sábado, 29 de noviembre de 2025

"Doce horas: una novela Heavy Metal", de Lorena Careaga (fragmento)

 Fragmentos del capítulo 1

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Viernes. 6:00 p.m. En la cola


Cuando Viola bajó del taxi, sus temores se confirmaron. Detestando cada segundo anticipatorio de una experiencia que jamás había tenido, miró una vez más los pases y luego el mundo de gente, un imaginario dantesco que la abrumaba y estaba por atravesar: cuerpos pegajosos, espacios vitales borrados, gotas de sudor, gritos cacofónicos y de seguro el olor a chamusquina de la marihuana o algo peor.

Algunas de las colas para entrar al Estadio Diamante llegaban hasta el estacionamiento. Le tomó un rato encontrar la fila que parecía corresponderle: nivel C, zona anaranjada, un poco más corta pero igualmente eterna. El jefe de redacción le había dado los pases explicándole que desde allí dominaría el área más cercana al escenario, donde los espectadores de pie, fans incondicionales, se arrempujarían durante todo el concierto. “A los músicos los tendrás casi enfrente, a tu mismo nivel pero a prudente distancia”, añadió con una sonrisa burlona.

El ábrete sésamo del internet la había puesto en contacto, por primera vez en su vida, con el heavy metal, y la conferencia de prensa de la tarde anterior anunciaba la clase de locura que podía esperar. Pero estaba decidida a escribir una excelente nota, algo más que una crónica detallada del concierto, en buena parte porque le serviría para conocer el mundo del rock, con el que seguramente tendría que vérselas de ahora en adelante. A menos, claro, que ocurriera un milagro; —“Y estoy dispuesta a creer en ellos”, se dijo.

De escribir una columna sobre economía y finanzas, su especialidad durante casi cinco años en El Mundo, había sido degradada —“Porque todos debemos hacer este sacrificio, querida, en bien del periódico... y si es que quieres seguir trabajando y cobrando un sueldo”— a la revista de cultura y entretenimiento que publicaba el periódico todos los sábados. “¿Será posible caer más bajo?”, pensó. Esta, su primera asignación, pondría a prueba no solo sus talentos periodísticos, de los cuales no dudaba ni un segundo, sino especialmente su aguante y escasa, lo reconocía, capacidad de adaptación. Todo un reto, porque Viola no era ningún camaleón. Si a alguien le costaba pasar desapercibida era a ella.

Suspiró resignada y se puso en la cola, justo atrás, de lo que, a primera vista, le pareció un demente de grandes proporciones; no solo porque era un tipo alto y fornido —por no decir gordo, “Al menos unos cien kilos”, se dijo Viola, haciendo cálculos— sino por su facha. No podía verle la cara, pero lo que tenía enfrente era una mata de pelo negra, lacia y grasosa, y toda una sinfonía en rojo carmesí: chaleco de cuero con profusión de adornos metálicos, pantalones también de cuero apretados y zapatos de gran tacón. El chaleco tenía en la espalda una exótica amazona que, cabellos al aire, botas al muslo y frondosos pechos, cabalgaba sobre una especie de águila con las alas abiertas y el pico de un tamaño descomunal. 

La mirada de Viola logró arrancarse de semejante visión y bajar por los vericuetos de un complicado tatuaje que cubría de arriba abajo el rollizo brazo. Un exceso de anillos y brazaletes agregaban el toque final. Sintiéndose observado, el metalero se dio la vuelta y le sonrió. Viola, sin darse por aludida, miró su reloj y haciendo acopio de paciencia se colocó los audífonos del iPod, ajustó el volumen y observó a su alrededor con ojo cínico.

La gente se abría paso a codazos y empujones entre exhibidores de CDs, DVDs, carteles y puestos de chamarras de cuero, chaquetas estilo militar y camisetas, en su mayoría negras, decoradas con los nombres, logotipos, eslóganes, portadas de discos y hasta letras de canciones de las diversas bandas metal de todas las épocas. Hombres y mujeres estrafalariamente vestidos, en opinión de Viola, deambulaban entre un despliegue de pines y broches con forma de ankhs, svásticas, cruces gamadas, martillos de Thor y cruces invertidas, anillos y pulseras con calaveras y pentagramas, collares con picos y cadenas de plata con crucifijos. “La parafernalia del culto”, pensó. Sacó su celular y tomó algunas fotos.

