Le enseñé a mover las piezas cuando apenas sabía leer. A los cinco años veía que hacía jugadas sorprendentes. Creí que el ajedrez lo haría más sabio, más fuerte; y lo hizo, pero de una manera que no imaginé.
En casa, el tablero manda: esperando con las piezas alineadas como si la batalla fuera eterna, no importa quién se siente; en pocos minutos él anuncia la derrota del otro sin equivocarse y sin dudar.
Yo intento creer que es solo una fase, que ya le interesará otra cosa como el dibujo o la guitarra, pero noto que sin victoria no le interesa nada. Los amigos dejaron de buscarlo, él dice que no importa; intento convencerme de que es verdad, como si eso me calmara.
Hace poco corrigió a su tío, no sobre ajedrez, sino sobre historia, lo hizo con esa mirada que anuncia un jaque mate inevitable, con ese mismo gesto que usa conmigo.
Hoy después del torneo, le dije que ganar no lo es todo, que a veces hay que dejar que el otro mueva primero. Me observó como si hubiera dicho la cosa más estúpida del mundo y tuve miedo.
Ahora duerme. Desde la puerta lo observo con el ceño fruncido incluso en sueños. Tal vez está jugando una partida invisible. Yo me repito que está bien, que al menos tiene una pasión. Me repito que lo importante es que piense rápido, que sea seguro. Me repito tantas cosas y, mientras lo observo, comprendo que no importa lo que le diga, este juego ya está perdido: él no cambiará.
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