jueves, 1 de febrero de 2024

"Fracaso" por Mariel Turrent

 

Llevaba días pensando en él. En su pasado y en las motivaciones que tenía para huir.

Su vida era un paisaje de dunas y tormentas de arena intermitentes que enterraban sus filosóficos propósitos, su manía de rumiar ideas brujas y el anhelo de encontrar un oasis silencioso.

Se sentía un camello a merced del apestoso árabe que llevaba en el dorso dando órdenes insensatas. Tenía cincuenta años y ya se sentía consumido por la locura de su hermano. Internarlo en aquella institución, además, lo había dejado arruinado. No tenía más familia ni medios para continuar sosteniendo ese presente. Sin embargo, confiaba en que el nuevo año, diera un vuelco favorable.

Enero lo hizo esperar en una especie de limbo desértico, pero febrero se presentó como el inmortal Pegaso que descendía del cielo con la llave del tesoro.

La propuesta de aquel desconocido, aunque descabellada, le atrajo. Le aseguró que su organización había construido una cámara en el interior de la pirámide a través de la cual se podía escapar del espacio-tiempo. Un brujo artesano se había encargado de proveer el sarcófago, que sería colocado dentro y sellaría el portal. Si él aceptaba la propuesta, pasaría a un plano desconocido. No podían asegurarle lo que sucedería después, ni si habría un regreso. A cambio, la organización se encargaría de la manutención del hermano enfermo. Él firmó los papeles que le indicaron sin chistar.

Le anticiparon que el viaje sería como un destello de luz en la densa oscuridad. Partículas viajando a setenta kilómetros por segundo.

No escuchó, lo único que quería era desaparecer del mapa.

Siguió al pie de la letra las instrucciones. Entró en la cámara y tras un sueño inducido despertó solo y supo que era el momento. Empujó la tapa posterior y una luz intensa lo cegó. Un vacío lo absorbió aun a dimensión en la que perdió la noción del tiempo y la distancia. Solamente lo acompañaba su voluntad de seguir. De pronto empezó a flotar sin cansancio, en un silencio profundo hasta que algo nuevamente lo succionó y cayó en interior de otra bóveda. Ahí, la incandescencia de una osamenta que portaba fragmentos de jade a modo de mascara y los destellos de sus joyas le permitieron ubicarse. Traspasó una gran lápida esculpida con lo que supuso era un retrato de a aquel ser. Sintió el ambiente húmedo y tanteando las paredes sudorosas halló el camino hacia afuera. Desde el exterior pudo ver la otra pirámide. A pesar de ser muy diferente a aquella en la que había ingresado, igualmente le pareció portentosa. No sabía qué hacer ni a dónde había llegado.

Yo también estaba perdida. La idea me había nacido a principios de año cuando tenía que escribir un texto sobre un propósito. Llevaba varios días cuidando a mi madre en el hospital; ella, presa del delirio, me acusaba de tenerla cautiva e intentaba escapar. Mi imaginación era ese desierto con el que había iniciado mi relato.

Mi madre se repuso un par de semanas después pero, aun así, yo seguía pensando en mi personaje sin saber a dónde dirigirlo. Luis me vio pensativa y me preguntó si me preocupaba algo.

—No sé a dónde voy con mi cuento —le dije consternada.

—¿No puedes deshacerte de él? —me preguntó.

—No, normalmente trato de llevarlos a buen término. Pero a este por más que lo pienso, no le veo futuro después de que mi personaje llega a Palenque.

—¿Palenque? Ahí cerquita está La Chingada. Sí sabes qué es ¿verdad?

—No, pero ¡qué buena idea me acabas de dar!

—El rancho de … —Ya no esperé a que él terminara. Porque había leído que la menor distracción puede aniquilar la mejor imagen y, consiguientemente, su enunciación precisa. Corrí a la computadora mientras él agregaba—: ¿Ves por qué es bueno escuchar las noticias?

—¡No! —aclaré—, lo que es bueno es hablar contigo.

Abrí mi archivo y por alguna razón brincó una ventana en la que aparecía una grabadora Sony reproduciendo en un bucle Let it be. No la cerré porque me vino a la mente el nombre adecuado para mi personaje y busqué la traducción al árabe: أندراوس . Inmediatamente después, al ritmo de la tonada di alcance a mi personaje. Me estaba esperando justo en el lugar en el que lo había dejado. Noté cierto brillo en sus ojos cuando me vio. Y juntos nos dirigimos por un sendero, entre la selva hasta las enormes cascadas de Agua Azul, donde lo bauticé Andraous, tal como lo había pensado. Al término de la solemne ceremonia le hablé con sinceridad. Le expliqué lo que estaba pasando. Me disculpé. Él se alzó de hombros, me dijo que le gustaba el clima, la vegetación y esa música que no dejaba de sonar. Me dio una palmada en el hombro a manera de agradecimiento y para animarme me recordó que su principal deseo era desaparecer del mapa.

Aliviada, sonreí, le indiqué el camino hacia el rancho y me despedí de él.

 

 

 

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