Debo confesar que cuando leí los dos poemas sobre el ajedrez que escribió Jorge Luis Borges, dejé para siempre de intentar escribir nada sobre el ajedrez. En dos poemas cifra todas las metáforas entre la vida y el tablero, la noche y el día, el bien y el mal, lo divino y lo terrenal y etcétera. Y son dos sonetos monumentales. Obras de arte esculpidas en un par de páginas de catorce versos, en las que consigue agotar toda la poética posible sobre el ajedrez.
Algo parecido hizo el director sueco Ingmar Bergman al colocar tras un tablero a la muerte y a la vida disputando una partida. ¿Se puede filmar algo tan interesante como eso?
No digo que no, es un juego o un deporte interesante. Yo tuve una pequeña obsesión con el ajedrez cuando estudiaba en la Escuela Secundaria Técnica Número 23, Mariano Vázquez Rodríguez. No era mal jugador. Gané algunos torneos y llegué a competir en el torneo distrital de Escuelas Secundarias Técnicas.
Para mí lo mejor era que nos sacaban de las tediosas clases y viajábamos por la ciudad, de escuela en escuela para jugar partidas con otros niños desconocidos.
En este último torneo quedé en tercer lugar, pero ahí conocí mis límites como jugador, pues la distancia entre el primer y segundo lugar y yo era abismal. Era como poner a un fórmula 1 con un carrito de Go Kart. Yo era un jugador aceptable pero no realmente bueno, nunca iba a llegar más lejos de donde llegué. El niño que ganó el torneo era avasallador, un verdadero genio de esos que se ven solo en las películas. Jugaba rápido, decidido y no cometía errores. Yo era lento, indeciso y requería mucha concentración. Y claro que cometía errores y perdía juegos.
Por aquella época llegué a jugar tres o cuatro partidas diarias durante un par de años, pero me provocaba enormes jaquecas, y muchísimo cansancio. Un buen día ya no tuve interés en jugar, ya no quería concentrarme y no me importaba perder o ganar. El ajedrez se extinguió en mí para siempre. Y aún hoy, prefiero no jugar. No sé explicar realmente que pasó. Quizá fue un burnout fatal y definitivo.
También tuve alguna vez interés literario en el ajedrez, pero Jorge Luis Borges lo extinguió definitivamente.
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