Apertura
Torre mueve su primer peón con firmeza. Lasker responde con elegancia. Los primeros movimientos son sobrios, casi rutinarios. Cada pieza avanza con timidez, busca su sitio mientras mide al rival.
Medio juego
La posición se cierra. Lasker, tranquilo, parece tener la ventaja: sus piezas ocupan el centro y su figura inspira la confianza de quien ha derrotado a los mejores. Torre, sin embargo, no se ve intimidado. Sus ojos oscuros recorren el tablero con calma, apoya la mano en la barbilla. Su mirada no es defensiva: acecha. Una de sus torres avanza como un explorador solitario; la otra aguarda, como un cañón cargado.
El sacrificio
De pronto, Torre toma su dama y la coloca al alcance de su rival. Un zumbido recorre la sala: "¡Sacrifica la dama! ¡Error de novato!". Lasker arquea las cejas con gesto incrédulo, acepta la ofrenda y la toma.
Las torres giran
Entonces ocurre. Con la dama fuera, las torres de Torre se lanzan al ataque. La coordinación es impecable. Una, luego la otra, como aspas de molino que giran sin descanso en medio del viento. Jaque aquí, jaque allá, el rey de Lasker queda atrapado en esa rueda de madera y hierro invisible, sin escape posible.
El golpe final
La posición es irrefutable. Basta un último jaque. Sigue el mate. La sala estalla en aplausos, mientras Lasker, con sonrisa deportiva, extiende la mano y dice: "Muy bonito, joven".
Carlos Torre Repetto ha derrotado al gigante. La partida quedará para siempre como la de las Torres de Molino. Desde aquel día, la combinación sería estudiada por generaciones de ajedrecistas.
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