jueves, 19 de enero de 2023

"Una ofrenda sin flores" por Diego Benlliure

Ese viernes, a las seis de la tarde, la voz del ciego se podía oír a varios metros de distancia; por encima del tráfico de la calle de Horacio y el repiqueteo del chubasco que empezaba a caer: "¿Dónde estás, Dios? ¡La noche oscura llegó! ¿Dónde estás? ¡Oye, Dios! ¡La noche oscura llegó!", a todo pulmón una y otra vez, con los brazos en cruz, desconsolado, el rostro vuelto al cielo con aquellos ojos en blanco, las gotas de lluvia sucia rodándole por la cara, conjurando un silencio instantáneo entre la marabunta que descendía las escaleras del metro Polanco. Después de años de frágil calma, en ese momento sentí el barómetro desplomarse, pero preferí mirar hacia otro lado. 

Esa noche soñé que yo era un perro aterrorizado y furioso que gruñía y ladraba en la oscuridad hasta desgañitarse. 

El sábado, leyendo mientras desayunaba por última vez en mi adorada terraza, un par de haikús me hicieron estremecer. Al principio no supe bien por qué, pero la punta de un alfiler me atravesó el esternón.


Endrino

Que me sorprendes

En el recodo del acantilado.


De dos en dos revolotean

y, al momento solas:

Las mariposas.

 

Cuando entendí se me revolvió el estómago. Nunca he creído que el universo envíe mensajes, y mucho menos que conspire; creo que tiene cosas más importantes que hacer. Pero era evidente que estaba recibiendo señales, y lo aterrador es que sabía perfectamente de dónde venían y a dónde iban. Llevaba más horas de las que me atrevo a confesar en el diván de Simone huyendo de lo inevitable.

El domingo por la mañana la inquietud se había convertido en una ansiedad persistente, fría y eléctrica. Recordé que había juego en el Olímpico Universitario, agarré mi sombrero de paja y caminé a aquel santuario al que me habían llevado por primera vez a los cinco años. A algunos niños los llevan el domingo a la iglesia, a mí me llevaron a ver a Cabinho. Siempre voy solo al fútbol. No me gusta verlo acompañado, no lo disfruto, y si lo veo en la tele lo veo sin sonido.  Ir al estadio es la experiencia íntima del vínculo con mi infancia, con los pocos recuerdos saludables que tengo de mi padre, con la hermosísima arquitectura; es la posibilidad de la catarsis anónima. Quizá eso fuera lo que necesitaba mi espíritu para disolver lo que se me fermentaba en las entrañas, un remanso en el oleaje que empezaba a agitar el casco, en el viento que ya flameaba las velas. 

Perdieron los pumas. Volví a casa insolado, abatido y con un dolor de cabeza producto de tres litros de cerveza.

Para el lunes, la angustia ya era palpable: un sabor como a aire podrido de cantimplora vacía se me había instalado en la garganta. Al medio día tuve el primer ataque de pánico. El martes tuve dos más, y el miércoles tres. Episodios que trataba de contrarrestar hecho un ovillo en el baño del estudio repitiéndome "No diálogos, no fantasías, no diálogos, no fantasías" como un mantra, hasta que podía volver a respirar y la propafenona me controlaba las extrasístoles.

El jueves por la tarde fue el primer asesinato. Me llevó dos horas sentado bajo la lluvia frente a la casa de mi abuela, en el empedrado de la calle de Galeana, estrangular, entre sollozos cetáceos, a aquel que creía que era yo; a ese personaje sostenido apenas con alambritos, que siempre se vestía de negro y todos los días se subía al primer asiento del segundo vagón de metro; que era tan bueno, pero al que ya todo le daba igual. Destriparlo con las manos de esta versión de mí que había permanecido oculta, terrena, imperfecta y sucia, pero que al menos quería seguir viviendo, fue un golpe de estado en toda regla. 

Me costó mucho matarlo, no se quería ir; como cuando "dormimos" a Lilú y el veterinario me pidió que me alejara porque no la dejaba partir. Fueron dos horas tratando de desprender las narrativas adheridas a la memoria, y fue como arrancarse las venas con los dientes: ¿qué hacer con esas tardes en tu casa de Coyoacán a los catorce años?, ¿qué hacer con la música, el cine, los libros, los viajes?, ¿qué hacer con todo eso de mí que eres tú? Dos horas para despedirme de treinta años cuando se suponía que era para siempre, tenía que ser para siempre. No sabía quién era sin ti, y ese era el problema. 

Por la noche te maté. Ni siquiera lloraste porque pasó lo impensable: bastó media hora para acabar con la vida como la conocíamos, para convertir un hogar laboriosamente construido en un absurdo monumental. No hay elegancia ni belleza escondida en la tragedia, solo un desgarro oscuro y sórdido. No hay nada estético en una amputación, solo crudeza, vergüenza. Bajo la coraza de acero quirúrgico, mi corazón era un hormiguero abandonado desmoronándose, pero las heridas tenían que ser profundas para que no hubiera vuelta atrás. Por una vez la voz más fría era la que salía de mi garganta. Implacable, intransigente, serena, asesina.

Te dejé ahí tirada, sangrando. Me fui para siempre. Después, tuviste que matarme, tú a mí, para poder seguir adelante, para darle sentido. Me convertiste en "el individuo", porque tu Diego estaba muerto, y se parecía mucho —o quizá fuera el mismo— al que dejé descoyuntado en el umbral de la casa de mi abuela, como una ofrenda sin flores.



Amanecía, viernes otra vez, cuando el ojo del tifón pasó sobre mi cabeza trayendo el asombro de haber sobrevivido el salto al precipicio, la suave euforia de estar del otro lado del evento. Aunque sabía que todavía faltaba la cola de la tormenta que, dicen los que saben, a menudo es la más peligrosa. Conozco tu rabia ciega, tu odio implacable. Sabía que en el futuro nos esperaban abogados, jueces, juzgados; la banalización del dolor. Pero las verdaderas hienas famélicas son las que acechan mis sueños, esperando que baje la guardia para traerte de vuelta y masticar mi culpa, mis remordimientos, mi añoranza.

Al ciego no lo volvía a ver y, por si las moscas, me fui a vivir a Cancún, donde no hay metro y ya tienen callo con los huracanes.


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