El título de esta conferencia: Literatura y metamodernidad en Cancún: leer y escribir la realidad en el siglo XXI, obliga a tratar de responder de inmediato a dos preguntas implícitas en él: ¿qué significa leer y escribir la realidad de Cancún en el siglo XXI? ¿Por qué habría que pensar esa respuesta —como lo sugiero yo— desde este novedoso concepto: metamodernidad? Un concepto que intenta describir un cambio cultural que aún no comprendemos del todo (porque estamos en la cresta de dicho cambio, que es una revolución digital, principalmente); un concepto que exhibe una nueva sensibilidad estética y crítica situada entre el modernismo y el posmodernismo. Un concepto que busca reconciliar las tensiones y contradicciones inherentes a esos periodos mencionados, que lo preceden. Para irnos entendiendo, permítaseme esta analogía: con el metamodernismo ocurre lo mismo que con las revoluciones sociales que desplazan a un antiguo régimen (tal como ocurre en México en este momento histórico): en sus inicios el nuevo régimen no termina de llegar, mientras que el antiguo orden nunca termina de irse del todo.
No se crea que haré un desarrollo teórico de estos conceptos: en todo caso, empezaré más adelante a dar algunos ejemplos que supongo nos permitirán entender en qué momento nos encontramos como creadores de literatura en un lugar como Cancún y en un momento como este, el del inicio del segundo cuarto del siglo XXI. Y para ello, partiré de mi experiencia personal no solo como coordinador de talleres de lectura durante veinticinco años sino como presunto escritor, y adicto lector. Porque en mi caso, la vivencia de la lectura —primero por placer, desde mi adolescencia, luego por vocación cuando pretendí emular a quienes leía, más adelante por adicción casi culposa, y, finalmente, por ocupación laboral como editor, algo muy gratificante sin duda— me ha permitido seguir de cerca los varios fenómenos literarios globales en el mundo (con sus ramificaciones y sus vertientes locales y regionales en cada país, los cuales aportan características propias a dichos fenómenos). Estos movimientos literarios son el romanticismo (finales del siglo XVIII), el realismo y naturalismo (siglo XIX), que da pie a las vanguardias (siglo XX), la literatura norteamericana y el boom latinoamericano; luego el posmodernismo (finales de los 60 y 70) y ahora el metamodernismo del siglo XXI. No incurriré por supuesto en la imprudencia de definir todos estos movimientos ni de enumerar a los autores representativos ni a sus obras, pues se requeriría todo un seminario para cada uno de ellos. Pero asumo además que de alguna forma ustedes, si son lectores asiduos y comprometidos, conocen ya al menos a las figuras más distintivas de estas corrientes y han visitado sus obras más relevantes.
Pero para la entrada en materia de esta exposición, para intentar dar respuesta a las dos preguntas enunciadas, sí es necesario detenerse en recordar las características formales del posmodernismo que revolucionaron la representación de la realidad en el último tercio del siglo pasado. Si el modernismo literario y las vanguardias de principios del siglo XX dinamitaron las formas establecidas por el realismo (sobre todo por el realismo francés del siglo XIX) y de la mano de Flaubert y Madame Bovary exploraron las nuevas posibilidades de expresión literaria, la literatura posmoderna, surgida después de la Segunda Guerra Mundial, exacerbó aún más los cuestionamientos de la objetividad y desacreditó de manera inquietante la capacidad del lenguaje para representar el mundo de manera fidedigna.
Si el modernismo y las vanguardias no sólo rechazaron la tradición y experimentaron de manera radical con el tipo de narrador y el punto de vista, sino que exploraron a fondo la subjetividad de la mente a través del monólogo interior y el flujo de conciencia, con lo cual la relación de individuo con el tiempo exterior e interior se transformó, el posmodernismo llevó más lejos ese rechazo al cuestionar incluso la fiabilidad de estos narradores a los cuales declaró no solo subjetivos sino contradictorios o incluso engañosos, y con ello introdujo una bomba central de este movimiento en la representación de la realidad: la relatividad de la verdad, con lo cual el lector quedó a la deriva.
Si el modernismo se caracterizó por una seriedad política combativa y desafiante para romper con el conformismo del lector, e incorporó la dimensión política y social a las obras, utilizándolas como herramienta para la crítica y la transformación de la sociedad, el posmodernismo se decantó por el escepticismo y la ironía, por la parodia y el pastiche para impugnar la viabilidad de esa ambición y desacreditar la autoridad de las narrativas tradicionales.
