Llevaba
días pensando en él. En su pasado y en las motivaciones que tenía para huir.
Su
vida era un paisaje de dunas y tormentas de arena intermitentes que enterraban sus
filosóficos propósitos, su manía de rumiar ideas brujas y el anhelo de encontrar
un oasis silencioso.
Se
sentía un camello a merced del apestoso árabe que llevaba en el dorso dando
órdenes insensatas. Tenía cincuenta años y ya se sentía consumido por la locura
de su hermano. Internarlo en aquella institución, además, lo había dejado
arruinado. No tenía más familia ni medios para continuar sosteniendo ese
presente. Sin embargo, confiaba en que el nuevo año, diera un vuelco favorable.
Enero
lo hizo esperar en una especie de limbo desértico, pero febrero se presentó como
el inmortal Pegaso que descendía del cielo con la llave del tesoro.
La
propuesta de aquel desconocido, aunque descabellada, le atrajo. Le aseguró que su
organización había construido una cámara en el interior de la pirámide a través
de la cual se podía escapar del espacio-tiempo. Un brujo artesano se había
encargado de proveer el sarcófago, que sería colocado dentro y sellaría el
portal. Si él aceptaba la propuesta, pasaría a un plano desconocido. No podían
asegurarle lo que sucedería después, ni si habría un regreso. A cambio, la
organización se encargaría de la manutención del hermano enfermo. Él firmó los
papeles que le indicaron sin chistar.
Le
anticiparon que el viaje sería como un destello de luz en la densa oscuridad. Partículas
viajando a setenta kilómetros por segundo.
No
escuchó, lo único que quería era desaparecer del mapa.
Siguió
al pie de la letra las instrucciones. Entró en la cámara y tras un sueño
inducido despertó solo y supo que era el momento. Empujó la tapa posterior y
una luz intensa lo cegó. Un vacío lo absorbió aun a dimensión en la que perdió
la noción del tiempo y la distancia. Solamente lo acompañaba su voluntad de
seguir. De pronto empezó a flotar sin cansancio, en un silencio profundo hasta
que algo nuevamente lo succionó y cayó en interior de otra bóveda. Ahí, la
incandescencia de una osamenta que portaba fragmentos de jade a modo de mascara
y los destellos de sus joyas le permitieron ubicarse. Traspasó una gran lápida
esculpida con lo que supuso era un retrato de a aquel ser. Sintió el ambiente
húmedo y tanteando las paredes sudorosas halló el camino hacia afuera. Desde el
exterior pudo ver la otra pirámide. A pesar de ser muy diferente a aquella
en la que había ingresado, igualmente le pareció portentosa. No sabía qué hacer
ni a dónde había llegado.
Yo
también estaba perdida. La idea me había nacido a principios de año cuando tenía
que escribir un texto sobre un propósito. Llevaba varios días cuidando a mi
madre en el hospital; ella, presa del delirio, me acusaba de tenerla cautiva e
intentaba escapar. Mi imaginación era ese desierto con el que había iniciado mi
relato.
Mi
madre se repuso un par de semanas después pero, aun así, yo seguía pensando en mi
personaje sin saber a dónde dirigirlo. Luis me vio pensativa y me preguntó si
me preocupaba algo.
—No
sé a dónde voy con mi cuento —le dije consternada.
—¿No
puedes deshacerte de él? —me preguntó.
—No,
normalmente trato de llevarlos a buen término. Pero a este por más que lo
pienso, no le veo futuro después de que mi personaje llega a Palenque.
—¿Palenque?
Ahí cerquita está La Chingada. Sí sabes qué es ¿verdad?
—No,
pero ¡qué buena idea me acabas de dar!
—El
rancho de … —Ya no esperé a que él terminara. Porque había leído que la menor
distracción puede aniquilar la mejor imagen y, consiguientemente, su
enunciación precisa. Corrí a la computadora mientras él agregaba—: ¿Ves por qué
es bueno escuchar las noticias?
—¡No!
—aclaré—, lo que es bueno es hablar contigo.
Abrí
mi archivo y por alguna razón brincó una ventana en la que aparecía una
grabadora Sony reproduciendo en un bucle Let it be. No la cerré porque me
vino a la mente el nombre adecuado para mi personaje y busqué la traducción al
árabe: أندراوس . Inmediatamente
después, al ritmo de la tonada di alcance a mi personaje. Me estaba esperando
justo en el lugar en el que lo había dejado. Noté cierto brillo en sus ojos
cuando me vio. Y juntos nos dirigimos por un sendero, entre la selva hasta las
enormes cascadas de Agua Azul, donde lo bauticé Andraous, tal como lo había pensado.
Al término de la solemne ceremonia le hablé con sinceridad. Le expliqué lo que
estaba pasando. Me disculpé. Él se alzó de hombros, me dijo que le gustaba el
clima, la vegetación y esa música que no dejaba de sonar. Me dio una palmada en
el hombro a manera de agradecimiento y para animarme me recordó que su
principal deseo era desaparecer del mapa.
Aliviada,
sonreí, le indiqué el camino hacia el rancho y me despedí de él.
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