Cuatro fragmentos
18
Camino por la calle, subo las escaleras hasta la oficina, recorro
los pasillos del supermercado, me sumerjo en la cómoda oscuridad de una butaca
del cine, lavo los platos del desayuno.
Mi día transcurre, en apariencia, sin sobresaltos, y mis noches
son de plácido descanso, o así parece. Nadie adivinaría el torbellino interno
que desafía mi tranquilidad. En nada se aprecia el fuego que quema y reproduce
tus caricias en cada roce de la ropa con la piel. Sólo se vislumbra un esquivo
fantasma del amor, en la tenue sonrisa de mis labios, porque sonrío sin
proponérmelo cada vez que pienso en ti, en mis fantasías hechas realidad, en
tus travesuras inesperadas.
Cuando pienso en el Big Bang que
inauguró este universo, en el caos primigenio de estrellas, planetas y polvo
cósmico, en los orígenes de la vida en la Tierra y en todas las cosas que
tuvieron que suceder y coincidir, retando cualquier cálculo de probabilidades,
para que tú y yo nos conociéramos, y un poderoso lazo nos mantuviera unidos,
sin nosotros saberlo, a través de las décadas, hasta volver consciente el amor
que ya entonces nos dominaba y nos tatuaba de huellas indelebles; cuando lo
pienso, por unos segundos me invade la angustia ante tamaña secuencia
concatenada, improbable y aleatoria de causas y efectos. Luego regreso a la
realidad del aquí y el ahora y me asombro y digo “no es posible” y me doy
cuenta de que sí lo es, y sonrío. Sonríen mis labios al recordar nuestros
juegos, que son de manos y de palabras, de inteligencia y ternura, de un
erotismo cada vez más audaz y concordante. Sonrío porque dices rendirte ante
mí, tu reina, cuando que yo me veo y me siento un gorrión que come de tu mano.
26
Tú
mandas y yo obedezco.
En las horas claras en las que resplandece el fulgor ambarlunar, en los
intervalos sombríos que encienden y potencian el estímulo de su aroma resinoso,
tú mandas y yo obedezco.
Me gusta obedecer el dictado de la piel, plegarme a la dulzura
demandante de los labios, someterme al imperio inescapable de los dedos. Acato
sin resistencia el llamado de las manos. Observo puntual el calendario
inesperado de los besos. Cumplo la promesa de la mirada. Respeto el acuerdo
signado por la lengua. Me doblego dócilmente al cerco de las piernas. No puedo
menos que rendirme al fuego húmedo e inclinarme ante las dádivas de la
miel.
Tú mandas y yo obedezco. Pero no es que tus deseos sean órdenes. Es que
tus deseos son mi capricho, tus caprichos son mi fantasía y tus fantasías son
mi deseo. Así de sencillo es esto del amor.
36
La
estación invernal, junto con una nueva era cósmica, llegaron al lugar en el que
vivo a las 5:12 de la mañana, acompañadas del vendaval que no cesa y de una
tormenta que duró más de media hora y dejó el ambiente fresco, recién lavado,
oliendo a nuevo. No podríamos desear mejor presagio, si es que de eso se trata.
Poco después, desde las ruinas de El Meco, cruzaron el manglar los sonidos
armónicos e inconfundibles de los caracoles, en una ceremonia de sacerdotisas e
iniciados, a la que con certeza se entregaron hoy con más intensidad, brío y
solemnidad que otras veces.
Antes de que clareara, sin embargo, escuché cómo se abría despacio la
puerta de la habitación y tus pasos sigilosos se acercaban a la cama. Me di
cuenta, en ese estado alterado de la conciencia que es el duermevela, de lo
mucho que ansiaba el calor de tu cuerpo y el placer que es sentir cómo te
deslizas bajo las sábanas, me tomas en tus brazos, me envuelves de caricias y
me susurras al oído la invocación de los nombres que usas para mí y que me
describen tal como tú me ves y me deseas.
El dije de ambarluna palpita con calidez aromática y fulgurante entre
tus dedos cuando rozan mi piel y mi respiración te da la bienvenida a la cuna
de nuestros besos. Es un encuentro que puede ser salvaje en su ímpetu y
conexión, pero siempre amoroso, cuidado, paciente, selecto, atento a mis
anhelos, inclusivo de los tuyos; nos conduce a ese momento y lugar que ansiamos
alcanzar y al mismo tiempo prolongarlo y no llegar nunca. Si el mundo se
acabase, podría morir en este instante y moriría feliz.
46
“El
olor del papel blanco es como el olor de la piel de mi amante cuando llega por
sorpresa a través del jardín húmedo” —escribía en su Libro de Cabecera aquella famosa cortesana del Japón medieval. “La
tinta negra es como el cabello laqueado. ¿Y la pluma? Es el instrumento del
placer, cuyo propósito nunca está en duda y cuya eficiencia sorprende en cada
encuentro”.
Leí con detenimiento cada descripción, invocación y evocación. Ella
gustaba de escribir y de que le escribieran sobre el cuerpo, con pinceladas que
dejaban su espalda, senos y muslos decorados con fábulas y poemas. Aquella
experiencia que aprendió en su infancia, se le quedó tatuada en el alma y en la
fuente de su placer. Buscaba siempre a alguien con quien vivirla, una y otra vez,
trazo a trazo, letra a letra, y pocas veces, más bien una sola vez, halló al
hombre que pudo satisfacerla a fondo. Conoció a muchos escribanos expertos,
pero algo siempre faltaba, hasta que se topó con él. Y, es curioso, resultó que
le conocía de siempre. Había sido su compañero de juegos, el niño que le hacía
bromas y la despeinaba; el adolescente que la observaba callado y tímido,
apostado en una esquina para verla pasar; el joven adulto que no podía darse el
lujo de pagar por sus selectos servicios, pero que sin embargo, de tiempo en
tiempo, le enviaba mensajes.
Al leer el relato del reencuentro, varios años después, con aquel hombre, y de cómo sucumbió a la seducción de su toque y destreza, no pude menos que pensar en ti y en mí, en la forma en que nos volvimos a ver después de tantos años; en el regalo de tu energía concentrada en el dije de ambarluna que cubre de calidez mi cuerpo; en la maestría con que escribes cada día nuestra historia, con actos y palabras que se quedan impregnados en mi piel y despiertan mi deseo en la nostalgia de madrugadas de lluvia. Como su amante lo hizo con ella hace siglos, cubres mi cuerpo de seda escarlata, cuyo roce sigue la secuela de tus labios, la impronta de tus dedos, el rastro de humedad del pincel con el que dibujas día a día el amor.
Haz clic aquí para ver la obra completa: Crónicas de Ambarluna, de Lorena Careaga Malix Editores, Cancún, Quintana Roo 2021
No hay comentarios.:
Publicar un comentario