Ausencia
debVida
Todos los retrasos
injustificados, las escusas y engaños, diluían aquel vínculo sellado por el
pacto que, hipotéticamente, sólo la muerte podría disolver.
Suena la alarma, cada amanecer me
augura la repetida sensación de alcanzar una cumbre desde donde sólo puedo
apreciar el vacío. Y es que una familia,
un ingreso, un techo y las comodidades, son privilegios de los que pocos
gozamos, por ello va, la primera gratitud del día.
Beso a mis hijas, las alimento y las
encauso. Algunos cuyo tiempo para convertirse en padres se agota, anhelan
realizar alguna vez estas acciones. Segunda gratitud.
Ha llegado un punto en mi
realización en el que percibo la admiración de mis colegas, de mis amigos y
familiares por cumplir la meta impuesta en el consciente colectivo de nuestra
sociedad. Ahora tengo todo a lo que es debido aspirar. Tercera gratitud, una
más y otra. Si esto no es felicidad y gloria, tu apreciación de la realidad
pone en duda tu cordura.
“Yo no estoy loca”, le dije
totalmente iracunda, lo que afirmaba su veredicto. Mi desconsuelo no le causó
ningún impacto y solo dijo: “Necesitas ayuda”.
“¿Motivo
de consulta?”
“Necesito
ayuda”
Pre-ocuparme
me desgarraba las entrañas sin saberlo, era una condición cotidiana. Empecé a ocuparme
y un pequeño gozo iluminó levemente mi alma agonizante.
Mi terapeuta cuestionaba mis actos con una
simpleza magistral, evocando un razonamiento que enfrentaba a esa princesa mal
nacida en mi intelecto. De pronto lanzó de golpe la herida mortal: “Tú no
tienes una vida”.
“Tú no tienes una vida”. “Tú no tienes una
vida”. “Tú no tienes una vida”. El parteaguas entre un rumbo nuevo y mis sueños
impuestos.
Madre de…, esposa de…, hija de…, amiga de…
Creí que, buscando un poco, algo podría converger, pero jamás se dejó ver lo
que yo pretendía, o mejor dicho lo que yo necesitaba.
Con una firme avidez de evidenciar en el
diván, que mi existencia tenía como líder a mi propio ser y no a mi prójimo,
puse en marcha una cacería de emociones. En el reflejo de un instante percibí
mi cuerpo flácido, mi cabellera desaliñada y mi rostro descolorido y
traslúcido. La derrota era inminente.
La conciencia de haberlo perdido todo, me
obligaba a buscar una muerte digna, al menos presentable. Quizá no sería una
mala idea salir de compras, cambiar mi imagen y brindar por mi desgracia con
mis aliadas y consejeras. La embriaguez avivaba el deseo de elevar mis
pulsaciones y mis más acertados pensamientos.
Poco a poco el amor trascendía de la
dualidad y la incondicionalidad al crecimiento individual. Esa que era la causa
y la razón de ser del todo, que a cada minuto perdía su falso valor.
Los diálogos que entablaba con mi guía se
transformaban en monólogos, ella solo percibía cómo su sentencia se convertía
en un exhorto, hasta el punto de considerar que había llegado el momento de su
retirada.
El lazo se rompió, en definitiva, varios
meses después y con su ausencia absoluta, dejé de estar sola.
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