Fragmentos del capítulo 1
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Viernes. 6:00 p.m. En la cola
Cuando Viola bajó del taxi, sus temores se confirmaron. Detestando cada segundo anticipatorio de una experiencia que jamás había tenido, miró una vez más los pases y luego el mundo de gente, un imaginario dantesco que la abrumaba y estaba por atravesar: cuerpos pegajosos, espacios vitales borrados, gotas de sudor, gritos cacofónicos y de seguro el olor a chamusquina de la marihuana o algo peor.
Algunas de las colas para entrar al Estadio Diamante llegaban hasta el estacionamiento. Le tomó un rato encontrar la fila que parecía corresponderle: nivel C, zona anaranjada, un poco más corta pero igualmente eterna. El jefe de redacción le había dado los pases explicándole que desde allí dominaría el área más cercana al escenario, donde los espectadores de pie, fans incondicionales, se arrempujarían durante todo el concierto. “A los músicos los tendrás casi enfrente, a tu mismo nivel pero a prudente distancia”, añadió con una sonrisa burlona.
El ábrete sésamo del internet la había puesto en contacto, por primera vez en su vida, con el heavy metal, y la conferencia de prensa de la tarde anterior anunciaba la clase de locura que podía esperar. Pero estaba decidida a escribir una excelente nota, algo más que una crónica detallada del concierto, en buena parte porque le serviría para conocer el mundo del rock, con el que seguramente tendría que vérselas de ahora en adelante. A menos, claro, que ocurriera un milagro; —“Y estoy dispuesta a creer en ellos”, se dijo.
De escribir una columna sobre economía y finanzas, su especialidad durante casi cinco años en El Mundo, había sido degradada —“Porque todos debemos hacer este sacrificio, querida, en bien del periódico... y si es que quieres seguir trabajando y cobrando un sueldo”— a la revista de cultura y entretenimiento que publicaba el periódico todos los sábados. “¿Será posible caer más bajo?”, pensó. Esta, su primera asignación, pondría a prueba no solo sus talentos periodísticos, de los cuales no dudaba ni un segundo, sino especialmente su aguante y escasa, lo reconocía, capacidad de adaptación. Todo un reto, porque Viola no era ningún camaleón. Si a alguien le costaba pasar desapercibida era a ella.
Suspiró resignada y se puso en la cola, justo atrás, de lo que, a primera vista, le pareció un demente de grandes proporciones; no solo porque era un tipo alto y fornido —por no decir gordo, “Al menos unos cien kilos”, se dijo Viola, haciendo cálculos— sino por su facha. No podía verle la cara, pero lo que tenía enfrente era una mata de pelo negra, lacia y grasosa, y toda una sinfonía en rojo carmesí: chaleco de cuero con profusión de adornos metálicos, pantalones también de cuero apretados y zapatos de gran tacón. El chaleco tenía en la espalda una exótica amazona que, cabellos al aire, botas al muslo y frondosos pechos, cabalgaba sobre una especie de águila con las alas abiertas y el pico de un tamaño descomunal.
La mirada de Viola logró arrancarse de semejante visión y bajar por los vericuetos de un complicado tatuaje que cubría de arriba abajo el rollizo brazo. Un exceso de anillos y brazaletes agregaban el toque final. Sintiéndose observado, el metalero se dio la vuelta y le sonrió. Viola, sin darse por aludida, miró su reloj y haciendo acopio de paciencia se colocó los audífonos del iPod, ajustó el volumen y observó a su alrededor con ojo cínico.
La gente se abría paso a codazos y empujones entre exhibidores de CDs, DVDs, carteles y puestos de chamarras de cuero, chaquetas estilo militar y camisetas, en su mayoría negras, decoradas con los nombres, logotipos, eslóganes, portadas de discos y hasta letras de canciones de las diversas bandas metal de todas las épocas. Hombres y mujeres estrafalariamente vestidos, en opinión de Viola, deambulaban entre un despliegue de pines y broches con forma de ankhs, svásticas, cruces gamadas, martillos de Thor y cruces invertidas, anillos y pulseras con calaveras y pentagramas, collares con picos y cadenas de plata con crucifijos. “La parafernalia del culto”, pensó. Sacó su celular y tomó algunas fotos.
De pronto, sintió que le desprendían uno de los audífonos y dándose vuelta se topó con los ojos más impactantemente grises que había visto en su vida:
—¿Qué dices?
—Que avances si no quieres que se te echen encima.
Viola recuperó el audífono y se lo volvió a colocar en la oreja. Su única concesión ante aquel hombre que había aparecido de pronto fue bajar el volumen del iPod. Luego, sin prisas, dio unos cuantos pasos, sacó de su bolso un espejito y se retocó el peinado. El tipo caminó tras ella observándola detenidamente.
—¿Te interesa el heavy metal? —preguntó con cierta incredulidad.
—No precisamente —contestó Viola, mirándolo de arriba abajo con el ceño fruncido— pero veo que a ti sí.
—¿Por qué lo dices?
Por toda respuesta, Viola dirigió el espejito hacia él.
