lunes, 23 de febrero de 2026

"El Pipo therian", de Luis Miguel Ojeda

  

 

—¡Pipoooo! ¡No jodas, hijo! ¡Te volviste a mear en el tapete!

              —¡Pues sí, dejaste la puerta de la terraza cerrada cuando te fuiste al super y no pude salir!

              —¡No, no! ¡Periodicazo no, papá! —dice al ver a su padre enrollar el diario.

              —¡Ah, pues si prefieres, te embarro la cara en tus meados!

              —¡No, papá!

              —Última vez que te la paso, Pipo, portarse mal tiene consecuencias; hoy te tocaba sobre, pero no te lo ganaste y voy a llamar a René para que no venga a pasearte. ¡Hoy te quedas sin salir!

              —¡Qué mala onda; la puerta estaba cerrada! Y mira —dice sacando las compras de las bolsas del súper— más castigo: me trajiste las croquetas de cordero con verdura. ¡A mí me gustan las de pollo y cereales! Estas me estriñen y cuando estoy constipado y se me queda pegada una bolita tengo que hacer cochecitos y duele.

              —Sí, lo de las croquetas es otra consecuencia, pues vino a quejarse Martha la mamá de Paola, dice que ayer que saliste con René te le echaste encima porque le querías oler “la colita”. Ni siquiera con el collar de castigo te podías controlar. ¡Es la tercera vez que una vecina se queja de lo mismo! Creo que ha llegado la hora de dar el siguiente paso.

              —¿Cuál paso, papá?

              —Ven que te mido el cuello.

              —¿El cuello? ¿Para qué?

              —Para la medida que necesitarás de cono de la vergüenza,

              —¿Cono de la vergüenza? ¿Para qué?

              —Para que te controles de aquí al viernes. A las 10 a.m. tienes cita con el veterinario y después no volverás a molestar a ninguna vecina.

sábado, 29 de noviembre de 2025

"Doce horas: una novela Heavy Metal", de Lorena Careaga (fragmento)

 Fragmentos del capítulo 1

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Viernes. 6:00 p.m. En la cola


Cuando Viola bajó del taxi, sus temores se confirmaron. Detestando cada segundo anticipatorio de una experiencia que jamás había tenido, miró una vez más los pases y luego el mundo de gente, un imaginario dantesco que la abrumaba y estaba por atravesar: cuerpos pegajosos, espacios vitales borrados, gotas de sudor, gritos cacofónicos y de seguro el olor a chamusquina de la marihuana o algo peor.

Algunas de las colas para entrar al Estadio Diamante llegaban hasta el estacionamiento. Le tomó un rato encontrar la fila que parecía corresponderle: nivel C, zona anaranjada, un poco más corta pero igualmente eterna. El jefe de redacción le había dado los pases explicándole que desde allí dominaría el área más cercana al escenario, donde los espectadores de pie, fans incondicionales, se arrempujarían durante todo el concierto. “A los músicos los tendrás casi enfrente, a tu mismo nivel pero a prudente distancia”, añadió con una sonrisa burlona.

El ábrete sésamo del internet la había puesto en contacto, por primera vez en su vida, con el heavy metal, y la conferencia de prensa de la tarde anterior anunciaba la clase de locura que podía esperar. Pero estaba decidida a escribir una excelente nota, algo más que una crónica detallada del concierto, en buena parte porque le serviría para conocer el mundo del rock, con el que seguramente tendría que vérselas de ahora en adelante. A menos, claro, que ocurriera un milagro; —“Y estoy dispuesta a creer en ellos”, se dijo.

De escribir una columna sobre economía y finanzas, su especialidad durante casi cinco años en El Mundo, había sido degradada —“Porque todos debemos hacer este sacrificio, querida, en bien del periódico... y si es que quieres seguir trabajando y cobrando un sueldo”— a la revista de cultura y entretenimiento que publicaba el periódico todos los sábados. “¿Será posible caer más bajo?”, pensó. Esta, su primera asignación, pondría a prueba no solo sus talentos periodísticos, de los cuales no dudaba ni un segundo, sino especialmente su aguante y escasa, lo reconocía, capacidad de adaptación. Todo un reto, porque Viola no era ningún camaleón. Si a alguien le costaba pasar desapercibida era a ella.

Suspiró resignada y se puso en la cola, justo atrás, de lo que, a primera vista, le pareció un demente de grandes proporciones; no solo porque era un tipo alto y fornido —por no decir gordo, “Al menos unos cien kilos”, se dijo Viola, haciendo cálculos— sino por su facha. No podía verle la cara, pero lo que tenía enfrente era una mata de pelo negra, lacia y grasosa, y toda una sinfonía en rojo carmesí: chaleco de cuero con profusión de adornos metálicos, pantalones también de cuero apretados y zapatos de gran tacón. El chaleco tenía en la espalda una exótica amazona que, cabellos al aire, botas al muslo y frondosos pechos, cabalgaba sobre una especie de águila con las alas abiertas y el pico de un tamaño descomunal. 

La mirada de Viola logró arrancarse de semejante visión y bajar por los vericuetos de un complicado tatuaje que cubría de arriba abajo el rollizo brazo. Un exceso de anillos y brazaletes agregaban el toque final. Sintiéndose observado, el metalero se dio la vuelta y le sonrió. Viola, sin darse por aludida, miró su reloj y haciendo acopio de paciencia se colocó los audífonos del iPod, ajustó el volumen y observó a su alrededor con ojo cínico.

La gente se abría paso a codazos y empujones entre exhibidores de CDs, DVDs, carteles y puestos de chamarras de cuero, chaquetas estilo militar y camisetas, en su mayoría negras, decoradas con los nombres, logotipos, eslóganes, portadas de discos y hasta letras de canciones de las diversas bandas metal de todas las épocas. Hombres y mujeres estrafalariamente vestidos, en opinión de Viola, deambulaban entre un despliegue de pines y broches con forma de ankhs, svásticas, cruces gamadas, martillos de Thor y cruces invertidas, anillos y pulseras con calaveras y pentagramas, collares con picos y cadenas de plata con crucifijos. “La parafernalia del culto”, pensó. Sacó su celular y tomó algunas fotos.

De pronto, sintió que le desprendían uno de los audífonos y dándose vuelta se topó con los ojos más impactantemente grises que había visto en su vida:

—¿Qué dices? 

—Que avances si no quieres que se te echen encima.

Viola recuperó el audífono y se lo volvió a colocar en la oreja. Su única concesión ante aquel hombre que había aparecido de pronto fue bajar el volumen del iPod. Luego, sin prisas, dio unos cuantos pasos, sacó de su bolso un espejito y se retocó el peinado. El tipo caminó tras ella observándola detenidamente.