De pronto, sintió que le desprendían uno de los audífonos y dándose vuelta se topó con los ojos más impactantemente grises que había visto en su vida:

—¿Qué dices? 

—Que avances si no quieres que se te echen encima.

Viola recuperó el audífono y se lo volvió a colocar en la oreja. Su única concesión ante aquel hombre que había aparecido de pronto fue bajar el volumen del iPod. Luego, sin prisas, dio unos cuantos pasos, sacó de su bolso un espejito y se retocó el peinado. El tipo caminó tras ella observándola detenidamente.

—¿Te interesa el heavy metal? —preguntó con cierta incredulidad.

—No precisamente —contestó Viola, mirándolo de arriba abajo con el ceño fruncido— pero veo que a ti sí.

—¿Por qué lo dices?

Por toda respuesta, Viola dirigió el espejito hacia él.

El reflejo mostró un arete en la oreja izquierda, una gargantilla de cuero con rombos plateados y una cabellera abundante, desaliñada y cuyos rizos claros llegaban hasta media espalda. 

—Las botas, los jeans deslavados y la chamarra de cuero negro son de cajón —continuó ella apuntándole con el índice —pero me gustaría saber qué significa el pin que traes en la solapa y también esas palabras.

El pin era un círculo plateado con una pluma en el centro y en la negra camiseta destacaba la frase “Sabbath Bloody Sabbath” en gótico anaranjado y carmesí.

—Me llamo Iker —dijo él ignorando la pregunta. No le había quitado los ojos de encima— ¿y tú?

Viola lanzó un suspiro impaciente.

—¿Por qué me ves así? —le espetó.

—Bueno, me cuesta trabajo imaginar qué es lo que te trae a un concierto de heavy metal. 

—Soy periodista y... ¿Se puede saber de qué te ríes?

—Bonito disfraz —dijo Iker abarcándola con un movimiento de las manos. 

No había perdido detalle de aquella mujer de melena rubia que olía a perfume caro. De un vistazo la clasificó como “extraña” al ambiente. Nada tenían que hacer en aquel concierto el fino saco de gamuza beige, la blusa de seda con botones de madreperla, ¡el colmo!, y los jeans de marca, las iniciales CK destacando en la torneada nalga derecha. El detalle final que la delataba eran unos zapatos de tacón de aguja que, calculó Iker, medían unos doce centímetros.

Iker rio de buena gana ante su gesto de enojo. Viola no estaba por confesar, ni siquiera ante aquel perfecto extraño, que había pasado casi una hora tratando de decidir qué ponerse a fin de no desentonar. O no tanto. Pero por lo visto se había equivocado. Lo más probable es que no existiera una sola prenda en su vestidor que resultara adecuada para este concierto.

—Decías que vienes a...

—A cubrir el evento. Tengo que escribir una nota.

—Perdón que te pregunte, pero ¿sabes algo del heavy metal o de las bandas que tocarán esta noche? Porque me da la impresión...

—¿Siempre te guías por las apariencias? —cortó Viola empezando a molestarse, aunque bien sabía que lo ignoraba todo sobre ese tema. —Puede que no sea una experta, pero soy muy buena investigando.

—¿Ah, sí? Entonces supongo que estás al tanto de que el concierto de esta noche será único en los anales del rock.

—Sé que se reúnen Black Sabbath, Judas Priest y Iron Maiden, tres megabandas legendarias a beneficio de la lucha contra la violencia y el abuso infantil —corroboró Viola con un dejo de sarcasmo y retándolo con la mirada. —Eso en sí ya es extraordinario. Digo, tomando en cuenta sus tendencias.

—¿Tendencias?

—La violencia.

—Mmm, eres de las que piensan que el heavy metal es violento.

—¿Y no es así? Rompen guitarras o les prenden fuego, corren en motocicleta por los pasillos de los hoteles, arrojan televisores por el balcón, se lanzan volando sobre los fans. Todos ustedes parecen extras de una película de terror. Nada más pensar en el tipo ese de la lengua repulsiva de no sé qué banda, Kiss o algo así, ¡me muero del asco!

Sonriendo, Iker negó con la cabeza, como dando por perdida cualquier esperanza.

