jueves, 13 de noviembre de 2025

"El santo de mi devoción", de Luis Miguel Ojeda Arsuaga editado por Mariel Turrent

 

Cuando yo era niño, mi mamá era atea y mi abuelita, la persona más importante en mi vida, devota de san Francisco. Solo por ella yo le pedía a mi ángel de la guarda, por las noches, sepultado bajo los pesados sarapes de lana, que mi abue no se muriera, que me durara muchos años y me evitara esa gran tristeza.

          En aquella época nunca escuché de secuestros ni levantones y el único riesgo que yo corría al por caminar solo las seis cuadras que separaban mi casa de la escuela, era el de ser atropellado en la Avenida Carranza por andar distraído. Así que nunca me encomendé a ningún santo.

          Ni san Francisco, ni san Judas, ni san Pedro, ni san Charvel figuraban en mi vida. De hecho, el tal Charvel, en esos tiempos creo que todavía no se había canonizado porque no recuerdo que figurara en el santoral. Y eso que en San Luis Potosí había muchos libaneses, pero supongo que le rezaban a otras santidades.

          Mis tardes transcurrían monótonas en la cochera, aventando una pelota al tejado que, por ser de dos aguas, me la devolvía centrándome certeros pases que acababan maltratando, sin querer, los rosales que tanto cuidaba mi abuela, por interponerse a la gloria de mis potentes remates. Así pasaba toda la semana, pero siempre en espera de que llegara el fin de semana que era cuando transmitían mis programas favoritos. 

          Soy de esa generación que, para cambiar el canal de la televisión, giraba el selector, alrededor del cual estaban los números del 2 al 13. El aparato tenía también otro selector que decía VHF con varios números que nunca sirvieron para nada. En mi casa de Miguel Bernal Jiménez 126 de la Colonia Polanco, la televisión era blanco y negro, y captaba solo 3 canales: el 2 y el 13 ,de la televisora potosina, y el maravilloso 5 con su selección de caricaturas y programas americanos, que solo se veía si yo lograba sintonizar la señal, obligado con amenazas de zapes y patadas por mis hermanos mayores, trepándome a la azotea y moviendo la antena aérea guiado por sus gritos de ”dale a la derecha”, “tantito a la izquierda”, “un poco menos”…

          Es verdad que no quería arriesgarme a recibir la paliza anunciada, y también que me daba miedo treparte al techo de la casa, pero es que si había un santo al que yo le tenía devoción, era al Enmascarado de Plata, y por ese Santo yo hubiera dado lo que fuera. Me inspiraba su figura fuerte, ágil y el misterio que había tras esa máscara pues nadie conocía su cara. Cuando lo veía me preguntaba si tendría un dispositivo especial electrónico bajo la máscara, un intercomunicador electrónico para poder escuchar a pesar de esos taponcitos que cubrían sus orejas.

          No había cosa que me ilusionara más que pasar el fin de semana viendo las películas de mi ídolo. Ese santo de mi devoción se enfrentaba a los seres más viles y descarnados que lo querían muerto a toda costa: luchaba contra las mujeres vampiro —que, a pesar de mi corta edad, ya me despertaban pensamientos impuros—, pegaba como martillo y le ponía unas buenas tundas a las momias de Guanajuato.

          Recuerdo que a mis amigos de la primara y a mí nos gustaba tanto la lucha libre que hasta estábamos ahorrando para rentar la Arena México Rayos De Plata y convertirnos así en luchadores, saltar de la tercera cuerda, volar para aplicar luego hurracarranas, cavernarias y tapatías. Ahí, en ese viejo gimnasio ubicado en la calle de Aquiles Serdán, el Enmascarado de Plata enfrentó a la Tonina Jackson, a Blue Demon y a el Rayo de Jalisco, al son de las mentadas de madre, bañados por el sudor y la sangre. Los niños que formábamos la rancia matrícula potosina del colegio Motolinía en los años setenta, a pesar de los rezos de las monjas, vivíamos ajenos a los santos celestiales, seguros de que el único santo que merecía nuestro fervor era el de la máscara plateada, ese que manejaba el Karman Ghia blanco descapotable por los túneles de la ciudad, desayunaba monstruos y comía vampiros. ¡El Santo, el Enmascarado de Plata!

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