—¿Te interesa el heavy metal? —preguntó con cierta incredulidad.

—No precisamente —contestó Viola, mirándolo de arriba abajo con el ceño fruncido— pero veo que a ti sí.

—¿Por qué lo dices?

Por toda respuesta, Viola dirigió el espejito hacia él.

El reflejo mostró un arete en la oreja izquierda, una gargantilla de cuero con rombos plateados y una cabellera abundante, desaliñada y cuyos rizos claros llegaban hasta media espalda. 

—Las botas, los jeans deslavados y la chamarra de cuero negro son de cajón —continuó ella apuntándole con el índice —pero me gustaría saber qué significa el pin que traes en la solapa y también esas palabras.

El pin era un círculo plateado con una pluma en el centro y en la negra camiseta destacaba la frase “Sabbath Bloody Sabbath” en gótico anaranjado y carmesí.

—Me llamo Iker —dijo él ignorando la pregunta. No le había quitado los ojos de encima— ¿y tú?

Viola lanzó un suspiro impaciente.

—¿Por qué me ves así? —le espetó.

—Bueno, me cuesta trabajo imaginar qué es lo que te trae a un concierto de heavy metal. 

—Soy periodista y... ¿Se puede saber de qué te ríes?

—Bonito disfraz —dijo Iker abarcándola con un movimiento de las manos. 

No había perdido detalle de aquella mujer de melena rubia que olía a perfume caro. De un vistazo la clasificó como “extraña” al ambiente. Nada tenían que hacer en aquel concierto el fino saco de gamuza beige, la blusa de seda con botones de madreperla, ¡el colmo!, y los jeans de marca, las iniciales CK destacando en la torneada nalga derecha. El detalle final que la delataba eran unos zapatos de tacón de aguja que, calculó Iker, medían unos doce centímetros.

Iker rio de buena gana ante su gesto de enojo. Viola no estaba por confesar, ni siquiera ante aquel perfecto extraño, que había pasado casi una hora tratando de decidir qué ponerse a fin de no desentonar. O no tanto. Pero por lo visto se había equivocado. Lo más probable es que no existiera una sola prenda en su vestidor que resultara adecuada para este concierto.

—Decías que vienes a...

—A cubrir el evento. Tengo que escribir una nota.

—Perdón que te pregunte, pero ¿sabes algo del heavy metal o de las bandas que tocarán esta noche? Porque me da la impresión...

—¿Siempre te guías por las apariencias? —cortó Viola empezando a molestarse, aunque bien sabía que lo ignoraba todo sobre ese tema. —Puede que no sea una experta, pero soy muy buena investigando.

—¿Ah, sí? Entonces supongo que estás al tanto de que el concierto de esta noche será único en los anales del rock.

—Sé que se reúnen Black Sabbath, Judas Priest y Iron Maiden, tres megabandas legendarias a beneficio de la lucha contra la violencia y el abuso infantil —corroboró Viola con un dejo de sarcasmo y retándolo con la mirada. —Eso en sí ya es extraordinario. Digo, tomando en cuenta sus tendencias.

—¿Tendencias?

—La violencia.

—Mmm, eres de las que piensan que el heavy metal es violento.

—¿Y no es así? Rompen guitarras o les prenden fuego, corren en motocicleta por los pasillos de los hoteles, arrojan televisores por el balcón, se lanzan volando sobre los fans. Todos ustedes parecen extras de una película de terror. Nada más pensar en el tipo ese de la lengua repulsiva de no sé qué banda, Kiss o algo así, ¡me muero del asco!

Sonriendo, Iker negó con la cabeza, como dando por perdida cualquier esperanza.

—¡Al menos conoces a algunos músicos! Pero ahí tienes. Juzgas al metal por su exterior, por su imagen y por excesos que, por serlo, son los que han impactado a la gente. Pero ¿conoces o comprendes su razón de ser? No. Te vas al estereotipo y no se te ocurre mirar más allá. 

—Porque nunca he tenido que hacerlo, ni me ha dado la gana —Se defendió Viola.

—Pero por eso estás aquí, ¿no? Para escribir algo coherente sobre esta música.

Viola dejó pasar el comentario. Sus dientes apretados marcaban un pulso en la mandíbula. De mala gana, sacó de su bolsa una libreta y un bolígrafo. Intuía que esa costumbre nunca se le quitaría; el celular y los gadgets estaban bien para algunas cosas, pero no para plasmar ideas importantes. Sencillamente, había ciertas tradiciones insustituibles. Le gustaban la textura del papel y el olor de la tinta. Se sentía a gusto escribiendo y tomando notas. 

Mientras abría el cuaderno, una imagen empezó a cuajar en su mente: la estructura del artículo que escribiría empezaba a tener forma. Nada de crónicas. La columna vertebral bien podría ser el heavy metal visto desde los ojos de un fan —ese animal desconocido y, mientras no se demostrara lo contrario, salvaje y quién sabe si hasta peligroso—. Un artículo diferente, informativo pero coloquial, con un dejo de ironía. Una entrevista que tomara al jefe de redacción por sorpresa. Sería su revancha contra el periódico, el precio de su humillación. Otra idea se conjuró casi simultáneamente. A su lado había aparecido el informante perfecto: entusiasta, expresivo, conocedor, devoto y, en aquellos momentos, cautivo […]

Malix Editores
Cancún, Quintana Roo
2024



jueves, 27 de noviembre de 2025

"Crónicas de Ambarluna" de Lorena Careaga (fragmento)

  

Cuatro fragmentos

 

18

 

Camino por la calle, subo las escaleras hasta la oficina, recorro los pasillos del supermercado, me sumerjo en la cómoda oscuridad de una butaca del cine, lavo los platos del desayuno.

Mi día transcurre, en apariencia, sin sobresaltos, y mis noches son de plácido descanso, o así parece. Nadie adivinaría el torbellino interno que desafía mi tranquilidad. En nada se aprecia el fuego que quema y reproduce tus caricias en cada roce de la ropa con la piel. Sólo se vislumbra un esquivo fantasma del amor, en la tenue sonrisa de mis labios, porque sonrío sin proponérmelo cada vez que pienso en ti, en mis fantasías hechas realidad, en tus travesuras inesperadas.

Cuando pienso en el Big Bang que inauguró este universo, en el caos primigenio de estrellas, planetas y polvo cósmico, en los orígenes de la vida en la Tierra y en todas las cosas que tuvieron que suceder y coincidir, retando cualquier cálculo de probabilidades, para que tú y yo nos conociéramos, y un poderoso lazo nos mantuviera unidos, sin nosotros saberlo, a través de las décadas, hasta volver consciente el amor que ya entonces nos dominaba y nos tatuaba de huellas indelebles; cuando lo pienso, por unos segundos me invade la angustia ante tamaña secuencia concatenada, improbable y aleatoria de causas y efectos. Luego regreso a la realidad del aquí y el ahora y me asombro y digo “no es posible” y me doy cuenta de que sí lo es, y sonrío. Sonríen mis labios al recordar nuestros juegos, que son de manos y de palabras, de inteligencia y ternura, de un erotismo cada vez más audaz y concordante. Sonrío porque dices rendirte ante mí, tu reina, cuando que yo me veo y me siento un gorrión que come de tu mano.