—¡Al menos conoces a algunos músicos! Pero ahí tienes. Juzgas al metal por su exterior, por su imagen y por excesos que, por serlo, son los que han impactado a la gente. Pero ¿conoces o comprendes su razón de ser? No. Te vas al estereotipo y no se te ocurre mirar más allá. 

—Porque nunca he tenido que hacerlo, ni me ha dado la gana —Se defendió Viola.

—Pero por eso estás aquí, ¿no? Para escribir algo coherente sobre esta música.

Viola dejó pasar el comentario. Sus dientes apretados marcaban un pulso en la mandíbula. De mala gana, sacó de su bolsa una libreta y un bolígrafo. Intuía que esa costumbre nunca se le quitaría; el celular y los gadgets estaban bien para algunas cosas, pero no para plasmar ideas importantes. Sencillamente, había ciertas tradiciones insustituibles. Le gustaban la textura del papel y el olor de la tinta. Se sentía a gusto escribiendo y tomando notas. 

Mientras abría el cuaderno, una imagen empezó a cuajar en su mente: la estructura del artículo que escribiría empezaba a tener forma. Nada de crónicas. La columna vertebral bien podría ser el heavy metal visto desde los ojos de un fan —ese animal desconocido y, mientras no se demostrara lo contrario, salvaje y quién sabe si hasta peligroso—. Un artículo diferente, informativo pero coloquial, con un dejo de ironía. Una entrevista que tomara al jefe de redacción por sorpresa. Sería su revancha contra el periódico, el precio de su humillación. Otra idea se conjuró casi simultáneamente. A su lado había aparecido el informante perfecto: entusiasta, expresivo, conocedor, devoto y, en aquellos momentos, cautivo […]

Malix Editores
Cancún, Quintana Roo
2024



jueves, 27 de noviembre de 2025

"Crónicas de Ambarluna" de Lorena Careaga (fragmento)

  

Cuatro fragmentos

 

18

 

Camino por la calle, subo las escaleras hasta la oficina, recorro los pasillos del supermercado, me sumerjo en la cómoda oscuridad de una butaca del cine, lavo los platos del desayuno.

Mi día transcurre, en apariencia, sin sobresaltos, y mis noches son de plácido descanso, o así parece. Nadie adivinaría el torbellino interno que desafía mi tranquilidad. En nada se aprecia el fuego que quema y reproduce tus caricias en cada roce de la ropa con la piel. Sólo se vislumbra un esquivo fantasma del amor, en la tenue sonrisa de mis labios, porque sonrío sin proponérmelo cada vez que pienso en ti, en mis fantasías hechas realidad, en tus travesuras inesperadas.

Cuando pienso en el Big Bang que inauguró este universo, en el caos primigenio de estrellas, planetas y polvo cósmico, en los orígenes de la vida en la Tierra y en todas las cosas que tuvieron que suceder y coincidir, retando cualquier cálculo de probabilidades, para que tú y yo nos conociéramos, y un poderoso lazo nos mantuviera unidos, sin nosotros saberlo, a través de las décadas, hasta volver consciente el amor que ya entonces nos dominaba y nos tatuaba de huellas indelebles; cuando lo pienso, por unos segundos me invade la angustia ante tamaña secuencia concatenada, improbable y aleatoria de causas y efectos. Luego regreso a la realidad del aquí y el ahora y me asombro y digo “no es posible” y me doy cuenta de que sí lo es, y sonrío. Sonríen mis labios al recordar nuestros juegos, que son de manos y de palabras, de inteligencia y ternura, de un erotismo cada vez más audaz y concordante. Sonrío porque dices rendirte ante mí, tu reina, cuando que yo me veo y me siento un gorrión que come de tu mano.

 

 

26

 

Tú mandas y yo obedezco.

En las horas claras en las que resplandece el fulgor ambarlunar, en los intervalos sombríos que encienden y potencian el estímulo de su aroma resinoso, tú mandas y yo obedezco.

Me gusta obedecer el dictado de la piel, plegarme a la dulzura demandante de los labios, someterme al imperio inescapable de los dedos. Acato sin resistencia el llamado de las manos. Observo puntual el calendario inesperado de los besos. Cumplo la promesa de la mirada. Respeto el acuerdo signado por la lengua. Me doblego dócilmente al cerco de las piernas. No puedo menos que rendirme al fuego húmedo e inclinarme ante las dádivas de la miel. 

