miércoles, 25 de enero de 2023

"El Arcoíris" por Katia Díaz Correa

En cada año nuevo que vivimos vamos teniendo nuevas metas o deseos. En mi caso que soy el arcoíris, también tengo propósitos para éste 2023. Te cuento que existo y desaparezco, es algo así como mágico. Esto es gracias a una reproducción física muy antigua y con presencia en todo el planeta, el verme es bastante común y natural. Pero solamente me ven cuando se conjugan la lluvia, la humedad y los rayos de sol.

Mi elemento principal es el color, tengo siete en mi cuerpo transparente, y juntos forman un arco precioso. Comienzo con la base del arco, de abajo para arriba, tengo el color morado, sigue el color índigo o azul marino. Como tercer color está el azul claro, luego el verde, después el amarillo. Viene el color naranja y por el último en la parte más alta del arco, tengo el color rojo.

La forma de arco y el contenido cromático me hacen muy llamativo y reflexivo. Cuando me miran… se trasluce el cielo, porque los colores tienen cierta transparencia. A la gente le gusta observarme, les atrae mi colorido y la tranquilidad que contagio.

Mi propósito de éste 2023 es que la gente me mire con más detenimiento, que se detengan a reflexionar sobre lo que cada color le puede transmitir o le hace sentir. Cada color tiene un propósito en las personas que lo miran, así también pueden preferir alguno en particular o todos en su conjunto.

Con el color viven y mueren las personas, nos acompaña en nuestra vida cotidiana. Para que se entienda mejor la importancia y el propósito de cada color en el arcoíris les voy a explicar también el propósito de los mismos en nuestra vida y existencia, es decir, dentro del cuerpo humano.

En éste caso los colores no se ven a simple vista, pertenecen a los siete chakras. Palabra escrita en sánscrito que significa círculo o rueda por donde corre la energía de nuestro cuerpo, gracias a nuestros pensamientos, emociones y acciones.

¿Recuerdas mi color en la parte más baja del arcoíris? Es el color morado, éste se encuentra en tu cuerpo en la coronilla, y está conectado con tu sistema nervioso. Vamos ir bajando en un eje vertical y llegamos a tu entrecejo con el color índigo, cuyo propósito es la intuición. Seguimos bajando, llegamos a tu garganta. Ahí se encuentra el color azul claro, y su propósito es trascender y comunicarse.

Ahora ¿qué parte de tu cuerpo crees que siga? Uno que late todo el tiempo, a veces más rápido y otras veces más lento, pero no deja de latir. Estoy hablando de tu corazón… cuyo propósito es el amor hacia los demás y la apertura hacia la vida, lo representa el color verde.

Ahora bien, si los colores en el arcoíris son rojo, naranja, amarillo, verde, azul claro, índigo y morado…después del verde sigue el color amarillo, corresponde al tercer chakra. En el centro de tu cuerpo, está el ombligo, y el chakra a tres dedos arriba de él. Este color establece nuestros límites, su propósito es que seamos asertivos.

Debajo del ombligo, se encuentra lo relacionado con la sexualidad, con el color naranja, el segundo chakra. Como propósito tiene la sensualidad y las emociones. El primer chakra, el último, es el del color rojo, siendo nuestro centro de energía y superviviencia.

Como verás si nos proponemos un equilibrio positivo entre los chakras, vivir con alegría en todos sentidos, tendremos en cada uno de los colores que fluyen por nuestro cuerpo, un resultado positivo en nuestro día a día. Te deseo un feliz 2023, firma el arcoíris.


jueves, 19 de enero de 2023

"Una ofrenda sin flores" por Diego Benlliure

Ese viernes, a las seis de la tarde, la voz del ciego se podía oír a varios metros de distancia; por encima del tráfico de la calle de Horacio y el repiqueteo del chubasco que empezaba a caer: "¿Dónde estás, Dios? ¡La noche oscura llegó! ¿Dónde estás? ¡Oye, Dios! ¡La noche oscura llegó!", a todo pulmón una y otra vez, con los brazos en cruz, desconsolado, el rostro vuelto al cielo con aquellos ojos en blanco, las gotas de lluvia sucia rodándole por la cara, conjurando un silencio instantáneo entre la marabunta que descendía las escaleras del metro Polanco. Después de años de frágil calma, en ese momento sentí el barómetro desplomarse, pero preferí mirar hacia otro lado. 

