jueves, 19 de enero de 2023

"El" por Mariel Turrent


 

Su madre y yo teníamos altitud y latitud opuestas, manejábamos diferentes temperaturas; ella era precipitación y yo viento. Sin embargo, o tal vez por eso, existía una atracción irresponsable entre nosotros. No solo cuando nos casamos, sino desde el momento en el que nos conocimos, supimos que estar juntos sería una tormenta sin tregua. Cuando nació El, empezamos a darnos cuenta de que sus berrinches correspondían al grado de presión que se sentía en la casa y eso hacía más evidente nuestro descontento. Así lo empezamos a llamar El Barómetro; apodo que, a través de los años, fue mutando: Elbarometrito, Elbaro, Elba hasta llegar a El.

          El había nacido para recordarnos, que su infelicidad correspondía a nuestros continuos desacuerdos, a nuestros ridículos reproches, a nuestros insultos desproporcionados, pero, sobre todo, a la prevista muerte de nosotros como pareja.  

          El día que Hermelinda (aunque ella se hacía llamar Linda, yo siempre la llamé por su nombre) se fue, El venía llegando de la escuela. Al ver la escena me aventó su cantimplora a la cara, perdí la consciencia y desperté hospitalizado con la nariz rota. Después, El entró en un modo silencioso como indicador del vacío que Hermelinda había dejado en nuestro hogar.

          La llegada de su adolescencia coincidió con la pandemia y nuestro confinamiento, por lo que, desde entonces y hasta su desaparición, vivió encerrado en su cuarto. Yo, que desde que conocí a Hermelinda tomaba pastillas para poder dormir, sospechaba que cuando entraba en un sueño profundo, El aprovechaba para salir de casa.

          Estaba harto de su encierro y de su silencio. Tal vez porque reflejaba el poco valor que tenía mi vida, o porque medía el profundo vacío de ese estado de ánimo que me aquejaba. Sabía que me culpaba de todo, desde la partida de Hermelinda, hasta de llevar un año postrado en una silla de ruedas como consecuencia del accidente que tuvo un día que lo obligue a salir. Yo estaba seguro de que El podía caminar y de que salía sin que me diera cuenta. Por eso, una noche antes de su escape, se me ocurrió decirle que si quería quedarse encerrado lo iba a encerrar de verdad. Compré cemento, unos tabiques y varias tablas gruesas de madera, mismas que clavé a su puerta mientras le gritaba a todo pulmón que no le abriría jamás, aunque estuviera famélico y me lo suplicara.

          El no dijo nada.

          Esa noche no me tomé la pastilla. Me quedé en vela esperando algo. Fue entonces, cuando escuché los ruidos y supe que se había salido por la ventana. Esperé un rato y luego fui al patio, saqué mi escalera y trepé para asomarme por su ventana. Como lo imaginaba, ahí estaba la silla de ruedas.

          Preparé la mezcla y uno a uno fui poniendo los tabiques para tapiar la ventana.

           

 

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