El reflejo mostró un arete en la oreja izquierda, una gargantilla de cuero con rombos plateados y una cabellera abundante, desaliñada y cuyos rizos claros llegaban hasta media espalda.
—Las botas, los jeans deslavados y la chamarra de cuero negro son de cajón —continuó ella apuntándole con el índice —pero me gustaría saber qué significa el pin que traes en la solapa y también esas palabras.
El pin era un círculo plateado con una pluma en el centro y en la negra camiseta destacaba la frase “Sabbath Bloody Sabbath” en gótico anaranjado y carmesí.
—Me llamo Iker —dijo él ignorando la pregunta. No le había quitado los ojos de encima— ¿y tú?
Viola lanzó un suspiro impaciente.
—¿Por qué me ves así? —le espetó.
—Bueno, me cuesta trabajo imaginar qué es lo que te trae a un concierto de heavy metal.
—Soy periodista y... ¿Se puede saber de qué te ríes?
—Bonito disfraz —dijo Iker abarcándola con un movimiento de las manos.
No había perdido detalle de aquella mujer de melena rubia que olía a perfume caro. De un vistazo la clasificó como “extraña” al ambiente. Nada tenían que hacer en aquel concierto el fino saco de gamuza beige, la blusa de seda con botones de madreperla, ¡el colmo!, y los jeans de marca, las iniciales CK destacando en la torneada nalga derecha. El detalle final que la delataba eran unos zapatos de tacón de aguja que, calculó Iker, medían unos doce centímetros.
Iker rio de buena gana ante su gesto de enojo. Viola no estaba por confesar, ni siquiera ante aquel perfecto extraño, que había pasado casi una hora tratando de decidir qué ponerse a fin de no desentonar. O no tanto. Pero por lo visto se había equivocado. Lo más probable es que no existiera una sola prenda en su vestidor que resultara adecuada para este concierto.
—Decías que vienes a...
—A cubrir el evento. Tengo que escribir una nota.
—Perdón que te pregunte, pero ¿sabes algo del heavy metal o de las bandas que tocarán esta noche? Porque me da la impresión...
—¿Siempre te guías por las apariencias? —cortó Viola empezando a molestarse, aunque bien sabía que lo ignoraba todo sobre ese tema. —Puede que no sea una experta, pero soy muy buena investigando.
—¿Ah, sí? Entonces supongo que estás al tanto de que el concierto de esta noche será único en los anales del rock.
—Sé que se reúnen Black Sabbath, Judas Priest y Iron Maiden, tres megabandas legendarias a beneficio de la lucha contra la violencia y el abuso infantil —corroboró Viola con un dejo de sarcasmo y retándolo con la mirada. —Eso en sí ya es extraordinario. Digo, tomando en cuenta sus tendencias.
—¿Tendencias?
—La violencia.
—Mmm, eres de las que piensan que el heavy metal es violento.
—¿Y no es así? Rompen guitarras o les prenden fuego, corren en motocicleta por los pasillos de los hoteles, arrojan televisores por el balcón, se lanzan volando sobre los fans. Todos ustedes parecen extras de una película de terror. Nada más pensar en el tipo ese de la lengua repulsiva de no sé qué banda, Kiss o algo así, ¡me muero del asco!
Sonriendo, Iker negó con la cabeza, como dando por perdida cualquier esperanza.
—¡Al menos conoces a algunos músicos! Pero ahí tienes. Juzgas al metal por su exterior, por su imagen y por excesos que, por serlo, son los que han impactado a la gente. Pero ¿conoces o comprendes su razón de ser? No. Te vas al estereotipo y no se te ocurre mirar más allá.
—Porque nunca he tenido que hacerlo, ni me ha dado la gana —Se defendió Viola.
—Pero por eso estás aquí, ¿no? Para escribir algo coherente sobre esta música.
Viola dejó pasar el comentario. Sus dientes apretados marcaban un pulso en la mandíbula. De mala gana, sacó de su bolsa una libreta y un bolígrafo. Intuía que esa costumbre nunca se le quitaría; el celular y los gadgets estaban bien para algunas cosas, pero no para plasmar ideas importantes. Sencillamente, había ciertas tradiciones insustituibles. Le gustaban la textura del papel y el olor de la tinta. Se sentía a gusto escribiendo y tomando notas.
Mientras abría el cuaderno, una imagen empezó a cuajar en su mente: la estructura del artículo que escribiría empezaba a tener forma. Nada de crónicas. La columna vertebral bien podría ser el heavy metal visto desde los ojos de un fan —ese animal desconocido y, mientras no se demostrara lo contrario, salvaje y quién sabe si hasta peligroso—. Un artículo diferente, informativo pero coloquial, con un dejo de ironía. Una entrevista que tomara al jefe de redacción por sorpresa. Sería su revancha contra el periódico, el precio de su humillación. Otra idea se conjuró casi simultáneamente. A su lado había aparecido el informante perfecto: entusiasta, expresivo, conocedor, devoto y, en aquellos momentos, cautivo […]
Cancún, Quintana Roo
2024