Pero las aportaciones más radicales del posmodernismo, las que no se hallan en ninguno de los movimientos mencionados y que establecen un signo de identidad novedoso y definitorio pueden resumirse en cinco elementos, que hoy son parte inherente del quehacer del escritor contemporáneo: estos cinco elementos son: la intertextualidad, la metaficción, la fragmentación, la ironía y la mezcla de géneros. Y aquí permítanme un paréntesis. Esto no quiere decir que no hubiese antecedentes ilustres al respecto en cualquiera de esas categorías. Pensemos tan solo en Cervantes. Recordarán que en El Quijote la intertextualidad es parte nodal para explicar la locura del personaje (pues su aventura emula a las novelas de caballería, a las que menciona explícitamente y con las que dialoga a menudo en su andar por los caminos de la Mancha; y la metaficción igualmente aparece cuando el narrador de Cervantes, dentro de la segunda parte de la obra (la publicada en 1615) menciona la primera parte de su propia creación (la que ya circula, publicada diez años antes, en 1605) acerca de la cual dialogan Sancho y el Quijote.
O el otro caso célebre como anticipación notable de esta tendencia, sorprendente por sus audacias formales y temáticas, el de Miguel de Unamuno, que en una novela llamada Niebla, de 1914, una novela modernista experimental, anticipa la metaficción como estrategia ficcional hasta en cinco niveles: por ejemplo, cuando pone a uno de sus personajes a escribir el prólogo de la obra donde explica la teoría de la literatura del propio autor y habla de la definición de "nivola", el género que inventó el propio escritor; o cuando el propio Unamuno, el autor de la novela, aparece en el epílogo escrito por Orfeo, el perro del personaje. O cuando se borra la línea entre la realidad y la ficción en el momento que Unamuno se mete dentro de la obra ficcional, dialoga como personaje con el protagonista, quien así descubre que es sólo un ente de ficción.
Pero estas son excepciones y no la regla. En realidad, la intertextualidad, la metaficción, la fragmentación, la ironía y la mezcla de géneros aparecen como una tendencia muy reconocible en la mayoría de las novelas importantes publicadas en la segunda mitad del siglo XX. Una lista de estas obras, aun siendo selectiva, daría una larga enumeración:
Si una noche de invierno un viajero, de Ítalo Calvino; Ciudad de cristal, de Paul Auster; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; Tres tristes tigres, de Cabrera Infante; Los soldados de Salamina, de Javier Cercas; Rayuela, de Julio Cortázar; El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrel; Noticias del Imperio, de Fernando del Paso; El nombre de la rosa, de Umberto Eco; Recuerdos del porvenir, de Elena Garro; Antagonía, de Luis Goytisolo; El tambor de hojalata, de Günter Grass; Canción de tumba, de Julián Herbert; Trabajos del reino, de Yuri Herrera; Sumisión, Houellebecq; El verano sin hombres, de Siri Husvedt; El mundo según Garp, de John Irving; Los restos del día, de Kasuo Ishiguro; Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco; La vegetariana, de Han Kang; Una tumba para Boris Davidovich, de Danilo Kiss; La trilogía de los gemelos (Claus y Lucas), de Agota Kristoff; Cerca del corazón salvaje, de Clarice Lispector; Desierto sonoro, de Valeria Luiselli; El orden natural de las cosas, de Antonio Lobo Antúnez; Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; Beloved, de Toni Morrison; Beltenebros, de Antonio Muñoz Molina; Kafka en la orilla, de Murakami; Lolita, de Nabokov; El viajero del siglo, de Andrés Neuman; Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo; El hombre que amaba los perros, de Padura; Me llamo rojo, de Orhan Pamuk; Diccionario jázaro, de Mirolad Pavic; La vida instrucciones de uso, de George Perec; Respiración artificial, de Ricardo Piglia; La vida conyugal, de Sergio Pitol; Tinísima, Poniatowska; Delirio, de Laura Restrepo; Nadie me verá llorar, de Rivera Garza; La mancha humana, de Philp Roth; El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy; Luces artificiales, de Daniel Sada; La pesquisa, de Juan José Saer; Uno soñaba que era rey, de Enrique Serna; El amante del volcán, de Susan Sontag; Nada de Janne Teller; Sobre los huesos de los muertos, de Olga Tokarczuk; Elogio de la madrastra, de Vargas Llosa; Diablo Guardián, de Xavier Velasco; El testigo, de Juan Villoro; En busca de Klingsor, de Jorge Volpi.