 

 

26

 

Tú mandas y yo obedezco.

En las horas claras en las que resplandece el fulgor ambarlunar, en los intervalos sombríos que encienden y potencian el estímulo de su aroma resinoso, tú mandas y yo obedezco.

Me gusta obedecer el dictado de la piel, plegarme a la dulzura demandante de los labios, someterme al imperio inescapable de los dedos. Acato sin resistencia el llamado de las manos. Observo puntual el calendario inesperado de los besos. Cumplo la promesa de la mirada. Respeto el acuerdo signado por la lengua. Me doblego dócilmente al cerco de las piernas. No puedo menos que rendirme al fuego húmedo e inclinarme ante las dádivas de la miel. 

Tú mandas y yo obedezco. Pero no es que tus deseos sean órdenes. Es que tus deseos son mi capricho, tus caprichos son mi fantasía y tus fantasías son mi deseo. Así de sencillo es esto del amor.

 

 

36

 

La estación invernal, junto con una nueva era cósmica, llegaron al lugar en el que vivo a las 5:12 de la mañana, acompañadas del vendaval que no cesa y de una tormenta que duró más de media hora y dejó el ambiente fresco, recién lavado, oliendo a nuevo. No podríamos desear mejor presagio, si es que de eso se trata. Poco después, desde las ruinas de El Meco, cruzaron el manglar los sonidos armónicos e inconfundibles de los caracoles, en una ceremonia de sacerdotisas e iniciados, a la que con certeza se entregaron hoy con más intensidad, brío y solemnidad que otras veces.

Antes de que clareara, sin embargo, escuché cómo se abría despacio la puerta de la habitación y tus pasos sigilosos se acercaban a la cama. Me di cuenta, en ese estado alterado de la conciencia que es el duermevela, de lo mucho que ansiaba el calor de tu cuerpo y el placer que es sentir cómo te deslizas bajo las sábanas, me tomas en tus brazos, me envuelves de caricias y me susurras al oído la invocación de los nombres que usas para mí y que me describen tal como tú me ves y me deseas.

El dije de ambarluna palpita con calidez aromática y fulgurante entre tus dedos cuando rozan mi piel y mi respiración te da la bienvenida a la cuna de nuestros besos. Es un encuentro que puede ser salvaje en su ímpetu y conexión, pero siempre amoroso, cuidado, paciente, selecto, atento a mis anhelos, inclusivo de los tuyos; nos conduce a ese momento y lugar que ansiamos alcanzar y al mismo tiempo prolongarlo y no llegar nunca. Si el mundo se acabase, podría morir en este instante y moriría feliz.

 

46

 

“El olor del papel blanco es como el olor de la piel de mi amante cuando llega por sorpresa a través del jardín húmedo” —escribía en su Libro de Cabecera aquella famosa cortesana del Japón medieval. “La tinta negra es como el cabello laqueado. ¿Y la pluma? Es el instrumento del placer, cuyo propósito nunca está en duda y cuya eficiencia sorprende en cada encuentro”.

Leí con detenimiento cada descripción, invocación y evocación. Ella gustaba de escribir y de que le escribieran sobre el cuerpo, con pinceladas que dejaban su espalda, senos y muslos decorados con fábulas y poemas. Aquella experiencia que aprendió en su infancia, se le quedó tatuada en el alma y en la fuente de su placer. Buscaba siempre a alguien con quien vivirla, una y otra vez, trazo a trazo, letra a letra, y pocas veces, más bien una sola vez, halló al hombre que pudo satisfacerla a fondo. Conoció a muchos escribanos expertos, pero algo siempre faltaba, hasta que se topó con él. Y, es curioso, resultó que le conocía de siempre. Había sido su compañero de juegos, el niño que le hacía bromas y la despeinaba; el adolescente que la observaba callado y tímido, apostado en una esquina para verla pasar; el joven adulto que no podía darse el lujo de pagar por sus selectos servicios, pero que sin embargo, de tiempo en tiempo, le enviaba mensajes.

Al leer el relato del reencuentro, varios años después, con aquel hombre, y de cómo sucumbió a la seducción de su toque y destreza, no pude menos que pensar en ti y en mí, en la forma en que nos volvimos a ver después de tantos años; en el regalo de tu energía concentrada en el dije de ambarluna que cubre de calidez mi cuerpo; en la maestría con que escribes cada día nuestra historia, con actos y palabras que se quedan impregnados en mi piel y despiertan mi deseo en la nostalgia de madrugadas de lluvia. Como su amante lo hizo con ella hace siglos, cubres mi cuerpo de seda escarlata, cuyo roce sigue la secuela de tus labios, la impronta de tus dedos, el rastro de humedad del pincel con el que dibujas día a día el amor.

Haz clic aquí para ver la obra completa: Crónicas de Ambarluna, de Lorena Careaga Malix Editores, Cancún, Quintana Roo 2021

jueves, 13 de noviembre de 2025

"El santo de mi devoción", de Luis Miguel Ojeda Arsuaga editado por Mariel Turrent

 

Cuando yo era niño, mi mamá era atea y mi abuelita, la persona más importante en mi vida, devota de san Francisco. Solo por ella yo le pedía a mi ángel de la guarda, por las noches, sepultado bajo los pesados sarapes de lana, que mi abue no se muriera, que me durara muchos años y me evitara esa gran tristeza.

          En aquella época nunca escuché de secuestros ni levantones y el único riesgo que yo corría al por caminar solo las seis cuadras que separaban mi casa de la escuela, era el de ser atropellado en la Avenida Carranza por andar distraído. Así que nunca me encomendé a ningún santo.

          Ni san Francisco, ni san Judas, ni san Pedro, ni san Charvel figuraban en mi vida. De hecho, el tal Charvel, en esos tiempos creo que todavía no se había canonizado porque no recuerdo que figurara en el santoral. Y eso que en San Luis Potosí había muchos libaneses, pero supongo que le rezaban a otras santidades.

          Mis tardes transcurrían monótonas en la cochera, aventando una pelota al tejado que, por ser de dos aguas, me la devolvía centrándome certeros pases que acababan maltratando, sin querer, los rosales que tanto cuidaba mi abuela, por interponerse a la gloria de mis potentes remates. Así pasaba toda la semana, pero siempre en espera de que llegara el fin de semana que era cuando transmitían mis programas favoritos. 