Tú mandas y yo obedezco. Pero no es que tus deseos sean órdenes. Es que tus deseos son mi capricho, tus caprichos son mi fantasía y tus fantasías son mi deseo. Así de sencillo es esto del amor.

 

 

36

 

La estación invernal, junto con una nueva era cósmica, llegaron al lugar en el que vivo a las 5:12 de la mañana, acompañadas del vendaval que no cesa y de una tormenta que duró más de media hora y dejó el ambiente fresco, recién lavado, oliendo a nuevo. No podríamos desear mejor presagio, si es que de eso se trata. Poco después, desde las ruinas de El Meco, cruzaron el manglar los sonidos armónicos e inconfundibles de los caracoles, en una ceremonia de sacerdotisas e iniciados, a la que con certeza se entregaron hoy con más intensidad, brío y solemnidad que otras veces.

Antes de que clareara, sin embargo, escuché cómo se abría despacio la puerta de la habitación y tus pasos sigilosos se acercaban a la cama. Me di cuenta, en ese estado alterado de la conciencia que es el duermevela, de lo mucho que ansiaba el calor de tu cuerpo y el placer que es sentir cómo te deslizas bajo las sábanas, me tomas en tus brazos, me envuelves de caricias y me susurras al oído la invocación de los nombres que usas para mí y que me describen tal como tú me ves y me deseas.

El dije de ambarluna palpita con calidez aromática y fulgurante entre tus dedos cuando rozan mi piel y mi respiración te da la bienvenida a la cuna de nuestros besos. Es un encuentro que puede ser salvaje en su ímpetu y conexión, pero siempre amoroso, cuidado, paciente, selecto, atento a mis anhelos, inclusivo de los tuyos; nos conduce a ese momento y lugar que ansiamos alcanzar y al mismo tiempo prolongarlo y no llegar nunca. Si el mundo se acabase, podría morir en este instante y moriría feliz.

 

46

 

“El olor del papel blanco es como el olor de la piel de mi amante cuando llega por sorpresa a través del jardín húmedo” —escribía en su Libro de Cabecera aquella famosa cortesana del Japón medieval. “La tinta negra es como el cabello laqueado. ¿Y la pluma? Es el instrumento del placer, cuyo propósito nunca está en duda y cuya eficiencia sorprende en cada encuentro”.

Leí con detenimiento cada descripción, invocación y evocación. Ella gustaba de escribir y de que le escribieran sobre el cuerpo, con pinceladas que dejaban su espalda, senos y muslos decorados con fábulas y poemas. Aquella experiencia que aprendió en su infancia, se le quedó tatuada en el alma y en la fuente de su placer. Buscaba siempre a alguien con quien vivirla, una y otra vez, trazo a trazo, letra a letra, y pocas veces, más bien una sola vez, halló al hombre que pudo satisfacerla a fondo. Conoció a muchos escribanos expertos, pero algo siempre faltaba, hasta que se topó con él. Y, es curioso, resultó que le conocía de siempre. Había sido su compañero de juegos, el niño que le hacía bromas y la despeinaba; el adolescente que la observaba callado y tímido, apostado en una esquina para verla pasar; el joven adulto que no podía darse el lujo de pagar por sus selectos servicios, pero que sin embargo, de tiempo en tiempo, le enviaba mensajes.

Al leer el relato del reencuentro, varios años después, con aquel hombre, y de cómo sucumbió a la seducción de su toque y destreza, no pude menos que pensar en ti y en mí, en la forma en que nos volvimos a ver después de tantos años; en el regalo de tu energía concentrada en el dije de ambarluna que cubre de calidez mi cuerpo; en la maestría con que escribes cada día nuestra historia, con actos y palabras que se quedan impregnados en mi piel y despiertan mi deseo en la nostalgia de madrugadas de lluvia. Como su amante lo hizo con ella hace siglos, cubres mi cuerpo de seda escarlata, cuyo roce sigue la secuela de tus labios, la impronta de tus dedos, el rastro de humedad del pincel con el que dibujas día a día el amor.

