sin embargo, mi mamá
“tenía otros datos”. Siempre se quejaba porque no nos acompañaba a las
reuniones familiares y si éstas se llevaban a cabo en nuestra casa, siempre
salía huyendo con cualquier pretexto. Nunca iba a las ceremonias de fin de
curso de ninguno de sus hijos y mucho menos a las juntas de padres de familia,
ni festivales. Tampoco nos regalaba nada en nuestros cumpleaños, él sólo le
daba a mi mamá el dinero que ella le pedía para hacernos una fiesta. Tampoco
estuvo presente en mi ceremonia de titulación y en otros eventos importantes.
Las
ausencias de mi papá, en esos momentos claves de mi vida, me dolieron mucho,
pero yo nunca le reclamé nada y estoy feliz de no haberlo hecho; a mí me gusta
más la historia de la niña de papi que hasta ahora sigo siendo. Él aún es mi
príncipe y el súper héroe que llega a salvarme cuando estoy en apuros.
Los
hombres que se proyectan en las campañas del día del padre no son reales. Todos
los papás que conozco son hombres a los que se les exige mucho y se les
comprende poco, muchos de ellos se convierten en un departamento de quejas sin
derecho de réplica y tienen que cargar además de sus propios problemas, con los
de la familia entera, en silencio, porque a los hombres en México no se les
permite llorar ni externar lo que sienten: eso es cosa de mujeres.
Conozco
también a muchas personas que dicen, “yo nunca tuve un padre”, lo cual hasta
ahora es genéticamente imposible, por supuesto que todos tenemos un padre a
quien agradecer nuestra existencia, porque la vida no es un regalo menor, es
algo maravilloso y digno de festejar.
Por
todo lo que hacen y por todo lo que son ¡muchas gracias, papás!
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