Todas estas novelas, que pertenecen cada una a un tipo de novela específico, comparten, sin embargo, ese espíritu posmoderno y esos elementos que definen la nueva representación de la realidad. Pero hay algunos escritores que ya se encuentran encabalgados entre la posmodernidad y la metamodernidad. Pienso, por ejemplo, en Mircea Cartarescu y su Nostalgia, de 1993, una obra metamoderna que explora la memoria, la identidad y la realidad a través de cinco relatos interconectados. Su prosa poética y onírica, mezcla lo real y lo fantástico, y desafía las convenciones narrativas al fragmentar la estructura de la obra y al romper de manera retadora el tiempo lineal, todo ello para explorar temas como la infancia, la juventud, la vejez y la muerte. Pienso en Julian Barnes y su novela El loro de Flaubert (1984), que no solo comparte elementos posmodernos (la autorreferencialidad y la fragmentación narrativa), sino que reflexiona sobre la literatura misma, sobre el acto creativo, sobre la biografía literaria (la vida personal del autor, las cartas a su amante, su enfermedad y vida sexual y su influencia sobre la obra), y sobre el papel del lector y del crítico al presentar a un personaje obsesionado con la literatura de Flaubert y con la búsqueda del loro disecado que inspiró el cuento Un corazón sencillo. La novela plantea preguntas sobre la verdad, la ficción y la identidad, y busca superar la dicotomía entre modernidad y posmodernidad al trascender el mero juego intelectual para adentrarse en la experiencia humana y la subjetividad, lo que la sitúa en la corriente metamoderna. Pienso en Valeria Luiselli, que con Desierto sonoro (2019) incorpora técnicas experimentales que no existen en la literatura posmoderna: el archivo como memoria, la conciencia de la propia construcción de la realidad, la autorreferencialidad extrema (que ficcionaliza la autobiografía), y todo ello sin la ironía posmoderna, sino con una mezcla de nostalgia y esperanza, humor y sinceridad. Desierto Sonoro combina elementos de la novela de viaje, el ensayo, el documental y la autoficción, creando una obra híbrida que desafía las etiquetas tradicionales para presentarnos una visión personal y emocional de la experiencia migratoria, la crisis familiar y la búsqueda de identidad. Y pienso, sobre todo, en Juan Francisco Ferré, que con su desafiante novela Karnaval (2012) inaugura lo que él llama la literatura mutante. De hecho, él pertenece a un movimiento literario surgido en España llamado La luz nueva, que ha creado una estética que combina el exceso simbólico provocado por los medios de comunicación de masas y el énfasis en la sobresaturación de la cultura pop (en rechazo a la “alta cultura”), y que se denomina a sí misma “literatura zapping”, y que comparte con el posmodernismo la fragmentación, la mezcla de géneros y disciplinas, pero incorpora el collage, los documentales falsos, la apropiación abierta de textos ajenos en nombre de lo que se llama el "noble arte del reciclaje". Algo importante que cabe mencionar es que ya muchos de estos escritores metamodernos practican la literatura electrónica del blog sin aparecer nunca en papel, o publican en editoriales minoritarias y abominan de la literatura convencional.
Estos autores quieren distinguirse claramente de "los escritores comerciales o autores tardomodernos", como los llaman, aferrados a los géneros clásicos que apuestan por un tipo de literatura de molde convencional. Es común a todos estos escritores mutantes la crítica al poder de la imagen y de los massmedia. Karnaval más que una novela, es un artefacto literario que ya pertenece al realismo metamoderno donde predomina el discurso más que la fabulación. Es un testimonio ficcionalizado, un ensayo y una alegoría. Quizá es la novela híbrida satírica y alegórica más corrosiva y crítica del mundo actual que he leído. Es lo que se llama una hipernovela donde cabe todo. Porque a partir de un hecho real ocurrido en 2011 —el famoso caso de Dominique Strauss-Khan, el director gerente del Fondo Monetario Internacional acusado por abuso sexual en contra de una camarista guineana—, Ferré construye un personaje oscuro y ambiguo, cuyas facetas de vida se cuentan en diversas situaciones, pero todas recalando alrededor del hecho central ocurrido en la recámara del hotel donde se llevó a cabo el atentado sexual, hasta proyectarlo como un símbolo mayor: el personaje se convierte en un dios metamoderno, a la manera de Dionisos, el dios griego del vino, la fertilidad, la diversión, el teatro y el éxtasis. Karnaval es una novela ensayística, que reflexiona sobre tres fenómenos actuales: el impacto de los medios de comunicación manejados por quienes tienen el poder económico y político; la sociedad del espectáculo (el cine, la cultura de la imagen, el marketing, la publicidad, las nuevas tecnologías); la idea de simulacro, que culmina un proceso sustitutivo: la copia del objeto real se independiza del original de tal modo que el original deja de existir: la hiperrealidad sustituye a la realidad; y, finalmente, es una alegoría del mundo actual, este mundo donde vivimos atrapados entre el neocapitalismo, el exceso de información y la manipulación a través de esa información. En este sentido Karnaval es una hipernovela porque intenta abarcar todos los temas desde la perspectiva de la metamodernidad: erotismo, política, metafísica, economía, historia, moda, burguesía, revolución, cibernética.