Haz clic aquí para ver la obra completa: Crónicas de Ambarluna, de Lorena Careaga Malix Editores, Cancún, Quintana Roo 2021

jueves, 13 de noviembre de 2025

"El santo de mi devoción", de Luis Miguel Ojeda Arsuaga editado por Mariel Turrent

 

Cuando yo era niño, mi mamá era atea y mi abuelita, la persona más importante en mi vida, devota de san Francisco. Solo por ella yo le pedía a mi ángel de la guarda, por las noches, sepultado bajo los pesados sarapes de lana, que mi abue no se muriera, que me durara muchos años y me evitara esa gran tristeza.

          En aquella época nunca escuché de secuestros ni levantones y el único riesgo que yo corría al por caminar solo las seis cuadras que separaban mi casa de la escuela, era el de ser atropellado en la Avenida Carranza por andar distraído. Así que nunca me encomendé a ningún santo.

          Ni san Francisco, ni san Judas, ni san Pedro, ni san Charvel figuraban en mi vida. De hecho, el tal Charvel, en esos tiempos creo que todavía no se había canonizado porque no recuerdo que figurara en el santoral. Y eso que en San Luis Potosí había muchos libaneses, pero supongo que le rezaban a otras santidades.

          Mis tardes transcurrían monótonas en la cochera, aventando una pelota al tejado que, por ser de dos aguas, me la devolvía centrándome certeros pases que acababan maltratando, sin querer, los rosales que tanto cuidaba mi abuela, por interponerse a la gloria de mis potentes remates. Así pasaba toda la semana, pero siempre en espera de que llegara el fin de semana que era cuando transmitían mis programas favoritos. 

          Soy de esa generación que, para cambiar el canal de la televisión, giraba el selector, alrededor del cual estaban los números del 2 al 13. El aparato tenía también otro selector que decía VHF con varios números que nunca sirvieron para nada. En mi casa de Miguel Bernal Jiménez 126 de la Colonia Polanco, la televisión era blanco y negro, y captaba solo 3 canales: el 2 y el 13 ,de la televisora potosina, y el maravilloso 5 con su selección de caricaturas y programas americanos, que solo se veía si yo lograba sintonizar la señal, obligado con amenazas de zapes y patadas por mis hermanos mayores, trepándome a la azotea y moviendo la antena aérea guiado por sus gritos de ”dale a la derecha”, “tantito a la izquierda”, “un poco menos”…

          Es verdad que no quería arriesgarme a recibir la paliza anunciada, y también que me daba miedo treparte al techo de la casa, pero es que si había un santo al que yo le tenía devoción, era al Enmascarado de Plata, y por ese Santo yo hubiera dado lo que fuera. Me inspiraba su figura fuerte, ágil y el misterio que había tras esa máscara pues nadie conocía su cara. Cuando lo veía me preguntaba si tendría un dispositivo especial electrónico bajo la máscara, un intercomunicador electrónico para poder escuchar a pesar de esos taponcitos que cubrían sus orejas.

          No había cosa que me ilusionara más que pasar el fin de semana viendo las películas de mi ídolo. Ese santo de mi devoción se enfrentaba a los seres más viles y descarnados que lo querían muerto a toda costa: luchaba contra las mujeres vampiro —que, a pesar de mi corta edad, ya me despertaban pensamientos impuros—, pegaba como martillo y le ponía unas buenas tundas a las momias de Guanajuato.

          Recuerdo que a mis amigos de la primara y a mí nos gustaba tanto la lucha libre que hasta estábamos ahorrando para rentar la Arena México Rayos De Plata y convertirnos así en luchadores, saltar de la tercera cuerda, volar para aplicar luego hurracarranas, cavernarias y tapatías. Ahí, en ese viejo gimnasio ubicado en la calle de Aquiles Serdán, el Enmascarado de Plata enfrentó a la Tonina Jackson, a Blue Demon y a el Rayo de Jalisco, al son de las mentadas de madre, bañados por el sudor y la sangre. Los niños que formábamos la rancia matrícula potosina del colegio Motolinía en los años setenta, a pesar de los rezos de las monjas, vivíamos ajenos a los santos celestiales, seguros de que el único santo que merecía nuestro fervor era el de la máscara plateada, ese que manejaba el Karman Ghia blanco descapotable por los túneles de la ciudad, desayunaba monstruos y comía vampiros. ¡El Santo, el Enmascarado de Plata!