Cuando yo era niño, mi mamá era atea y
mi abuelita, la persona más importante en mi vida, devota de san Francisco. Solo
por ella yo le pedía a mi ángel de la guarda, por las noches, sepultado bajo los
pesados sarapes de lana, que mi abue no se muriera, que me durara muchos años y
me evitara esa gran tristeza.
En
aquella época nunca escuché de secuestros ni levantones y el único riesgo que
yo corría al por caminar solo las seis cuadras que separaban mi casa de la escuela,
era el de ser atropellado en la Avenida Carranza por andar distraído. Así que
nunca me encomendé a ningún santo.
Ni
san Francisco, ni san Judas, ni san Pedro, ni san Charvel figuraban en mi vida.
De hecho, el tal Charvel, en esos tiempos creo que todavía no se había
canonizado porque no recuerdo que figurara en el santoral. Y eso que en San
Luis Potosí había muchos libaneses, pero supongo que le rezaban a otras santidades.
Mis
tardes transcurrían monótonas en la cochera, aventando una pelota al tejado que,
por ser de dos aguas, me la devolvía centrándome certeros pases que acababan maltratando,
sin querer, los rosales que tanto cuidaba mi abuela, por interponerse a la
gloria de mis potentes remates. Así pasaba toda la semana, pero siempre en
espera de que llegara el fin de semana que era cuando transmitían mis programas
favoritos.
Soy
de esa generación que, para cambiar el canal de la televisión, giraba el
selector, alrededor del cual estaban los números del 2 al 13. El aparato tenía
también otro selector que decía VHF con varios números que nunca sirvieron para
nada. En mi casa de Miguel Bernal Jiménez 126 de la Colonia Polanco, la
televisión era blanco y negro, y captaba solo 3 canales: el 2 y el 13 ,de la
televisora potosina, y el maravilloso 5 con su selección de caricaturas y
programas americanos, que solo se veía si yo lograba sintonizar la señal,
obligado con amenazas de zapes y patadas por mis hermanos mayores, trepándome a
la azotea y moviendo la antena aérea guiado por sus gritos de ”dale a la
derecha”, “tantito a la izquierda”, “un poco menos”…
Es
verdad que no quería arriesgarme a recibir la paliza anunciada, y también que
me daba miedo treparte al techo de la casa, pero es que si había un santo al
que yo le tenía devoción, era al Enmascarado de Plata, y por ese Santo yo
hubiera dado lo que fuera. Me inspiraba su figura fuerte, ágil y el misterio
que había tras esa máscara pues nadie conocía su cara. Cuando lo veía me
preguntaba si tendría un dispositivo especial electrónico bajo la máscara, un
intercomunicador electrónico para poder escuchar a pesar de esos taponcitos que
cubrían sus orejas.
No
había cosa que me ilusionara más que pasar el fin de semana viendo las
películas de mi ídolo. Ese santo de mi devoción se enfrentaba a los seres más
viles y descarnados que lo querían muerto a toda costa: luchaba contra las
mujeres vampiro —que, a pesar de mi corta edad, ya me despertaban pensamientos
impuros—, pegaba como martillo y le ponía unas buenas tundas a las momias de
Guanajuato.
Recuerdo que a mis amigos de la
primara y a mí nos gustaba tanto la lucha libre que hasta estábamos ahorrando
para rentar la Arena México Rayos De Plata y convertirnos así en luchadores,
saltar de la tercera cuerda, volar para aplicar luego hurracarranas,
cavernarias y tapatías. Ahí, en ese viejo gimnasio ubicado en la calle de
Aquiles Serdán, el Enmascarado de Plata enfrentó a la Tonina Jackson, a Blue
Demon y a el Rayo de Jalisco, al son de las mentadas de madre, bañados por el
sudor y la sangre. Los niños que formábamos la rancia matrícula potosina del
colegio Motolinía en los años setenta, a pesar de los rezos de las monjas,
vivíamos ajenos a los santos celestiales, seguros de que el único santo que
merecía nuestro fervor era el de la máscara plateada, ese que manejaba el
Karman Ghia blanco descapotable por los túneles de la ciudad, desayunaba
monstruos y comía vampiros. ¡El Santo, el Enmascarado de Plata!
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