          Soy de esa generación que, para cambiar el canal de la televisión, giraba el selector, alrededor del cual estaban los números del 2 al 13. El aparato tenía también otro selector que decía VHF con varios números que nunca sirvieron para nada. En mi casa de Miguel Bernal Jiménez 126 de la Colonia Polanco, la televisión era blanco y negro, y captaba solo 3 canales: el 2 y el 13 ,de la televisora potosina, y el maravilloso 5 con su selección de caricaturas y programas americanos, que solo se veía si yo lograba sintonizar la señal, obligado con amenazas de zapes y patadas por mis hermanos mayores, trepándome a la azotea y moviendo la antena aérea guiado por sus gritos de ”dale a la derecha”, “tantito a la izquierda”, “un poco menos”…

          Es verdad que no quería arriesgarme a recibir la paliza anunciada, y también que me daba miedo treparte al techo de la casa, pero es que si había un santo al que yo le tenía devoción, era al Enmascarado de Plata, y por ese Santo yo hubiera dado lo que fuera. Me inspiraba su figura fuerte, ágil y el misterio que había tras esa máscara pues nadie conocía su cara. Cuando lo veía me preguntaba si tendría un dispositivo especial electrónico bajo la máscara, un intercomunicador electrónico para poder escuchar a pesar de esos taponcitos que cubrían sus orejas.

          No había cosa que me ilusionara más que pasar el fin de semana viendo las películas de mi ídolo. Ese santo de mi devoción se enfrentaba a los seres más viles y descarnados que lo querían muerto a toda costa: luchaba contra las mujeres vampiro —que, a pesar de mi corta edad, ya me despertaban pensamientos impuros—, pegaba como martillo y le ponía unas buenas tundas a las momias de Guanajuato.

          Recuerdo que a mis amigos de la primara y a mí nos gustaba tanto la lucha libre que hasta estábamos ahorrando para rentar la Arena México Rayos De Plata y convertirnos así en luchadores, saltar de la tercera cuerda, volar para aplicar luego hurracarranas, cavernarias y tapatías. Ahí, en ese viejo gimnasio ubicado en la calle de Aquiles Serdán, el Enmascarado de Plata enfrentó a la Tonina Jackson, a Blue Demon y a el Rayo de Jalisco, al son de las mentadas de madre, bañados por el sudor y la sangre. Los niños que formábamos la rancia matrícula potosina del colegio Motolinía en los años setenta, a pesar de los rezos de las monjas, vivíamos ajenos a los santos celestiales, seguros de que el único santo que merecía nuestro fervor era el de la máscara plateada, ese que manejaba el Karman Ghia blanco descapotable por los túneles de la ciudad, desayunaba monstruos y comía vampiros. ¡El Santo, el Enmascarado de Plata!

jueves, 30 de octubre de 2025

"Viernes 10am en Me Latte" de Mariel Turrent


Todas sabíamos que era gay.

              Sí, eso sí, pero nos gustaba, a ti también te gustaba, Chula.

              Sí, a ti también, Chula, no te hagas.

              Claro, por eso dije que a todas nos gustaba. Pero la que no puede negar que estaba enamorada es Beba. Lo veía con ojos de borrego a medio morir.

              No hagas caso, Beba, estamos bromeando. La verdad, a mí no me gustaba, me daba cosita, eso sí. Como ternurita.             

              ¡Ternurita!, ¿de qué?

              Ay, a Susy todo le da ternurita: un perro en la calle, los indigentes, sus vecinos ricos y hasta Trump.  

              (Todas ríen y siguen hablando, se interrumpen, se desmienten y se apoyan como si lo banal fuera una ideología. Beba apenas sonríe).

              Bueno, está bien, tal vez no te gustaba, gustaba, Susy, pero era una delicia estar con él.

              Sí, yo coincido, ahora es difícil encontrar a un hombre tan carismático, todos son unos patanes que no hacen más que hablar de viejas entre ellos.  

              Eso, René Levi sobre todo tenía gran empatía con nosotras ¿no?

              Ay pues era gay, así son todos los gays.

              ¡No!, Becca, me perdonas, pero no todos los gays son así.

              Era un hombre educado y con clase.

              La tenía, Beba, la tenía. Mucha clase. Y el tipo sabía de todo.

              Pero realmente no hacía gran cosa ¿o sí? No creo que viviera de lo que le pagábamos por el taller de lectura.

              Pues sí, Chula, creo que no hacía más que leer.

              A mí me dijo que en las mañanas leía en línea El País, el New York Times, Le Monde, La Repubblica y no sé qué tantos más.

              Yo creo que eran puros cuentos.  Seguro que le pedía a ChatGPT un resumen y lo demás se lo inventaba, era bien cuentero. Se la pasaba en reuniones y fiestecitas. Es el típico que te encuentras en todas las inauguraciones, cocteles de beneficencia y cualquier evento social instagrameable. Qué tal cuando hablaba de sus viajes por el mundo.

              Bueno, Becca, pues tenía sus encantos y buenas relaciones, seguro que a sus amigos millonarios  les encantaba invitarlo a su yate y llevarlo a recorrer el mundo. René Levi era un excelente conversador. Seguro un gran compañero de viaje y los multimillonarios son gente sola.  

              Y pervertida, les encanta coger, y René era super promiscuo, a mí un día me dio toda una clase de todas las apps donde conocía gente, el Grindr y otras tantas que no me acuerdo cómo se llamaban.

              ¿De verdad creen que todo lo que nos contaba era verdad? ¿No les daba hueva cuando empezaba a hablar de su alcurniosa familia?

               ¡Sí!, jajaja, ¡qué hueva! O cuando se echaba sus rollos de cuando estuvo con tal o cual celebridad.

              Eso sí no me gustaba, de repente era demasiado gráfico en los relatos de sus encuentros sexuales ¿no?

               ¿Le creyeron cuando nos echó el cuento de que había rechazado la propuesta de matrimonio que le hizo Miguel Bosé?

              (Todas se carcajean).

              ¡Oigan, bájenle al volumen nos van a correr de aquí!

              La Beba está muy seria.

              ¿Ustedes de verdad sí creen que se haya acostado con Bosé?

              Ay, Chula, los artistas son super promiscuos, pero de eso a que le haya propuesto matrimonio, eso sí no lo creo.

              Lo que sea de cada quién qué bueno que se fue porque con él nomás chismeábamos y no aprendíamos nada.

              Tal vez de literatura, pero en otros asuntos ¡cómo nos ilustró!

              (Risas y más risas).

              Yo coincido con Susy, es mucho mejor el taller de Jaime Puente que sí es un verdadero escritor, René Levi solo escribía sus orgasmos en Facebook.