Para mí, esta novela es la más radical transición hacia una literatura metamoderna, esa literatura que surge a comienzos del siglo XXI como una respuesta (o superación) tanto del posmodernismo como del modernismo, pero que utiliza elementos propios de estos movimientos hasta exacerbarlos de manera a veces insoportable para el lector por su complejidad: mezcla de géneros y registros (alta y baja cultura), extremada fragmentación, metaficción que exige un lector muy informado, parodia de la sinceridad moderna y la ironía posmoderna, conciencia de estar creando un artificio, y, sobre todo, un elemento que yo considero transformará la manera de escribir literatura a partir de la segunda mitad del siglo XXI: el uso de la tecnología digital, la hiperconectividad y el diálogo inquietante con la inteligencia artificial.
Hay que detenerse en este punto: la inteligencia artificial no es en sí una característica definitoria de la literatura metamoderna, pero sí aparece ya en muchas obras contemporáneas asociadas a esta sensibilidad estética en tres niveles: como tema o motivo narrativo, como herramienta de creación literaria o como símbolo de la complejidad ética de nuestro presente.
Por ejemplo, como tema o motivo narrativo, la novela de Kazuo Ishiguro llamada Klara and the Sun (2021) narra la historia de una Inteligencia artificial diseñada para ser "amiga artificial" de una niña, una IA que observa el mundo con ingenuidad, amor y asombro. Aquí la IA infantil reflexiona sobre el amor y la conciencia. ¿Por qué es metamoderna?: porque el relato oscila entre lo mecánico y lo místico (la IA reza al sol) y la voz narrativa mezcla la lógica algorítmica con una ternura casi poética, con una sinceridad emocional profunda, sin renunciar a la ambigüedad. Todo ello para hablar de un tema inquietante para la ética científica: ¿puede una máquina amar? ¿Qué es el alma ante la IA?
O la novela de Ian McEwan, Máquinas como yo (2019) donde el autor especula sobre una historia alternativa con androides morales con una poética narrativa que cuestiona si una IA puede tener "alma", deseo o independencia narrativa. La historia ocurre en un Reino Unido alternativo, donde un hombre compra un androide llamado Adam, que desarrolla una conciencia moral ambigua. La metamodernidad está en que se trata de una historia alternativa que no solo agrega IA, sino que plantea dilemas éticos para crear una nueva fusión de géneros, donde el algoritmo es ya un género literario propio. Aquí la IA se presenta como más ética que los humanos y replantea una pregunta: ¿qué nos hace humanos si las máquinas son más coherentes que nosotros?
Ahora bien, como herramienta de creación literaria es mucho más inquietante. Ya existe una corriente de escritores que usan IA como coautora, como generadora de textos, o incluso como personaje autorreflexivo. Es decir, estamos ante la autoría híbrida, una narrativa que oscila entre el humano que escribe y la máquina que colabora, entre lo humano y lo maquínico, lo espontáneo y lo algorítmico que usa sensores, cámaras y algoritmos para “sentir” el mundo. Por ejemplo, existe una novela llamada The Road (2018) de Ross Goodwin, una novela generada en tiempo real por una IA durante un viaje por carretera. La IA fue entrenada por la autora para parodiar la novela de Jack Kerouac, En el camino (1957), con lo cual la escritora une tres movimientos: la modernidad y la posmodernidad bajo un filtro metamoderno. Y, aunque no lo crean, según información de la propia IA (lo cual es metaficción digital), el resultado es un texto poético, errático, sorprendente, para reflexionar sobre el viaje interior de una IA como espejo distorsionado del alma humana.