Esa noche soñé que yo era un perro aterrorizado y furioso que gruñía y ladraba en la oscuridad hasta desgañitarse. 

El sábado, leyendo mientras desayunaba por última vez en mi adorada terraza, un par de haikús me hicieron estremecer. Al principio no supe bien por qué, pero la punta de un alfiler me atravesó el esternón.


Endrino

Que me sorprendes

En el recodo del acantilado.


De dos en dos revolotean

y, al momento solas:

Las mariposas.

 

Cuando entendí se me revolvió el estómago. Nunca he creído que el universo envíe mensajes, y mucho menos que conspire; creo que tiene cosas más importantes que hacer. Pero era evidente que estaba recibiendo señales, y lo aterrador es que sabía perfectamente de dónde venían y a dónde iban. Llevaba más horas de las que me atrevo a confesar en el diván de Simone huyendo de lo inevitable.

El domingo por la mañana la inquietud se había convertido en una ansiedad persistente, fría y eléctrica. Recordé que había juego en el Olímpico Universitario, agarré mi sombrero de paja y caminé a aquel santuario al que me habían llevado por primera vez a los cinco años. A algunos niños los llevan el domingo a la iglesia, a mí me llevaron a ver a Cabinho. Siempre voy solo al fútbol. No me gusta verlo acompañado, no lo disfruto, y si lo veo en la tele lo veo sin sonido.  Ir al estadio es la experiencia íntima del vínculo con mi infancia, con los pocos recuerdos saludables que tengo de mi padre, con la hermosísima arquitectura; es la posibilidad de la catarsis anónima. Quizá eso fuera lo que necesitaba mi espíritu para disolver lo que se me fermentaba en las entrañas, un remanso en el oleaje que empezaba a agitar el casco, en el viento que ya flameaba las velas. 

Perdieron los pumas. Volví a casa insolado, abatido y con un dolor de cabeza producto de tres litros de cerveza.

Para el lunes, la angustia ya era palpable: un sabor como a aire podrido de cantimplora vacía se me había instalado en la garganta. Al medio día tuve el primer ataque de pánico. El martes tuve dos más, y el miércoles tres. Episodios que trataba de contrarrestar hecho un ovillo en el baño del estudio repitiéndome "No diálogos, no fantasías, no diálogos, no fantasías" como un mantra, hasta que podía volver a respirar y la propafenona me controlaba las extrasístoles.

El jueves por la tarde fue el primer asesinato. Me llevó dos horas sentado bajo la lluvia frente a la casa de mi abuela, en el empedrado de la calle de Galeana, estrangular, entre sollozos cetáceos, a aquel que creía que era yo; a ese personaje sostenido apenas con alambritos, que siempre se vestía de negro y todos los días se subía al primer asiento del segundo vagón de metro; que era tan bueno, pero al que ya todo le daba igual. Destriparlo con las manos de esta versión de mí que había permanecido oculta, terrena, imperfecta y sucia, pero que al menos quería seguir viviendo, fue un golpe de estado en toda regla. 

Me costó mucho matarlo, no se quería ir; como cuando "dormimos" a Lilú y el veterinario me pidió que me alejara porque no la dejaba partir. Fueron dos horas tratando de desprender las narrativas adheridas a la memoria, y fue como arrancarse las venas con los dientes: ¿qué hacer con esas tardes en tu casa de Coyoacán a los catorce años?, ¿qué hacer con la música, el cine, los libros, los viajes?, ¿qué hacer con todo eso de mí que eres tú? Dos horas para despedirme de treinta años cuando se suponía que era para siempre, tenía que ser para siempre. No sabía quién era sin ti, y ese era el problema. 

Por la noche te maté. Ni siquiera lloraste porque pasó lo impensable: bastó media hora para acabar con la vida como la conocíamos, para convertir un hogar laboriosamente construido en un absurdo monumental. No hay elegancia ni belleza escondida en la tragedia, solo un desgarro oscuro y sórdido. No hay nada estético en una amputación, solo crudeza, vergüenza. Bajo la coraza de acero quirúrgico, mi corazón era un hormiguero abandonado desmoronándose, pero las heridas tenían que ser profundas para que no hubiera vuelta atrás. Por una vez la voz más fría era la que salía de mi garganta. Implacable, intransigente, serena, asesina.