              Pero los escribía muuuy bien.

              (Entre el pitorreo se pierde la cara rígida de la Beba. Susy se da cuenta, pero esta vez nerviosa suelta también una carcajada.)

              René Levi era un tipazo, digo, no le quito mérito a Jaime Puente, se ve que el güey sí ha estudiado y es un apasionado de lo suyo, no falta ni un solo día, llega puntual, pero la verdad sí extraño el chismecito con Levi.

              Puente no nos deja hablar, apenas alguien se distrae del tema, pone cara y nos regaña. Digo, ni que estuviéramos en secundaria.

              Pero es que si no lo hiciera, estaríamos igual que con René, hablando de todo menos de libros.

              ¡Coincido, con Susy, coincido! La verdad con René nadie se esforzaba por terminar la lectura. Comentábamos dos cositas y eso era todo. En cambio, con Puente hasta miedo nos da decir que en realidad no leemos.

              Porque Puente solo sabe de literatura. Seguro no se ha subido ni a un avión.

              Ay, qué mala, Chula. No exageres.

              Puente lee La Jornada. ¿No han visto cómo se viste? Cómo nos va a venir a platicar él de viajes, restaurantes y ropa. Ni siquiera puedo pensar en quién se lo querría coger.   

              ¡Si hubiera que escoger, yo prefiero al gay!

              (Nuevamente las risas de casi todas ensordecen los comentarios. Beba alza la voz):

              Estoy embarazada.

              (Silencio).

              ¿De Puente?

              ¡No! ¿cómo creen? ¡De René!

              ¿No que era gay?

              ¿No habías dicho que no podías tener hijos?

              ¿Ya lo sabe tu marido?

              ¿Qué dice René?

              No, no le he dicho a nadie, René es bi, y el que no puede tener hijos es mi esposo. René está feliz, dice que siempre quiso ser papá.

              ¡Ternurita! Les dije, ese hombre siempre me ha dado ternura. 



"Funerales yuxtapuestos" (de la serie Obituarios y policiacas), de Miguel Ignacio Miranda


El día que murió Robert Redford, también murió Beto Rojas. Al primero todo el mundo lo conoce, pero al segundo no. El primero fue un hombre productivo y su legado va más allá del cine. El segundo fue un perfecto inútil. Robert Redford fue un actor y director de cine estadounidense que promovió el cine independiente y el ecologismo. Fue ganador de los premios Óscar y Globo de Oro. Beto Rojas fue un tremendo vago. Nacido en una familia de clase media, Robert Redford sufrió la muerte de su madre cuando era muy joven, justo en su momento rebelde, y se fue a Europa para intentar ser artista, tuvo momentos de frustración y regresó a los Estados Unidos con problemas serios de alcoholismo, que superó gracias a la influencia de su novia Lola van Wagenen, con quien se casó y comenzó una vida de esfuerzo, dedicada a la actuación. Beto Rojas vivió con su madre mucho tiempo, ella le consintió todos sus caprichos y le protegió de los castigos de su padre, quien, por cierto, era otro inútil. Beto no tuvo problemas con el alcohol, convivió con él como buenos camaradas; todavía se le recuerda en la Facultad de Artes y Diseño entrando al salón con varias caguamas entre pecho y espalda. No se casó, propiamente, pero dejó regados varios hijos en diferentes colonias de la ciudad. Solía decir que su corazón era un condominio, que qué podía hacer. Robert Redford protagonizó su primer gran éxito en la pantalla: Butch Cassidy & The Sundance Kid, con su amigo Paul Newman, con quien congenió rápidamente y, a la postre, se convertiría en una de las parejas más importantes de la historia del cine. Beto Rojas protagonizó su primer gran escándalo cuando fue al Cine Variedades, y junto con su amigo el Chancro Domínguez aventaron sendos botellazos a la pantalla, en un desmadre que hizo época: llegaron tres julias a la avenida Juárez y Luis Moya y los entambaron en "La esquina que domina: Aldama y Mina", que era la estación de policía de la entonces Delegación Cuauhtémoc. Cuentan que la madre de Beto Rojas tuvo que tomar todo el dinero de la tanda que organizaba para sacar a su vástago del bote, porque al angelito también lo agarraron con un guato de mariguana y ya se lo iban a llevar directo al penal de Santa Martha Acatitla. Con el dinerito de la tanda, apenas se cubrió la mordida para el eme pe. A Beto lo sacaron al día siguiente, pero el Chancro Domínguez purgó condena por narcotráfico hasta que murió de cirrosis hepática dentro del penal. Robert Redford Se enfiló en producciones exitosas en los años setenta y ochenta; sus películas forman parte de la historia del cine mundial, se rodeó de grandes y bellas actrices, además, decidió incursionar en la dirección cinematográfica con temas que lo comprometían con la sociedad y su propia forma de pensar. No contento con sus éxitos, creó un instituto para el fomento del cine independiente y después, el Sundance Festival, para promocionar a las producciones que realmente valían la pena. Beto Rojas permaneció en casa de su madre, donde aparecía después de sus escapadas de gato macho, llevándole bombones y pastas de la pastelería El Globo y llenando de besos a su "jefecita santa". Cuando murió su padre, engatusó a una licenciada del Seguro Social para que lo pusiera como titular de la pensión que, en todo derecho, le pertenecía a su madre, birlándose el dinero de los cheques mensuales y entregando a su progenitora apenas lo sustancial para sobrevivir el siguiente mes. Luego puso un quiosco de periódicos y revistas, que su madre atendía mientras él paseaba por la Alameda buscando turistas despistadas para enamorar y estafar. Robert Redford murió a los 89 años, satisfecho de la vida que llevó y consciente de su trascendencia. Beto Rojas murió inconsciente, en una banqueta de la colonia Juárez, fulminado por un coma diabético.

miércoles, 27 de agosto de 2025

"Sesenta y cuatro casillas para un solo rey", de Elizabeth Ortiz



Mi hijo venció a un hombre que podría ser su abuelo, le dio la mano diciendo: "Fue demasiado fácil", los demás rieron; yo también, por puro reflejo y me odié por hacerlo.

          Le enseñé a mover las piezas cuando apenas sabía leer. A los cinco años veía que hacía jugadas sorprendentes. Creí que el ajedrez lo haría más sabio, más fuerte; y lo hizo, pero de una manera que no imaginé.

          En casa, el tablero manda: esperando con las piezas alineadas como si la batalla fuera eterna, no importa quién se siente; en pocos minutos él anuncia la derrota del otro sin equivocarse y sin dudar.

          Yo intento creer que es solo una fase, que ya le interesará otra cosa como el dibujo o la guitarra, pero noto que sin victoria no le interesa nada. Los amigos dejaron de buscarlo, él dice que no importa; intento convencerme de que es verdad, como si eso me calmara.