Y la IA como símbolo de nuestro presente hipercomplejo aparece en una novela de Jeanette Winterson, Frankissstein: A Love Story (2019) que es una reescritura poshumana de una novela del romanticismo inglés escrita doscientos años antes, Frankenstein (1818), con personajes actuales que crean cuerpos artificiales e IAs enamoradas. La autora logra así una obra metamoderna que mezcla un texto clásico, el Frankenstein de Mary Shelley, y una visión futurista para generar un diálogo entre lo espiritual y lo artificial, lo transgénero y lo transhumano y explorar un tema inquietante: ¿puede el alma sobrevivir a la muerte si se carga en un chip?
Y, por último, el caso de poetas que se unieron para crear en colectivo un libro llamado Tristan Tzara AI / GPT-3 Poetry Projects que usaron GPT-3 y otros modelos de IA para generar poesía colaborativa, a veces como crítica, otras como homenaje y pusieron varios temas sobre la mesa: uno, hasta dónde llegan los límites de la autoría; otro, la desconfianza que genera el poder de la IA, pero también la fascinación al unir diversas variables: la emotividad poshumana, lo mecánico y lo espiritual, el progreso técnico y la nostalgia humanista. En este sentido, la IA funciona como una metáfora del sujeto contemporáneo, descentralizado, automatizado, pero en búsqueda de sentido.
Así lo han entendido escritores como Rie Kudan, una autora japonesa que confesó haber utilizado ChatGPT durante la escritura de su novela The Sympathy Tower, después de recibir el prestigioso Premio Akutagawa, lo cual ha generado debates sobre el papel de la inteligencia artificial en la expresión artística y sus implicaciones éticas en la industria literaria donde marca un precedente. La novela de Kudan explora dilemas éticos en torno a un arquitecto encargado de construir una prisión de alta tecnología en Tokio, donde la inteligencia artificial desempeña un papel central. Kudan no solo ha admitido el uso de la IA en la creación de la trama, sino también para consultas personales, revelando que reflejaba sus emociones en el personaje principal cuando la inteligencia artificial no respondía como esperaba.
Ahora bien, esto ha generado otro tipo de controversia en relación con el uso de inteligencia artificial en la creación artística y los derechos de autor. De hecho, se sabe que más de diez mil autores han instado a la industria de la IA a obtener consentimiento y compensar justamente a los creadores cuyo trabajo se utiliza para entrenar modelos de lenguaje. Hay que recordar que los algoritmos se nutren de la información que nosotros subimos a la red, y la IA la procesa, la ofrece, y de ella nos beneficiamos todos, sin ofrecer crédito alguno.
Los escritores de Cancún no estamos ajenos a estas nuevas realidades, incluso en su aspecto más básico: el de las herramientas que utilizamos para escribir. Hoy también estas herramientas son digitales. Son softwares de redacción que cambian drásticamente el proceso de la escritura. Ya no se trata solo de herramientas que ayudan a evitar errores gramaticales y ortográficos (estas las usamos todos los días desde hace décadas), sino de softwares de edición para la creación de contenido. Originalmente enfocadas a los equipos de marketing, hoy en día más escritores de literatura y poesía no solo los utilizan para detectar fallas de sintaxis en un texto o un posible plagio, sino para obtener sugerencias de estilo e interactuar con un editor inteligente que te señala las frases más complejas o difíciles de leer, problemas estilísticos como el exceso de adverbios o el uso de la voz pasiva o incluso la sugerencia de estructuras narrativas complejas para el manejo de la línea argumental del tiempo. Con ello, podría anticiparse que estamos ante el fin inminente del corrector de estilo y a la transformación de la figura del editor, figura externa en el proceso de la producción del libro. De hecho, la frase: “el arte está en la edición” tendría que repensarse como “el arte está en la edición digital”.
Sin embargo, más allá de estas realidades tecnológicas, que se suman a las herramientas ya existentes para optimizar nuestro trabajo, regreso a la pregunta inicial: para los escritores cancunenses, ¿qué significaría leer y escribir la realidad de Cancún en el siglo XXI? Y tal vez con lo dicho hasta aquí acerca de la metamodernidad, podremos intentar una respuesta. Para irnos acercando a ella, primero dejémonos imbuir por las sugerencias de la metáfora: “leer la realidad”. Para mí, leer la realidad significaría incursionar de manera muy crítica en un proceso de comprensión de nuestro entorno. Implica analizar críticamente las relaciones sociales, económicas y políticas que nos configuran. ¿Realmente comprendemos el mundo cancunense que nos rodea desde una perspectiva crítica? Yo respetaría a un escritor cancunense que además fuera un investigador y un periodista, que se atreviera a proyectar desde la ficción las estructuras de poder, las relaciones sociales, las dinámicas económicas y las condiciones políticas que afectan la vida de las personas utilizando los elementos metamodernos para la representación de esa realidad.