Te dejé ahí tirada, sangrando. Me fui para siempre. Después, tuviste que matarme, tú a mí, para poder seguir adelante, para darle sentido. Me convertiste en "el individuo", porque tu Diego estaba muerto, y se parecía mucho —o quizá fuera el mismo— al que dejé descoyuntado en el umbral de la casa de mi abuela, como una ofrenda sin flores.



Amanecía, viernes otra vez, cuando el ojo del tifón pasó sobre mi cabeza trayendo el asombro de haber sobrevivido el salto al precipicio, la suave euforia de estar del otro lado del evento. Aunque sabía que todavía faltaba la cola de la tormenta que, dicen los que saben, a menudo es la más peligrosa. Conozco tu rabia ciega, tu odio implacable. Sabía que en el futuro nos esperaban abogados, jueces, juzgados; la banalización del dolor. Pero las verdaderas hienas famélicas son las que acechan mis sueños, esperando que baje la guardia para traerte de vuelta y masticar mi culpa, mis remordimientos, mi añoranza.

Al ciego no lo volvía a ver y, por si las moscas, me fui a vivir a Cancún, donde no hay metro y ya tienen callo con los huracanes.


"El" por Mariel Turrent


 

Su madre y yo teníamos altitud y latitud opuestas, manejábamos diferentes temperaturas; ella era precipitación y yo viento. Sin embargo, o tal vez por eso, existía una atracción irresponsable entre nosotros. No solo cuando nos casamos, sino desde el momento en el que nos conocimos, supimos que estar juntos sería una tormenta sin tregua. Cuando nació El, empezamos a darnos cuenta de que sus berrinches correspondían al grado de presión que se sentía en la casa y eso hacía más evidente nuestro descontento. Así lo empezamos a llamar El Barómetro; apodo que, a través de los años, fue mutando: Elbarometrito, Elbaro, Elba hasta llegar a El.

          El había nacido para recordarnos, que su infelicidad correspondía a nuestros continuos desacuerdos, a nuestros ridículos reproches, a nuestros insultos desproporcionados, pero, sobre todo, a la prevista muerte de nosotros como pareja.  

          El día que Hermelinda (aunque ella se hacía llamar Linda, yo siempre la llamé por su nombre) se fue, El venía llegando de la escuela. Al ver la escena me aventó su cantimplora a la cara, perdí la consciencia y desperté hospitalizado con la nariz rota. Después, El entró en un modo silencioso como indicador del vacío que Hermelinda había dejado en nuestro hogar.

          La llegada de su adolescencia coincidió con la pandemia y nuestro confinamiento, por lo que, desde entonces y hasta su desaparición, vivió encerrado en su cuarto. Yo, que desde que conocí a Hermelinda tomaba pastillas para poder dormir, sospechaba que cuando entraba en un sueño profundo, El aprovechaba para salir de casa.

          Estaba harto de su encierro y de su silencio. Tal vez porque reflejaba el poco valor que tenía mi vida, o porque medía el profundo vacío de ese estado de ánimo que me aquejaba. Sabía que me culpaba de todo, desde la partida de Hermelinda, hasta de llevar un año postrado en una silla de ruedas como consecuencia del accidente que tuvo un día que lo obligue a salir. Yo estaba seguro de que El podía caminar y de que salía sin que me diera cuenta. Por eso, una noche antes de su escape, se me ocurrió decirle que si quería quedarse encerrado lo iba a encerrar de verdad. Compré cemento, unos tabiques y varias tablas gruesas de madera, mismas que clavé a su puerta mientras le gritaba a todo pulmón que no le abriría jamás, aunque estuviera famélico y me lo suplicara.

          El no dijo nada.

          Esa noche no me tomé la pastilla. Me quedé en vela esperando algo. Fue entonces, cuando escuché los ruidos y supe que se había salido por la ventana. Esperé un rato y luego fui al patio, saqué mi escalera y trepé para asomarme por su ventana. Como lo imaginaba, ahí estaba la silla de ruedas.

          Preparé la mezcla y uno a uno fui poniendo los tabiques para tapiar la ventana.