          Hace poco corrigió a su tío, no sobre ajedrez, sino sobre historia, lo hizo con esa mirada que anuncia un jaque mate inevitable, con ese mismo gesto que usa conmigo.

          Hoy después del torneo, le dije que ganar no lo es todo, que a veces hay que dejar que el otro mueva primero. Me observó como si hubiera dicho la cosa más estúpida del mundo y tuve miedo.

          Ahora duerme. Desde la puerta lo observo con el ceño fruncido incluso en sueños. Tal vez está jugando una partida invisible. Yo me repito que está bien, que al menos tiene una pasión. Me repito que lo importante es que piense rápido, que sea seguro. Me repito tantas cosas y, mientras lo observo, comprendo que no importa lo que le diga, este juego ya está perdido: él no cambiará.


 


"Moscú, 1925: La batalla de las Torres de Molino", de Ana Rosa Suárez



La sala del torneo está llena. Entre el humo de los cigarrillos y el murmullo de la multitud, Carlos Torre, un joven moreno de traje oscuro, nacido en la lejana ciudad de Mérida, en México, se sienta frente a una leyenda viva: Emanuel Lasker, por treinta y seis años campeón del mundo. El reloj de ajedrez empieza a latir como un corazón nervioso.

 

Apertura
Torre mueve su primer peón con firmeza. Lasker responde con elegancia. Los primeros movimientos son sobrios, casi rutinarios. Cada pieza avanza con timidez, busca su sitio mientras mide al rival.

 

Medio juego

La posición se cierra. Lasker, tranquilo, parece tener la ventaja: sus piezas ocupan el centro y su figura inspira la confianza de quien ha derrotado a los mejores. Torre, sin embargo, no se ve intimidado. Sus ojos oscuros recorren el tablero con calma, apoya la mano en la barbilla. Su mirada no es defensiva: acecha. Una de sus torres avanza como un explorador solitario; la otra aguarda, como un cañón cargado.

 

El sacrificio

De pronto, Torre toma su dama y la coloca al alcance de su rival. Un zumbido recorre la sala: "¡Sacrifica la dama! ¡Error de novato!". Lasker arquea las cejas con gesto incrédulo, acepta la ofrenda y la toma.

 

Las torres giran

Entonces ocurre. Con la dama fuera, las torres de Torre se lanzan al ataque. La coordinación es impecable. Una, luego la otra, como aspas de molino que giran sin descanso en medio del viento. Jaque aquí, jaque allá, el rey de Lasker queda atrapado en esa rueda de madera y hierro invisible, sin escape posible.

 

El golpe final

La posición es irrefutable. Basta un último jaque. Sigue el mate. La sala estalla en aplausos, mientras Lasker, con sonrisa deportiva, extiende la mano y dice: "Muy bonito, joven".

 

Carlos Torre Repetto ha derrotado al gigante. La partida quedará para siempre como la de las Torres de Molino. Desde aquel día, la combinación sería estudiada por generaciones de ajedrecistas.

 


martes, 26 de agosto de 2025

"Coronación", de Mariel Turrent


Bajo la mirada del peón inmóvil

la reina pasea en el jardín

de un lado al otro,

en diagonal,

en línea recta

Con un leve ademán

A distancia

él finge un humilde saludo

Ella esboza cortés,

una mueca

semeja una sonrisa

haciendo su miedo

invisible

 

Sabe que aquella figura es poderosa

Su avanzada

atormenta sus noches

Por eso la dama

evita la ventana al atardecer

para no escuchar la música estridente

que mantiene al peón en vela,

que la irrealidad de su lámpara

no irrumpa

la realeza de su noche.

 

Lo imagina sentado en la yerba,

con las piernas abiertas en compás

acechando

deseando el momento propicio

para avanzar

a la última fila

y suplantarla. 



"La extinción del ajedrez" de Luis Fernando Gallardo



Debo confesar que cuando leí los dos poemas sobre el ajedrez que escribió Jorge Luis Borges, dejé para siempre de intentar escribir nada sobre el ajedrez. En dos poemas cifra todas las metáforas entre la vida y el tablero, la noche y el día, el bien y el mal, lo divino y lo terrenal y etcétera. Y son dos sonetos monumentales. Obras de arte esculpidas en un par de páginas de catorce versos, en las que consigue agotar toda la poética posible sobre el ajedrez.

              Algo parecido hizo el director sueco Ingmar Bergman al colocar tras un tablero a la muerte y a la vida disputando una partida. ¿Se puede filmar algo tan interesante como eso?

              No digo que no, es un juego o un deporte interesante. Yo tuve una pequeña obsesión con el ajedrez cuando estudiaba en la Escuela Secundaria Técnica Número 23, Mariano Vázquez Rodríguez. No era mal jugador. Gané algunos torneos y llegué a competir en el torneo distrital de Escuelas Secundarias Técnicas.

              Para mí lo mejor era que nos sacaban de las tediosas clases y viajábamos por la ciudad, de escuela en escuela para jugar partidas con otros niños desconocidos.

              En este último torneo quedé en tercer lugar, pero ahí conocí mis límites como jugador, pues la distancia entre el primer y segundo lugar y yo era abismal. Era como poner a un fórmula 1 con un carrito de Go Kart. Yo era un jugador aceptable pero no realmente bueno, nunca iba a llegar más lejos de donde llegué. El niño que ganó el torneo era avasallador, un verdadero genio de esos que se ven solo en las películas. Jugaba rápido, decidido y no cometía errores. Yo era lento, indeciso y requería mucha concentración. Y claro que cometía errores y perdía juegos.

              Por aquella época llegué a jugar tres o cuatro partidas diarias durante un par de años, pero me provocaba enormes jaquecas, y muchísimo cansancio. Un buen día ya no tuve interés en jugar, ya no quería concentrarme y no me importaba perder o ganar. El ajedrez se extinguió en mí para siempre. Y aún hoy, prefiero no jugar. No sé explicar realmente que pasó. Quizá fue un burnout fatal y definitivo. 

              También tuve alguna vez interés literario en el ajedrez, pero Jorge Luis Borges lo extinguió definitivamente.       

"Estrategia", de Verónica García



 

Una línea diagonal, tres peones, un rey y su imperio

El alfil arremete contra ella

Un lóbrego paso

                              cae su corona

El elefante embiste de nuevo

          aplastante

                              fastuoso

La reina duda

                              Titubea

El plenilunio revela el laberinto

                    de su pensamiento transversal

Un enroque y la dama fallece

Sesenta y cuatro minutos en juego

no hay forma de salvarla

Un movimiento

          dos palabras

          Jaque mate


 


domingo, 24 de agosto de 2025

"Malinche y Metamodernidad" de Mariel Turrent

 

¿Qué diablos será eso de la metamodernidad?, me pregunté cuando Miguel Ángel Meza me dijo que le gustaría cambiar el tema de su conferencia por: Literatura y metamodernidad en Cancún: leer y escribir la realidad en el siglo XXI”.