El mes pasado en este mismo espacio, el escritor David Anuar trató de responder a la pregunta: ¿qué significa ser escritor quintanarroense? Quienes presenciaron su exposición recordarán que primero señaló todo aquello de lo que carecemos quienes bregamos en el quehacer literario de la entidad. Enumeró pues primero las carencias: hay poco o nulo apoyo institucional para los escritores; no hay premios literarios institucionales ni privados; se publica poco y con dificultades; se ha propiciado malamente la autopublicación (un fenómeno que solo sostienen quienes tienen algo de recursos); hay pocos centros formativos realmente auto sustentables y ninguna escuela de escritores. Y luego habló de las tres características que nos definen como creadores literarios en esta zona del país: la tradición abierta, la tradición en formación y la tradición inventada. La tradición abierta es aquella que más nos caracteriza en una entidad formada por inmigrantes: la mayoría de los escritores que habitan este lugar provienen de diversos ciudades y estados de la república y cada uno carga un equipaje personal de lecturas, escrituras e idea de la promoción personal a través de las redes digitales (especialmente las jóvenes generaciones). Luego la tradición en formación, la más interesante, es aquella que incorpora al lugar al que llega sus vivencias y lecturas y las fusiona con lo ya existente: es decir, los escritores no nacidos aquí se nutren (o deberían hacerlo) con el conocimiento de lo ya existente en el lugar de llegada en materia de literatura: por eso él recomendaba leer a los autores que constituyen la literatura de Quintana Roo, y mencionó a los autores correspondientes. Y, finalmente, la tradición inventada: aquella que se va construyendo de manera deliberada y que incluye las dos tradiciones ya mencionadas (la abierta y la de en formación). La tradición inventada es aquella que se construye con el cúmulo de lecturas personales, elegidas por cada escritor, para conformar su propio sistema de rituales cognoscitivos, con un proyecto creativo específico a fin de darle a cada uno un sello personal, un estilo distintivo e íntimo, y agregar valor al sistema literario de Cancún. Yo agregaría en la tradición inventada la lectura de las obras metamodernas más relevantes y retadoras a fin de ejercer una lectura de la realidad del siglo XXI cancunense de manera más crítica, más sorprendente, más reveladora.
Actualmente, existe en Cancún un movimiento literario ya reconocible, un movimiento literario que más allá de su multiculturalidad evidente muestra valores formales y estructurales que hay que atender y que no han sido suficientemente visibilizados en la localidad ni atendidos desde una perspectiva crítica (otro de los grandes vacíos en nuestro sistema literario: no hay críticos literarios en Cancún). Por ejemplo, hay unos diez o quince escritores ya formados que marcan la pauta de la literatura en Cancún; hay también una cantidad importante de escritores activos (aquellos que se acercan y se alejan por temporadas del hecho literario); hay además escritores emergentes que no cuentan aún con un libro publicado pero que aparecen en varias antologías; hay una decena de grupos y talleres literarios en activo que juegan un papel importante en la dinámica del sistema literario cancunense, que en conclusión se puede definir como muy diverso, copioso y hasta cierto punto caótico.
Debe advertirse que este conglomerado de autores crece y decrece debido a la movilidad propia de Cancún que no siempre propicia el arraigo y que permite detectar un fenómeno incuestionable que vive el sistema cultural de la ciudad: el surgimiento espontáneo e imparable de aspirantes a escritor, principalmente debido a la profusión de talleres literarios, talleres de lectura, grupos culturales y, sobre todo, las memorias colectivas de los talleres creativos.
Pienso, finalmente, que estamos en un momento de enorme relevancia para el crecimiento del sistema literario de Cancún. Un momento que me permite avizorar el surgimiento de una nueva literatura local de interacción dialógica, que conversara con el pasado y nuestro presente de vértigo y que involucrara cada vez más a los lectores: una literatura donde los lectores se sintieran más participativos en el acto creativo para construir una comprensión colectiva de la realidad en común. Esperaría una literatura más provocativa. Es decir, una literatura cancunense más audaz, más anticonvencional, más metamoderna.
Miguel Ángel Meza
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