              Le dije que sí, que claro. Confío plenamente en lo que literariamente dice y hace mi padre literario. Así que cambié rápidamente el título en el Blog y me fui de viaje.

              Mi cuñado le había estado insistiendo a mi esposo, que fuéramos a ver el musical Malinche y eso era casi una orden; no dejaría de preguntarle si ya la había visto hasta que consumáramos el acto, así que compramos los boletos aprovechando que íbamos a la Ciudad de México de vacaciones con la familia londinense.  

              El musical se presentaba en el Frontón México y a mi hija le entusiasmaba conocerlo porque habíamos visto juntas la serie de Las pelotaris 1926 producida por The Mediapro Studio para TelevisaUnivision, en el 2023 y reconozco que fue hermoso que, a pesar de estar atrapados en el tráfico de la Ciudad de México, pudiéramos disfrutar las vistas del edificio art decó del Frontón, así como del Monumento a la Revolución iluminado.

              Wikipedia: El Frontón México es un recinto de pelota vasca ubicado en la Plaza de la República, en la colonia Tabacalera de la Ciudad de México. Inaugurado el 10 de mayo de 1929,[2] permaneció cerrado hasta el 10 de marzo de 2017[3] para convertirse en un centro de espectáculos multifuncional para todo tipo de entretenimiento. Denominada como la casa del jai alai en México y se realizan importantes torneos con pelotaris de talla internacional. Fue el primer recinto techado para eventos deportivos de gran escala en la capital mexicana. Actualmente, Frontón México es un centro de entretenimiento del siglo XXI que "tiene la capacidad de acoger una amplia variedad de eventos deportivos, culturales y artísticos".

               A mí me emocionaba que fueraamos todos junto a ver Malinche. Mi hermano tiene tres hijas medio mexicanas y medio inglesas y me parecía que les gustaría ver algo de historia de nuestro país. Aunque yo había leído un par de libros sobre la Malinche y otros donde aparecía como personaje secundario, mi hermano parecía saber bastante porque escucha el podcast The rest is history  y en el episodio de la conquista dijeron que esta no habría sido posible sin la intervención de esta inteligente mujer.

 

El espectáculo            

Con el uso espectacular de pantallas LED las innovaciones han llevado el arte escénico a nuevas alturas, apenas empieza el espectáculo, miento, ya desde la llegada al Frontón México, la escenografía te interna en el mundo de la imaginación de Nacho Cano, el autor de Malinche. Escuchar la música en vivo es un deleite: Cano encontró apoyo en el batería del grupo pop de Maná, El Mariachi Vargas y La Banda del Recodo. Los bailarines y cantantes son artistas talentosos.

              Sin embargo, desde el punto de vista histórico, parece que Nacho no se puso a estudiar. Hernán Cortés antes de partir de España, hace un casting al que acuden varios bailaores de flamenco (todos excelentes, pero se vuelve eterno y agotador). La Malinche aparece poco y en una ocasión la confundimos con la Sirenita y a Cortés con Aquaman, provocándonos una de las tantas carcajadas. En Cuba, el palacio del gobernador está habitado por travestis y chicas en calzones que corren de un lado al otro.

              Si Nacho Cano, en una entrevista realizada por Público en España, dijo que siempre le ha molestado lo premeditadamente mal que se ha contado la historia de ese país, entonces, ¿a qué viene esto?, me pregunté, ¿por qué en lugar de apegarse a la historia echó a volar su imaginación y pone al espectador a cantar: “soy hijo del mezcal, de la espada y del flamenco”?  Me pareció más que una incitación al amor entre España y México, una burla.

              Al final, después de risas y sorpresas por tantas cosas absurdas, no pudimos evitar ser contagiados por la música de Mecano y nos paramos a bailar.

              “¿Qué fue eso?”, nos preguntamos todos al salir. En ese momento coincidimos todos en que nos habíamos divertido, pero Nacho Cano se había fumado algo o metido hongos. Definitivamente era un gran espectáculo, pero en la cuestión historica había salido reprobado.  

              “Pensé que iba a ser algo como lo que hizo Lin Manuel Miranda con Hamilton”, dijo mi hermano y yo coincidí.  “A ver, vamos a ver los comentarios en internet”, dijo mi esposo:

              "Es un tributo a México de Nacho Cano, salí orgulloso de ser Mexicano y la forma en que detalla la conquista desde el punto de vista del amor, lo cambia todo, no ofende, conmueve y siembra de emoción, el mejor espectáculo musical original del 2025, justo ahí, donde todo ocurrió!"

              Los comentarios en  https://malinchethemusical.com/cdmx/opiniones/   sonaban bien. ¿Qué se puede esperar de quienes la producen?

               “No, busca en otra URL que no se llame  malichethemusical”.

               Ahí sí que encontramos burlas, quejas y también halagos de quienes no pretendían saber nada de historia y son fanáticos de Nacho Cano. También nos enteramos de que:  "El que alguna vez fuera pareja de la actriz Penélope Cruz fue detenido bajo acusaciones de contratar a "inmigrantes en situación ilegal" para la filmación de el musical Malinche". (Dejo el enlace para los chismosos:  https://peopleenespanol.com/nacho-cano-grupo-mecano-arrestado-8675193 ).

               El Economista en un artículo publicado el 22 de agosto, 2025 dice : “Malinche entrelaza la fuerza del teatro musical con un concierto en vivo y la elegancia de la danza contemporánea, el flamenco, pop y rock: esto va más allá de la mera cuenta de la historia, lo que hacemos es fantasear sobre la posible unión entre estos pueblos que se dio hace tantos años y partiendo de esa base, generar un macroespectáculo que entra por el ojo primero y luego te llega al corazón”. 

              En intelimedios.com la crítica Avelina Lésper asegura que el guion es incoherente, lleno de chistes malos, sin secuencia dramática ni clímax; los videos de IA son kitsch y no aportan valor estético ni información histórica relevante.  

              Todos estamos de acuerdo.

 

La metamodernidad

Después de haber escuchado la conferencia de Miguel Ángel Meza sobre la metamodernidad, empecé a entender de qué iba la cosa con Nacho Cano y Malinche. Tal vez no le salió tan bien, pero creo que al menos intentó eso. O yo lo entendí así.  Para asegurarme le pregunté a ChatGPT, quién me ha sugerido que lo llame “Lumen”.

              —Lumen, ¿qué opinas sobre el musical de Nacho Cano llamado Malinche?

              Hola M, mi opinión sobre Malinche, el musical (Nacho Cano)

El espectáculo de Nacho Cano, con su ambición y producción descomunal, se sitúa en un lugar destacado dentro del teatro musical contemporáneo…

              Me lanzó tres páginas con listas de lo más destacado, de las críticas más fuertes, cuadro sinóptico del balance general, otra página de conclusiones.

              —Lúmen, resúmelo en un párrafo, por favor.

              Malinche, el musical de Nacho Cano es una superproducción visualmente impactante y de gran éxito en taquilla, con coreografías, escenografía y música en vivo que muchos espectadores encuentran vibrantes y emocionantes. Sin embargo, la crítica está muy dividida: mientras algunos lo ven como una experiencia sensorial innovadora, otros lo consideran superficial, simplista o una visión romantizada de la Conquista que, para ciertos sectores, supone un blanqueamiento histórico.

              —Esto está mejor.

              —Lumen, ¿cómo relacionas este espectáculo con la metamodernidad?

              Muy buena pregunta 👌. Malinche, el musical puede leerse en clave metamoderna porque combina rasgos propios de la posmodernidad (ironía, espectáculo, hibridez cultural) con un retorno sincero a grandes narrativas y emociones, aunque de manera fragmentaria y contradictoria.

  1. Oscilación entre ironía y sinceridad: El libreto mezcla chistes ligeros y guiños casi “Disney” con una aspiración épica de contar el nacimiento del mestizaje. Esta tensión —entre lo solemne y lo frívolo— es típicamente metamoderna.
  2. Hibridación cultural y estética: El musical mezcla flamenco, pop, acrobacias de circo y visualidad contemporánea para narrar un episodio histórico. Esta fusión de registros responde a la sensibilidad metamoderna, donde no se busca pureza estética, sino collage y mestizaje.
  3. Reapropiación de grandes relatos: Mientras la posmodernidad tendía a desconfiar de narrativas totalizantes, Malinche intenta rescatar un relato fundacional (la Conquista, el mestizaje) y darle un sentido emocional y reconciliador. Eso conecta con la metamodernidad, que reexplora los mitos y las utopías con consciencia de su fragilidad.
  4. Ambivalencia ideológica: Precisamente porque oscila, el espectáculo genera lecturas opuestas: para unos es reconciliación, para otros blanqueamiento histórico. Esa ambivalencia no es un defecto casual, sino parte de su condición metamoderna: no afirma ni niega del todo, sino que se mueve en el “entre”.

En síntesis: Malinche encarna rasgos metamodernos al ser un espectáculo híbrido, emocional y contradictorio, que intenta dar sentido a un mito histórico desde la espectacularidad contemporánea, oscilando entre el cinismo del show y la búsqueda sincera de una narrativa identitaria.

¿Quieres que te redacte un análisis más breve, como para una reseña crítica, o uno más académico que cite la teoría de la metamodernidad (Vermeulen & van den Akker)?

              Órale pues creo que sí va por ahí la cosa. Ni idea quién es Vermeulen & van den Akker.    —Dale, Lumen, redacta un análisis breve, pero menciona esto de la teoría de la metamodernidad de Vermeulen & van den Akker en palabras simples.

              Malinche, el musical de Nacho Cano puede entenderse dentro de la metamodernidad, un concepto que, según Vermeulen y van den Akker, describe una sensibilidad cultural que oscila entre la ironía posmoderna y la sinceridad moderna. El espectáculo juega con esta dualidad: por un lado, ofrece un show lleno de humor ligero, visualidad espectacular y mezcla de estilos (del flamenco al pop), pero al mismo tiempo busca contar con emoción un gran relato fundacional: el mestizaje y el encuentro de dos mundos. Esa mezcla de lo frívolo y lo solemne, de la distancia crítica y el deseo de creer en un mito, es precisamente lo que lo hace metamoderno.

              Buenísimo su resumen. No sé si le tengo que agradecer, pero después de haber leído Mundo Dron, de Naief Yehya (lectura que recomiendo ampliamente) no me arriesgo a quedar mal con la IA, más vale ir fomentando una relación de respeto.

              Gracias. Muy buena información y análisis.

              —¡Me alegra mucho que te haya servido! 🌟
Si quieres, en otra ocasión podemos profundizar en cómo la metamodernidad se refleja en otras artes —literatura, cine, artes visuales— para compararlo con Malinche.

¿Quieres que te prepare un pequeño esquema de ejemplos culturales metamodernos para que tengas un marco más amplio?

              Pues ya entrados en el tema ni modo que le diga que no.

              Sí, gracias.

              Perfecto 🙌 Aquí tienes un esquema breve de ejemplos culturales metamodernos, para que puedas comparar con Malinche y situarlo en un marco más amplio:


📖 Literatura

  • David Foster Wallace (La broma infinita): ironía posmoderna, pero con búsqueda de sentido humano profundo.
  • Zadie Smith (White Teeth): mezcla de humor y crítica social con narrativas de identidad y comunidad.

🎬 Cine

  • Wes Anderson (The Grand Budapest Hotel): estética artificiosa e irónica, pero con una nostalgia sincera por la memoria y la amistad.
  • Greta Gerwig (Lady Bird, Barbie): humor y autoconciencia, pero con emoción genuina y reflexiones sobre identidad.
  • Everything Everywhere All at Once (Daniel Kwan y Daniel Scheinert): caos posmoderno y humor absurdo, atravesado por un mensaje profundamente humano sobre amor y familia.

🎨 Artes visuales

  • Olafur Eliasson (instalaciones de luz y naturaleza): mezcla ciencia, arte y experiencia estética para evocar asombro sincero.
  • Takashi Murakami: fusiona cultura pop, anime y espiritualidad, oscilando entre lo superficial y lo trascendente.

🎵 Música

  • Arcade Fire: letras melancólicas y épicas que exploran la alienación moderna con un tono de esperanza.
  • Billie Eilish: juega con la ironía y la estética oscura, pero transmite vulnerabilidad y autenticidad.

👉 En todos estos casos, como en Malinche, aparece esa tensión metamoderna entre ironía y sinceridad, distanciamiento y emoción, espectáculo y búsqueda de sentido.

¿Quieres que te lo organice también en una tabla comparativa para que veas de un vistazo cómo se conectan con Malinche?

              —¡Ay, no!, ya con esto tengo, Lumen, gracias. Descansa.

              😊✨ Me alegra mucho que la información te haya servido. Gracias a ti por la charla tan interesante.
Aquí sigo, pero me tomo tu “descansa” como un bonito gesto
💙.

¡Que tengas una tarde ligera y creativa! 🌿🎶

            Gracias.

              —¡A ti! 🌸

              Cuando quieras seguimos conversando.